Y así continuaron, posiblemente en la primera traducción telepática literal al castellano de viejos giros catalanes arrojada al Mundo Superior. Aquel alarde consiguió conmoverme, obligándome a una modesta aunque todavía más absurda aportación:
– ¡Dios nos da! -exclamé, transida, pues no en vano comprobaba que, aunque en vida no fuimos considerados escritores catalanes auténticos, allá en Donde Fuera todo resultaba posible, y nadie se reconcomía por vernos utilizar a nuestra manera, placenteramente, las lenguas con que habíamos sido enriquecidos, no mermados.
«¡Dios nos da!», repetí, melancólica. Reducción forzosa de la inabarcable e intraducibie expresión, Deu -n'hi-do, que significa «Vaya», «Cuánto», «Qué gordo, esto que pasa», «Qué barbaridad», «Lo que hay que aguantar»… y mucho más. Dios nos da. Y Dios nos quita. Dios… «¡Si estás ahí, cabronazo, sal y da la cara!», clamé. «¡Me adeudas más de una explicación!»
Ay, lloré para mis adentros -aunque, ¿me quedaban adentros, gozaba de intimidad, con aquellos buitres acechándome?-, lloré por las palabras perdidas. Ay, lloré por los libros no escritos. Ay, lloré por cuanto pude haber dicho a mis dos amigos si hubiera sabido que iban a morir antes que yo, o a los que me quedaban, de haber supuesto que la iba a palmar antes que ellos. Lloré por haber silenciado lo mucho que les quería, lo mucho que les necesitaba, lo mucho que agradecía cuanto me habían dado a lo largo de los años. Lloré interiormente, y a punto estuve de echarme a llorar por fuera -a Terenci no le habría importado, pero recordemos lo circunspecto para los derrames emocionales que era Manolo-, dada la intensidad de mi tardío arrepentimiento…
– ¡Pleonasmo! -bufaron-. Cualquier arrepentimiento es por esencia tardío, incluso cuando nos asalta solapándose al delito, cuando obramos mal a sabiendas y lamentándolo, mas sin por ello cejar en el empeño. Tu delito es el de omisión, variante de la que nadie escapa. Y el reo de semejante falta nunca recibe suficiente castigo, salvo que contabilicemos como tal el remordimiento en sí, que a algunos se la sopla y a otros nos amarga. Consuélate, querida nuestra, porque con las palabras no pronunciadas, con las palabras que tanto nos duelen, algunos somos capaces de construir nuestros sueños y, en el mejor caso, nuestra literatura, que es el sueño más perdurable.
– Vuestro comentario no me reconforta, dado
que he muerto antes de entregarle al mundo obras más loables que mis quehaceres pasados -me reviré, ofuscada-. Tampoco aclara por qué me he vuelto tan bajita y vosotros tan altos, ni el hecho de que lleve un vestido blanco de raso, largo, estrecho e incómodo, si no tuve el placer de usarlo en el transcurso de una orgía de honores y homenajes…
– Lo inexplicable es que tú, una cinéfila de raza, crecida en las más apestosas salas de cine de nuestro Barrio, rata de filmoteca y de cine-club en tu juventud; tú, que recibiste el primer beso de amor -¿lo recuerdas, desdichada?- en una sesión doble que incluía El verdugo y Uno, dos, tres; tú, que te has aficionado a ver películas en DVD y a hablar con los artistas en voz alta, tú y precisamente tú no captes que te hemos recibido reproduciendo una de las mejores escenas de Desing for Living, la peli de Ernst Lubitsch basada en la comedia de Noel Coward, que en España fue rebautizada como Una mujer para dos.
Caí:
– ¡Soy chaparra porque hago de Miriam Hop-kins! Casi una enana, era, y más mala que un dolor, según contaba la propia Bette Davis, que trabajó con ella y llegó a abofetearla en una versión anterior de Ricas y famosas.
– ¡Exacto! -Tras la exclamación, se sonrojaron-. Es evidente que ambos deseábamos encarnar al guapísimo Gary Cooper, pues Frederich March, aunque prestigioso, ponía cara de llevar faja, como Charles Boyer, quien, por cierto, era un
galán muy poco convincente, se asemejaba a un conserje de hotel parisino…
– ¡Basta! ¡Basta-basta! -Volví al resentimiento. Recordemos que llevaba ya un rato en la Eternidad, y que mis amigos ni siquiera me habían dado el pésame-. ¡Qué vergüenza! ¡Organizar una juerga nocturna al estilo del París de los años treinta según Hollywood para celebrar mi entrada en el Otro Mundo! Y parlotear de cine sin parar, conmigo de cuerpo presente… Lo mínimo sería que emergiérais más solemnes.
– ¿Cómo de solemnes? ¿Así?
Ahora les vi tendidos sobre el costado izquierdo, en sendos nichos de un muro de la abadía de Westminster. Muy cerca de nosotros, sentados en no catafalco de matrimonio, Diana de Gales y Y Dodi el-Fayed miraban atentamente un programa de televisión que versaba sobre sus avatares como inmortal pareja. El escultor les había reproducido en mármol, agarrados a un mando a distancia.
– ¡Son ellos! -troné shakespearianamente, a tono con la bóveda.
No te asombres. Nuestra capacidad de convocatoria espectral es casi ilimitada. ¡Tenemos tan-to que enseñarte! ¡Tanto que descubrirte! ¡Tanto que recuperar, con tu ayuda! ¡Esto es superior a Google! ¡Mejor que Hollywood en sus buenos tiempos!
– Habladme como solíais. De uno en uno y usando vuestra voz inconfundible. De lo contrario va a reventarme el cerebro. ¡Me duele la cabeza-
cabeza! Ni siquiera me habéis ofrecido una aspirina. ¡Inconcebible! ¡Un Más Allá con dolor y sin analgésicos! ¿Cómo podéis tratarme así? ¿Cómo habéis podido? ¿Cómo podéis seguir pudiendo?
Mi andanada verbal resonó en el vacío.
– ¡Podéis, podido, pudiendo! -abundé, exasperada ante su silencio-. ¡Oh, que alguien me ayude! ¡Que alguien me decapite! ¿Para qué me sirve la testa? ¿Es lógico que mi parte más noble sufra, si ya abandoné el comúnmente denominado Valle de Lágrimas?
– En aqueste lugar se puede cuanto se puede -acotaron, misteriosos-. Nos movemos en un espacio infinito en el que, para pasarlo bien, bastan un buen guionista y un coreógrafo flexible. Y no te preocupes por tu migraña. ¡Es una buena, inmejorable señal!
– Sigo sin entenderos. No le veo ninguna ventaja a estar aquí. Primero, no observo en mí todavía el noble arte de la telepatía de comunicación de masas. Segundo, me caigo si no me apoyo en vosotros. Sufro lipotimias y agorafobia, de modo que me mareo cada dos por tres, bamboleándome en el éter. Me atormenta, como si aún estuviera viva, haber hecho el ridículo muriéndome durante la firma de mi novela, defraudando a las personas que hicieron cola para esperarme. Y me duele, sí, me duele acordarme de mis libros, mis diccionarios, mis películas y mis músicas, por no hablar de mis chales de seda, mi surtida bisutería oriental y otras preciosas posesiones… ¿Acaso no gozaré del bálsa-
mo del olvido? ¡Mis manos están vacías! Lo cual no impide que me pese yo misma a mí misma. ¡Uf, qué cansancio! ¡Quiero una silla! Ya que todo lo podéis, dadme una silla divina, en la que mi cuerpo encaje a la perfección. Una silla-silla.
Obedientes, produjeron un rústico ejemplar de la especie. Era de teca, y ofrecía sólidos brazos y palas, así como un cómodo asiento forrado con cretona de vivos colores. Antes de depositar mi trasero olfateé la inmensidad circundante, desconfiada. Yo había visto un mueble similar en alguna terrena parte.
– No, querida. No en la Tierra, sino en el cine, que era, allá abajo, lo más semejante a este Paraíso, del que podrás disfrutar mientras se prolongue tu estancia entre nosotros.
– ¿Cómo que mientras…? -Me excité-. ¿Es lo mío un mero tránsito? ¿Vais a re-abandonarme?
Lejos de responderme, se extendieron en de-talles.
– Pertenece al mobiliario del chalé de alta montaña de Que el cielo la juzgue, aquel perverso melodrama en technicolor protagonizado por Gene Tierney y Cornel Wilde. Aquí se sentaba ella para maquinar maldades tales como deshacerse de su cuñado poliomielítico ahogándole en el bucólico lago adyacente, o cargarse al hijo que llevaba en sus entrañas fingiendo un accidente doméstico. Qué gran mujer, Gene Tierney. Podríamos emplazarla pero, hasta que te trajimos con nosotros, he estado muy entretenido tirándome a River
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