Fernando Schwartz - Al sur de Cartago
Здесь есть возможность читать онлайн «Fernando Schwartz - Al sur de Cartago» весь текст электронной книги совершенно бесплатно (целиком полную версию без сокращений). В некоторых случаях можно слушать аудио, скачать через торрент в формате fb2 и присутствует краткое содержание. Жанр: Современная проза, на испанском языке. Описание произведения, (предисловие) а так же отзывы посетителей доступны на портале библиотеки ЛибКат.
- Название:Al sur de Cartago
- Автор:
- Жанр:
- Год:неизвестен
- ISBN:нет данных
- Рейтинг книги:4 / 5. Голосов: 1
-
Избранное:Добавить в избранное
- Отзывы:
-
Ваша оценка:
- 80
- 1
- 2
- 3
- 4
- 5
Al sur de Cartago: краткое содержание, описание и аннотация
Предлагаем к чтению аннотацию, описание, краткое содержание или предисловие (зависит от того, что написал сам автор книги «Al sur de Cartago»). Если вы не нашли необходимую информацию о книге — напишите в комментариях, мы постараемся отыскать её.
Al sur de Cartago — читать онлайн бесплатно полную книгу (весь текст) целиком
Ниже представлен текст книги, разбитый по страницам. Система сохранения места последней прочитанной страницы, позволяет с удобством читать онлайн бесплатно книгу «Al sur de Cartago», без необходимости каждый раз заново искать на чём Вы остановились. Поставьте закладку, и сможете в любой момент перейти на страницу, на которой закончили чтение.
Интервал:
Закладка:
Como siempre ocurre, una organización que nació con mucho poder para un fin muy concreto acaba siendo un fin en sí mismo y, a medida que pierde su justificación, crece y crece hasta hacerse absolutamente indispensable o, lo que es peor, totalmente dispensable; y entonces sí que no la mueve ni la bomba atómica. Y entonces sí que no puede abandonarla nadie: la organización no puede tolerar una defección que pueda poner de manifiesto que no pasa nada si uno se va. Por otra parte, la organización tampoco puede permitir que uno de sus ex miembros circule por ahí como una bomba de relojería; soy el depósito viviente de los secretos más oscuros y sucios de los Estados Unidos. De una forma u otra, moriré con ellos, sin que me dé tiempo a contárselos a nadie.
Lo cierto es que, para sumarme a las huestes de Gardner, no es que me engañaran; es que me dejé engañar. Estaba tan imbuido de mi importancia, estaba tan convencido de que había llegado a ser el mejor fotógrafo del mundo, tan seguro de que mi valía trascendía la del mero fotógrafo (mis fotos tenían más "mensaje" que millones de palabras), que, como un colorito, estaba dispuesto y deseando "contribuir". Me cazaron como a un pichón. La próxima vez que alguien se me acerque y me invoque el argumento de que el fin justifica los medios, le degüello sin mediar palabra. El razonamiento es el siguiente: nuestro sistema es el mejor del mundo, en nuestro país existe la verdadera felicidad y millones, millones, de personas tienen derecho a que unos cuantos superhombres, silenciosa y modestamente generosos y sacrificados, les protejan (como si el sistema no fuera capaz de defenderse por sus propios méritos); ¿no quiere usted ser uno de esos dioses? ¿No cree usted que, siendo como es, tiene la obligación de estar entre esos pocos elegidos que van a salvar a la patria? Es un privilegio al que usted no tiene derecho a negarse. Si uno es tan tonto y fatuo como yo lo era hace ocho o nueve años, cae en la trampa sin necesidad de más presión.
Recuerdo bien el instante en que ocurrió. Estaba en Jerusalén cubriendo la precaria paz del final de la última de las guerras lanzadas por aquella pandilla de locos. Sirios, palestinos, libaneses, israelíes, todos iguales. Era una mañana clara y límpida, con el cielo muy azul contrastando con los tonos ocres de la tierra y la abigarrada confusión de los mil edificios, las tiendas, los zocos y las iglesias. Una confusión alegre, charlatana y chillona, como sólo puede haberla en el Oriente Medio, con olores mezclándose y flotando sobre los ruidos y los colores. Parece imposible que a tanta variopinta pobreza, tanta juventud y vejez, tanto tullido y tanto fuerte, ocupándose de sus cosas, yendo de un sitio para otro, comiendo pan recién salido de un horno aromático de en medio de la plaza, añadiéndole o no unas lonchas de cordero con hierbas compradas un poco más allá, mirando con indiferencia o con desconfianza o con interés, saludando expresivamente a un primo o a un rabino o a un mullah, pueda luego añadírsele un elemento como la guerra, tan ajeno a una vida comunitaria intensa. Yo estaba en medio de aquello, disparando mi objetivo sin cesar, cambiando de una cámara a otra, agotando un carrete detrás de otro y disfrutando como rara vez lo había hecho en mi vida. Creo que la mezcla de luces y colores, de sombras y tonalidades, era la sensación más rica, más pletórica que jamás había experimentado.
En la plaza, a cuarenta metros de mí, se detuvo un viejo y renqueante autobús y de él empezaron a bajar estudiantes, turistas, viejas mujeres y algún niño. Me volví hacia el autobús, con la cámara en una mano a la altura del pecho. No lo recuerdo bien, pero seguro que estaba sonriendo. Una milésima de segundo antes del estallido de la bomba, percibí el fogonazo. El sobresalto me hizo disparar el objetivo. Y queda en la foto, increíblemente nítida, el autobús abriéndose como un hongo por su centro; hay un asiento doble volando por el aire y uno de sus dos ocupantes, aún sentado en él, tiene un brazo levantado y la cabeza doblada hacia atrás; flota delante de él una cesta de mimbre. Sé lo que es porque, más tarde, encontré la cesta en una esquina de la plaza.
Hubo cuarenta muertos y ya ni recuerdo cuántas decenas de heridos. La onda expansiva me tiró hacia atrás y caí sobre un tenderete en el que un viejo desdentado vendía semillas.
Media hora después estaba revelando febrilmente la película en la redacción de uno de los periódicos locales. Había terminado el carrete recién empezado, sacando fotos aceleradas de la dantesca escena. Tenía entre las manos una de las más sensacionales exclusivas mundiales a que jamás haya tenido acceso. En aquel momento no pensaba en nadie ni en nada; la tragedia carecía de importancia al lado de la portada del New York Times y del Herald Tribune y del Time del día siguiente. "Photograph by C. Rodríguez". Ése era mi lema. Mis prioridades estaban bien claras; sólo cuando hube enviado las fotos por la telecopiadora, me puse a mirarlas en serio. Me dio un vuelco el corazón.
Como un sonámbulo volví hacia la plaza. Al llegar a su entrada, en la que se arremolinaban centenares de personas sollozando, gritando y gesticulando, pude abrirme paso hasta donde lo cortaba un joven soldado israelí. Lo que más me impresionó fue que, cuando llamé su atención y se volvió hacia mí, estaba llorando.
– No se puede pasar -me dijo-. ¿Por qué no nos dejan en paz con sus fotos?
Le dije que yo estaba en la plaza en el momento de la explosión, que había sacado fotos y que creía que interesarían a la Policía. El soldado me miró fijamente; se descolgó un walkie-talkie de la cintura y pidió instrucciones. Al poco rato apareció un teniente y me pidió que le acompañara.
En el improvisado tenderete que servía de hospital de campaña y de puesto de mando, me pusieron en manos de un coronel del ejército israelí y de un civil, pulcramente vestido. Ambos estaban pálidos y reflejaban la gravedad del momento. Septiembre Negro, la más radical de las organizaciones terroristas palestinas, acababa de hacerse responsable del atentado.
Entregué mis fotos y expliqué lo que había visto. El coronel me miraba con aire ausente y asentía de vez en cuando. El civil, por el contrario, vigilaba atentamente mi cara, como si quisiera leer pormenorizadamente cada una de mis expresiones. Cuando hube terminado mi explicación, el civil me dio las gracias, hizo una pausa y luego me dijo:
– Me llamo John Lawrence. ¿Usted es el Christopher Rodríguez que yo creo que es? ¿El Pulitzer?
Asentí con la cabeza.
– ¿No le revuelve todo esto el estómago? ¿Qué han hecho los judíos para merecer esto? Todas ellas, preguntas terribles, ¿verdad? Me gustaría que charláramos un poquito más. ¿En qué hotel se aloja usted?
– Intercontinental -contesté.
– ¿Podríamos cenar juntos?
Mucho tiempo después descubrí que, en realidad, a John Lawrence le interesaba menos mi personalidad que la capacidad de movimiento que me prestaba mi fama de fotógrafo. Así es la vida.
CAPITULO VI
– Markoff, ¿eh? -dijo Nina Mahler, sin levantar la vista del print-out-. ¿Qué diablos pintará éste en esta historia? ¿Humm?
– Eso mismo pensé yo, Nina -dije-. Si Markoff está metido, hay lío seguro. ¿El bueno de Vladimir hablando en secreto con un senador de los Estados Unidos? Mala cosa. Me parece que vamos a tener que mirar esto con lupa. Y eso que me dice el director de que él fue el primer sorprendido por la presencia del camarada en la vida de Perkins, no se lo cree ni él…
– No, claro que no. Bien -añadió con firmeza-, le dijiste a Masters que este papel tiene dos errores, ¿no?
Читать дальшеИнтервал:
Закладка:
Похожие книги на «Al sur de Cartago»
Представляем Вашему вниманию похожие книги на «Al sur de Cartago» списком для выбора. Мы отобрали схожую по названию и смыслу литературу в надежде предоставить читателям больше вариантов отыскать новые, интересные, ещё непрочитанные произведения.
Обсуждение, отзывы о книге «Al sur de Cartago» и просто собственные мнения читателей. Оставьте ваши комментарии, напишите, что Вы думаете о произведении, его смысле или главных героях. Укажите что конкретно понравилось, а что нет, и почему Вы так считаете.