Fernando Schwartz - El Desencuentro

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La historia de África Anglés es la historia de una mujer casada a los diecisiete años con un donjuán descarado y chulesco. Durante la guerra civil le nace una hija justo cuando su marido la abandona por una querida más dada a la lujuria que ella. A partir de ese momento será la suya una vida normal, semejante a la de miles de mujeres españolas aplastadas por el peso de las convenciones. Sin embargo, un paréntesis en esa monótona existencia se abre con su estancia, durante tres años, en México, pe-ríodo clave que marcará para siempre el resto de sus días. Desgarrado relato de amor y desencuentros, esta espléndida novela recuerda con nostalgia escenas familiares de la protagonista tanto en Madrid como en México. Aparecen por sus páginas personajes llenos de contradicciones, de humor, de ternura, de rabia y de soledad. Pero también el amor nos sorprende y nos atrapa con dos historias paralelas, casi contemporáneas, que se rozan una y otra vez, pero que jamás llegan a coincidir. Esta novela ha obtenido el Premio Planeta 1996.

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Me acerqué a mi padre y le cogí de la mano. Volvió la cabeza hacia mí y sonrió.

– Ahí viene la tía África -dijo-; ¿te acuerdas de ella?

– Sí.

– ¡Claro! ¿Cómo no la vas a recordar? Si no hace ni tres años que se fue.

Toda una vida. ¿Cómo me iba a acordar de ella?

También recuerdo que acababa de estrenar pantalón bombacho, el intermedio hacia el pantalón largo que aún no llevaban los chicos, y que lo lucía con el orgullo de quien acaba de graduarse en hombría.

Rugiendo y estornudando, espaciado el ruido de las juntas de los rieles, clan-clan, clan-clan, por la lentitud de la locomotora, echando humo y vapor por los cuatro costados, sonándole como una campana sorda los hierros que empezaban a enfriarse tras el largo viaje, el tren expreso de Vigo hizo su solemne entrada en la estación de Príncipe Pío. En las puertas ya abiertas de los vagones asomaban revisores aquí y guardias civiles allá; algunos sorchis se amontonaban en las escalerillas de los vagones de tercera. Sólo los dos vagones del coche-cama, los de los Grandes Expresos Europeos/ Wagons-Lits Cook, permanecían cerrados: era la señal del respeto debido a quienes habían pagado mucho más que cualquier mortal por el privilegio de dormir en las ásperas sábanas de algodón y por ocupar en solitario un compartimiento durante las interminables y tediosas horas diurnas. (Cuando el tren se hubiera detenido, del vagón restaurante, que también pertenecía a la importante categoría de los Grandes Expresos Europeos, se desprendería un vago olor a consomé; lo he reconocido instantáneamente toda mi vida, igual que el olor a mimosa; por eso me encanta viajar en tren y he plantado en mi jardín de Mallorca un árbol de mimosa que, con el tiempo, se ha hecho enorme.)

Cuando se detuvo al fin el expreso con un suspiro agónico y gran humareda, tuvimos todos que abalanzarnos hacia adelante por el andén. Los coches-cama estaban en la trasera del convoy, imagino que en un vano intento por alejarlos del negro humo de mal carbón que salía a borbotones de la locomotora. Durante años después, mis momentos favoritos en los viajes de tren han sido los que me deparaban las curvas de la vía cuando podía ver todo el convoy y divisar al frente la locomotora escupiendo carbonilla, chispas de fuego y humazo negro. Una tontería como cualquier otra: la estampa romántica de los ferrocarriles suizos en cualquier calendario de una marca de chocolates.

«¡Vamos, vamos!», se pusieron a gritar los primos pequeños mientras correteaban hacia el frente para luego volver brincando; y los mayores (yo había decidido incluirme en esa categoría sólo porque me había llegado el momento de imitar el gesto pausado de mi padre) apresuramos el paso mirando hacia las ventanillas para vislumbrar a nuestra viajera asomada a cualquiera de ellas y, en el instante del descubrimiento, comprender si venía feliz o apesadumbrada, si había madurado o si, por efecto del viaje o la larga ausencia, había perdido mucho peso.

Al fin, una mano enguantada se agitó a lo lejos desde la ventanilla de uno de los dos coches-cama y, movidos por algún infalible instinto familiar, todos los primos salimos corriendo como una exhalación. «¡Allí está, allí está!», exclamó el abuelo con evidente alegría, olvidada toda su severidad de un momento antes para con el despilfarro de su hija. Se quitó el sombrero y ya no se lo volvió a poner hasta que hubo besado a su hija. «Más delgada la veo», dijo la abuela, que siempre rezongaba para no dar la impresión de que las cosas de la existencia debían ser aceptadas sin protesta; la vida transcurría en un valle de lágrimas y no debían permitírsele frivolidades. «No, pero tiene buen aspecto -dijo mi madre-. Se ha dejado las cejas sin depilar», añadió después con tono sorprendido.

Asomada desde el pasillo de su vagón a la ventanilla que estaba frente a su compartimiento, África sonreía con los ojos arrasados de lágrimas. La veíamos decir cosas que no podíamos oír a causa del bullicio reinante en la estación. Llevaba puesto un sombrero negro de rafia y un velo negro muy transparente le cubría parte de la cara. Llevaba los labios muy rojos, como se estilaba entonces, y los ojos delineados con grandes trazos negros.

Desde frente a la ventanilla nos fuimos desplazando (andando de costado, como los cangrejos) por el andén hacia la portezuela a medida que la tía África recorría el pasillo. Todos sin excepción saludábamos agitando las manos en alto y mi abuela musitaba «¡hija, hija!». Pintoresco cortejo aquel.

Mientras tanto, el revisor del coche-cama, vestido con el clásico uniforme marrón y su gorra de plato, empezó a pasarle por la ventanilla al mozo maletas y bultos, todos de mi tía, para que los fuera apilando sobre el carrito. Finalmente, África se asomó a la portezuela y se dispuso a bajar del tren frente al coro expectante del comité de recepción.

Y si de los momentos inmediatamente anteriores a la llegada del tren conservo una memoria sólo aproximada y borrosa, de toda la escena que siguió tengo un recuerdo tan preciso que bien parece salir de una película cinematográfica: me resulta tan ceremoniosa, tan llena de glamour como la de la llegada de una estrella de Hollywood. Sólo faltó que destellaran los flashes de decenas de fotógrafos y que la tía África, con las manos ocultas por guantes de raso negro, alzara los brazos en señal de victoria o de saludo y doblara la rodilla para adoptar una pose de gran actriz.

No lo hizo. Pero se detuvo un instante, antes de avanzar un pie hacia la escalerilla y empezar a descender por ella. Levantó la mirada y la fijó Dios sabe en qué recuerdo. Ahora sé que se estaba despidiendo de todo. Entonces fue simplemente el saludo de una reina a quien quisiera rendirle pleitesía.

Fue un momento mágico, captado por mi retina de adolescente y archivado para siempre jamás en mi memoria: una diosa que regresaba de un viaje misterioso y que alimentaría a partir de entonces todas mis fantasías y las aventuras de mi mundo.

Mi enamoramiento fue instantáneo, profundo y absolutamente carnal. ¿Y qué había de más natural que un chico de trece años se prendara perdidamente de una belleza de treinta y dos? Fue la arquitectura de las caderas enmarcando sobre la falda lisa la curva apenas perceptible de su vientre. Fue la cintura increíblemente estrecha. Fueron los muslos ligeramente combados, largos y seguro que más suaves al tacto que la más fina seda de China. Fueron los tobillos frágilmente plantados sobre los zapatos de tacón. Fue, después, cuando conseguí levantar la vista, la garganta interminable que se apoyaba con delicadeza sobre las clavículas, una esbelta columna de mármol, blanquísima y salpicada de vetas azules.

Claro que yo percibí aquello como un torbellino de sensaciones y no fui capaz de racionalizarlo como lo hago ahora que me falta. Treinta y cinco años ya. Y aún hoy se me hace un insoportable nudo en la boca del estómago y me vence un latido de erotismo.

África bajó la mirada buscando a Martita. La divisó en la primera y bulliciosa fila de sobrinos y, de pronto, sonrió con mucha ternura.

Empezó a bajar cuidadosamente los tres peldaños de la escalerilla, procurando plantar sus zapatos de modo que los inverosímiles tacones no fueran a resbalar por alguno de los huecos o sobre el hierro pulido del escalón.

Mi padre alargó su mano para ayudarla y África la cogió.

– ¡Este Gonzalo! Siempre tan caballero… -dijo, y fue al primero al que dio tres sonoros besos. Luego se volvió hacia su hija, que esperaba con el entusiasmo de pronto en suspenso, como si ignorara la clase de recibimiento que debía dar hasta tanto no reconociera en el gesto de su madre aprobación o cariño.

Martita no había heredado ninguno de los rasgos de África, ni siquiera la dulzura. Una vez que yo estaba mirando a la calle desde la terraza, oí que en el salón mi abuela le decía a mi madre: «¡Oj, chica, ha sacado todo a su padre! Ya podía parecerse a cualquiera de vosotras, en vez de… de… ese aire de pueblo.» Desde entonces, como no podía menos de ocurrir, me hice un retrato imaginario del marido de África: muy moreno, con el pelo liso renegrido, los ojos negros y la cara ancha. Y, desde luego, muy bajo. Pues así era Martita de pequeña. Como uno de nosotros, sin feminidad, sin gracia, siempre peinada con dos tirabuzones que, en lugar de caer sedosamente sobre la garganta, se disparaban hacia arriba, prestando a mi prima un aire paleto que, aunque sea una maldad decirlo, nunca la abandonó con los años y la madurez. Tal vez por eso Martita y yo siempre fuimos íntimos, como hermanos: por compensar el mal pago que le había dado la Madre Naturaleza cuando le hubiera debido ser fácil seguir el ejemplo de la generación anterior; por la simpatía instintiva que despertaban en mí su desangelamiento y su posterior mala suerte en las cosas de amores, aunque no en las del bolsillo.

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