– No se me escapa el toque paradójico de la situación. Pero usted es el mejor publicista del país y para esta campaña quiero sólo lo mejor. ¡Un profesional! Usted le podrá criticar a nuestro gobierno todo lo que quiera pero no puede negar que tenemos un brillante equipo de profesionales. ¡La economía florece!
– Para los ricos.
– Pero pronto llegará el momento en que la riqueza será tanta que se derramará hacia los pobres.
»Ahí tiene el lema que necesita para la campaña del «Sí a Pinochet»: «Cuando los ricos se harten tirarán las sobras del banquete a los pobres.»-Confío en que a usted se le ocurrirá algo mucho mejor, Bettini. ¿Qué me dice?
– ¿Qué le digo? Le digo que dicen que nada de lo que sucede en este país escapa a su conocimiento.
– Oh, sí. He oído esa exageración.
– Dicen que no se mueve una hoja sin que usted lo sepa.
– Es una fama que a veces me complace y otras me complica.
Bettini llenó el vaso con agua mineral, tragó un sorbo y luego se limpió los labios con el dorso de una mano.
– Mi hija Patricia está muy preocupada porque sus hombres arrestaron al profesor de filosofía de su pololo.
– Ya veo.
– Es un hombre mayor, experto en filosofía griega. No es un peligro para nadie. Un hombre viejo.
– ¿Tan viejo que vendía calugas en el circo romano?
El ministro se golpeó los muslos celebrando su salida con una carcajada y en seguida abrió un archivador de color verde.
– Ya no es joven.
– Perdone mi broma, Bettini. Mucha gente se preocupa sin motivo. A veces mis hombres hacen un par de preguntas de rutina y los detenidos vuelven a casa tan campantes.
– Ministro, hay más de tres mil desaparecidos.
– Ésa es una exageración de las estadísticas. El país ya superó la emergencia. ¿No le estoy contando que haremos un plebiscito ciento por ciento democrático? Su hija no tiene por qué preocuparse.
Bettini se puso de pie y palpó el nudo de la corbata para ocultar el salto de su nuez de Adán cuando tragó abruptamente la saliva agolpada en su lengua.
– Santos -dijo, ronco.
– ¿Perdón?
– Santos. El profesor de filosofía se llama Rodrigo Santos.
El ministro puso sus manos sobre el archivador para alisar una página e hizo rodar la punta de su bolígrafo trazando un círculo.
– ¿Colegio?
– Instituto Nacional.
– ¡Upa! «El primer foco de luz de la nación.»
– ¿Ministro?
– «El primer foco de luz de la nación.» Eso dice la letra del himno del instituto. ¿Lugar de los hechos?
– La sala de clases.
– ¿Testigos del procedimiento?
– Más de treinta alumnos. Estaban en plena clase.
El funcionario suspiró con un súbito aire de fatiga.
– ¿Aspecto de los oficiales?
– Pelo corto, jóvenes, impermeables…
– Como en las películas. ¿Día?
– El miércoles. Miércoles recién pasado a primera hora.
Cerró el expediente de un manotazo y levantando la barbilla dejó que un silencio cargado de intenciones se prolongara antes de hablar.
– ¿Y qué me dice de lo nuestro, Bettini?
«Lo nuestro», pensó el publicista. De modo que tenía algo en común con el ministro del Interior. «Lo nuestro.»
– ¿Cuánto tiempo me da para pensarlo?
– Tómese un par de días.
– Lo llamo el lunes, entonces.
– No, no se preocupe. Vendrá personalmente. Mandaré un par de muchachos para que me lo traigan aquí mismo.
– Hasta el lunes, doctor Fernández.
El ministro se levantó y le extendió efusivamente la mano para despedirse.
– Filosofía. Algo me acuerdo de mis años de colegio. «Sólo sé que nada sé.» ¿De quién era eso?
– Sócrates.
– ¿Y la otra cuestión del río?
– Heráclito. «Nunca nos bañamos dos veces en el mismo río.»
– Adiós, Bettini.
Llamé al primer número y no contestó nadie. Éste era el teléfono en que siempre debía contestar alguien. Si no había nadie es que la persona que debía contestar había caído presa.
Entonces marqué el segundo número.
Contestaron y, según el silogismo «Baroco», no pregunté con quién hablaba ni dije mi nombre. Sólo conté que habían tomado preso al profesor Santos. El hombre al otro lado de la línea dijo que él se haría cargo.
Preguntó si había testigos.
Claro que había testigos. En el curso somos treinta y cinco y yo soy el 31 en la lista. Por la «S». La «S» de Santos. «Estamos bien, entonces», dijo el hombre, y repitió que él se iba a ocupar.
Yo sé perfectamente lo que es ocuparse de alguien en este caso. El hombre va a ir donde los curas y uno de los curas hablará con el cardenal y el cardenal hablará con el ministro del Interior y el ministro del Interior le va a decir al cardenal «no se preocupe que yo me preocuparé». Según el plan «Baroco» yo no tengo que hacer nada porque, si me voy a meter a la policía, me pueden agarrar a mí y ahí sí mi viejo se vuelve loco.
Entonces el miércoles me voy a la casa y veo los dos platos para el almuerzo puestos en la mañana sobre la mesa con el mantel de cuadros azules y blancos. Al lado del vaso de papá hay una botella chica de vino tinto llena hasta la mitad, y junto a mi servicio está el jugo de manzanas.
Me siento a la mesa y no tengo ganas de ir a la cocina a calentar las papas rellenas que quedaron de anoche. Me quedo ahí media hora sin saber qué hacer, y sin pensar en nada. Cada vez que quiero empezar a pensar tomo el tenedor y golpeo el plato vacío.
Finalmente voy al dormitorio y me tiendo en la cama a leer la revista deportiva Don Balón. Le va mal a mi equipo favorito, la Universidad de Chile. Es que, cuando tiene un jugador bueno, lo venden para afuera, para España o Italia, y el equipo se desarticula.
Hace frío y no está enchufada la estufa eléctrica. Papá dice que gasta demasiada energía y que el sueldo no le alcanza para mantenerla encendida todo el invierno. Me cubro con la frazada.
– ¿Entonces?
– Mi respuesta es «no».
– Mire que el honorario es altísimo.
– Por pura curiosidad, ¿cuánto es el honorario?
– El monto lo fija usted mismo. Sin límites.
Bettini recorrió con la vista la pared detrás del escritorio. Había una foto en colores del dictador y ningún otro cuadro que compitiera con su presencia.
– En verdad es la mejor oferta que he recibido en mi vida. Me da una rabia negra rechazarla, sobre todo cuando sigo cesante.
– ¡Una estrella como usted aún cesante!
– Las empresas de publicidad tienen una lista negra de profesionales emitida por su ministerio a las cuales se «recomienda» no darme trabajo.
– ¡Dios mío! ¿Y de qué vive usted, Bettini?
– Mi mujer trabaja y yo me hago unos pocos pesos componiendo jingles con seudónimo.
El ministro movió largamente el cuello con una suerte de solidaria sorpresa e indignación. Puso un dedo sobre el labio inferior y lo golpeó varias veces.
– Bien, Bettini. ¿Qué me dice?
– Lo he pensado mucho. Gracias, ministro, pero no.
– ¿Por razones morales?
– Por razones morales, señor.
Se puso de pie y estiró los bordes de su chaqueta.
– Pero su conducta ahora no tiene nada de moral. No es ético rechazar una oferta por discrepancias políticas con alguien. Imagínese un médico que rehúsa atender a un enfermo porque es su enemigo político. ¿Diría que su conducta es ética?
– Si el enfermo es Pinochet, francamente sí, señor.
El ministro caminó hacia la ventana y corrió un poco la cortina. El grisáceo smog de Santiago estaba allí, puntual y tenaz.
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