Jesús Torbado - El peregrino

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Martin de Châtillon ha emprendido un viaje desde su Francia natal hasta la ciudad de Santiago de Compostela. Su camino estará marcado por el encuentro con gentes variopintas y personajes peculiares; conocerá costumbres y usos de los reinos españoles; recorrerá una tierra que vive bajo la sombra de un Dios implacable. Sus aventuras elaboran un retrato crudo y descarnado del mundo medieval en el que transcurren.

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– En estos tiempos no es fácil encontrar a nadie tan tonto que compre reliquias sin su título -dijo Iscam-. Aunque siempre es posible, claro. Pero nadie las rechazará si les presentas ese documento. Y si no las vendes muy caras. En este camino son más necesarias las reliquias que la fe. Sobre todo para las iglesias y abadías que desean vivir a costa de los peregrinos y atraer a los nobles.

Martín afirmó con la cabeza. Ya había discutido la cuestión con don Ramírez y con Oria; incluso tenían decidido que el propio sacerdote pamplonés firmase tales certificados en cuanto hallasen papel y tinta; pero ahora paseaba por los prados del Señor y no podría ayudarle.

– Seguramente yo puedo echarte una mano.

– ¿Tienes algún amigo abad u obispo?

– ¡San Miguel me libre de ello! -dijo Iscam, lanzando un escupitajo al fuego-. Pero tengo buena mano para imitar sus escrituras.

Decidieron esperar un día o dos más a cruzar los montes de la Oca, y a ser posible hacerlo al lado de otros peregrinos más fuertes o ricos que ellos. A los dos les habían contado los muchos peligros que acechaban en ellos e incluso que san Indalecio había tenido que regresar del cielo para buscar entre la niebla a dos piadosos peregrinos de Aquitania que se habían perdido después de que los bandidos los dejaran maltrechos entre las hayas.

– Cecilio, Tesifonte, Torcuato, Indalecio… -recitó Martín, y en la lista estuvo a punto de incluir a don Ramírez y a Oria.

– Sí, uno de los siete varones fieles que acompañaron a Santiago; aunque no tan fieles como ese perro que iba contigo.

Iscam el mozárabe tenía noticias de que san Indalecio había sido arrojado a un pozo en aquel mismo pueblo de la Oca, y que todavía se podía contemplar su sangre pegada a las piedras.

Algo más atrás en su camino quedaban también los sepulcros de san Fromerio, pues había dos san Fromerios, que era bienhechor contra las tempestades o contra los dolores del estómago, es decir, contra el hambre; pero Martín decidió que tarde o temprano la bruma se alejaría por sí sola y que, en el trance en que se hallaban, más provechoso sería acudir al pozo del compañero de Santiago que volver atrás en busca de la comida del cielo o que desafiar tan pronto a las tempestades.

El pozo, con alto brocal de piedra, estaba al otro lado del pueblo, cerca de una pequeña ermita. Una mujer vieja y de rostro cubierto de pústulas aseguró que era guardiana del mismo, así como que vivía de las limosnas de los devotos que se acercaban. Martín le ofreció las tres setas que les habían sobrado de la cena, pero la vieja dijo que tal caridad no era suficiente como para otorgarles un don tan grande.

Aquel pozo estaba seco antes; y cuando la cabeza del santo cayó rebotando dentro de él, después de que un soldado se la cortara, empezó a manar un agua santísima que curaba casi todos los males. Podrían ver el reguero de sangre que esa cabeza había dejado en las piedras y llenar sus calabazas de aquel agua si era suficiente su limosna.

– ¿Y por qué no lavas tus llagas con tal agua milagrosa, hermana? -preguntó el hereje Iscam.

La mujer miró asustada a aquel hombre de tan poca fe.

– Vas a dejar que miremos y que bebamos si queremos beber. Somos humildes peregrinos.

– Sin la limosna, os llevarán los diablos -insistió ella.

– Y a ti también, bruja del infierno. Porque te arrojaré al pozo para que hagas compañía al mártir Indalecio. -Iscam le puso ambas manos en la cintura y la empujó hacia el brocal. La guardiana comenzó a chillar como una gallina acorralada, hasta que el hombre la soltó. Echó a correr, sin callarse, hacia la ermita.

Se asomaron ellos al pozo y no vieron ningún portento que los sorprendiese. El agua estaba negra, quizá por el reflejo maligno del cielo, y las manchas en las piedras no eran rojas, sino marrones. De todas maneras, Martín de Châtillon se arrodilló después de mirar, puso la frente sobre el brocal y rezó en silencio.

– ¿Con qué vamos a sacar el agua? -preguntó más tarde.

– Más vale que te quedes con sed, hermano. Debe de estar corrompida. Buscaremos a alguien que nos venda un poco de vino.

Cuando se alejaban, la vieja comenzó a lanzarles piedras y gritos. Iscam se agachó para despedirla con las mismas cortesías y sus dedos descubrieron en el polvo una herradura de asno, torcida y gastada. Agitó la mano en lo alto para responder a la guardiana, pero ella se ocultó detrás del brocal. Iscam se quedó con la herradura en la mano.

Al contrario que en otros pueblos por los que el peregrino había pasado en las últimas semanas, las casas de la Oca estaban construidas de piedra y parecían fuertes. No eran muchas, ni tampoco grandes, pero debían de haber estado allí durante muchos años. Algunas carecían de techo y parecían abandonadas. A la izquierda del camino, antes de que comenzara éste a escalar el monte, vieron que cinco peregrinos salían de una de ellas; calaban los sombreros, apoyaban con fuerza los bordones en la piedra del suelo y se ponían en marcha hacia Nájera. Sin duda habían pasado allí la noche.

– Santiago os valga -saludó el que parecía mayor de todos.

Se asomaron al albergue. Sobre una mesa cuadrada de madera quedaban las escudillas vacías de su desayuno y un jarro también de barro al lado.

– ¿Tienes dinero para pagar el vino? -preguntó Iscam.

Martín palpó su cinturón interior de tela y dijo que sí.

El mesonero era un hombre silencioso y de gesto torcido. Antes de rellenar el jarro que estaba en la mesa tendió la mano para recibir la moneda que Martín hubo de ponerle encima. Luego, sin retirar las escudillas sucias, los dejó solos. Al menos se ocupaba del bienestar de sus huéspedes y del suyo propio con un gran fuego que iluminaba y caldeaba la habitación. Iscam desanudó el turbante carmesí que le cubría la cabeza, fue tirando de la tela hasta que su cráneo casi completamente liso quedó al descubierto. Se rascó con las palmas de las manos.

– Una mujer mora me echó una maldición -dijo sonriendo-. Me quedé calvo, pero al menos pude librarme de ella.

– ¿Quién era?

– ¡Vaya!, deja eso ahora, hermano mío. Pensemos en nuestros negocios. ¿Tienes dinero para llegar a Santiago?

Martín pareció sorprendido por la pregunta.

– Oria me dio unas pocas monedas de plata -hizo ademán de sacarlas de su cinto-. No creo que…

– ¡Espera! ¿Quieres que el posadero te las robe…? Parece que no, por consiguiente. Pero no por eso vamos a inquietarnos.

Puso la mano sobre la herradura que había encontrado y sequedó pensativo. Después, sacó de su zurrón de cuero raído un rollo de pergamino cuyas letras habían sido groseramente lavadas, un frasco con tinta y una pluma de medio palmo de larga, envuelta en una tela.

Empezó a escribir con pequeñas letras Carolinas sobre las huellas de las letras visigodas que antes habían ocupado el espacio del pergamino, los ojos muy cercanos al cuero, como si no viera bien. De cuando en cuando se detenía a pensar y aprovechaba el descanso para beber tragos muy cortos del jarro; apenas se humedecía los labios. Martín intentaba inútilmente leer alguna palabra. Aburrido, se levantó y se colocó de espaldas al fuego para calentarse la espalda.

– ¡Ya está! -Iscam lo llamó con un gesto-. Vamos a ver si da resultado. «In Dei nomine. Yo, Prudencio, abad venerable del monasterio de Albelda, en el reino de Castilla, me complace comunicar que esta herradura con seis orificios, uno de ellos a la derecha roto, y con uno de sus extremos perdido, perteneció al caballo blanco del señor Santiago y que cayó de una de sus patas delanteras cuando luchaba en los campos de Clavijo, vecinos de esta santa abadía, al lado de nuestro rey don Ramiro I, contra los infieles que mantenían la exigencia de recibir tributo de cien doncellas entre las más hermosas de Castilla; y los venció en el año 844 del Señor. Recogió la herradura mi antecesor, el santo abad don Ramos, apodado el Mago, y yo se la entrego al piadosísimo hermano Iscam de Gormaz para que la lleve al sepulcro del Apóstol, a fin de que repose junto a Él, u obre con ella mi buen sacerdote Iscam según su necesidad y juicio. En VII de las calendas de febrero, era M aLXXXX aVIII a. Confirmo, Prudencio, abad. Flaíno, prior, testigo; Garvisso Gisvadiz, conde, testigo.»Martín de Châtillon tomó el documento en sus manos y lo miró atónito. No sólo estaba tan hermosamente escrito como jamás había visto pergamino alguno, ni siquiera en un libro de Ostabat que le había mostrado su protector el abad, sino que las firmas eran todas diferentes y con rasgos más rápidos o torpes -la del conde- y más o menos cargados de tinta.

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