Mercedes Castro - Y punto

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«Él me acusa de tener sentimientos. Me dice que soy débil y frágil, sutil, febril, casi pueril. Nada viril para mi profesión, y tendría que serlo, que adónde va una mujer policía tan sentimental como a punto de romperse.»
Clara Deza es contradictoria y deslenguada, Clara Deza es agente de la autoridad, esposa y compañera, tan sensible por dentro como dura por fuera. Inmersa en un mundo hostil marcado por el enfrentamiento entre dos esferas contrapuestas: la laboral, poblada por policías que oscilan entre la incomprensión o la superprotección, yonquis que inspiran su ternura y superiores que no la respetan, y la personal, que gira en torno a un matrimonio que es a la vez refugio y casa de fieras, remanso de paz y estanque de tormentas.
Clara Deza aprenderá a demostrar pronto su faceta más combativa y mordaz cuando, tras recibir un desconcertante mensaje de su mejor confidente, descubre que uno de los mafiosos más escurridizos planea su gran golpe. Movida por el pálpito de saber que se encuentra ante su caso más importante, comienza a escarbar en las cloacas de una sociedad brillante en apariencia y tremendamente cruel en realidad.
Con una poderosa voz narrativa cargada de ironía, Mercedes Castro irrumpe en el panorama literario con la historia de una mujer que se mueve entre claros y oscuros, una protagonista tan de carne y hueso que traspasa las páginas de esta novela con su humor agridulce, su contundente fragilidad y un inconformismo esencial que va más allá de cualquier punto y final.

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Y es ahora cuando oigo su voz, ya no graciosa ni tierna, que me avisa:

– Como ésta, señorita Deza, es una visita de carácter estrictamente personal, consideraríamos de mal gusto que abusara de nuestra confianza intentando transmitir nuestra conversación al exterior.

– Qué previsor -apostillo, y cruzo las piernas fingiéndome muy segura, muy tranquila, y me llevo la mano al escote y desabrocho uno, dos botones de la blusa mientras Cara de Gato frunce el ceño como preguntándose qué demonios voy a hacer y ambos me contemplan impasibles hasta que, al ver un esparadrapo pegado a la altura de mi esternón, alzan las cejas sorprendidos por mi gesto osado al arrancarme el micrófono de un tirón -¡hija de puta! estará gritando París como un poseso, ¡hija de la gran puta!

»Una cosa son las órdenes -explico desafiante, porque está empezando a joderme este tono que se gasta de Gran Capo Senil y porque sé que un segundo micrófono, colocado algo más a la izquierda, bajo el sostén, y conectado a una grabadora sujeta a mi espalda y oculta bajo la chaqueta, sigue tomando nota de cada punto y coma de nuestra conversación y, de paso, manteniéndome protegida de las iras de unos y otros, que no sé qué será peor, siempre metida en movidas, Clara, y empeñada en dar la cara, me riño, porque eres la única decente aquí, la única que va a cumplir con su palabra: no estoy transmitiendo nada al exterior porque de qué nos serviría probar a hacerlo si el dichoso inhibidor de frecuencias abortaría el intento, pero mis compañeros podrán escuchar todo el encuentro, como que se lo estoy grabando. Y luego se quejarán-, y otra el pundonor, ese concepto tan anticuado que contra toda lógica algunos mantenemos.

– Sabía que no me decepcionaría, nunca dudé de su integridad.

– Sin embargo debo confesarle que me siento en inferioridad de condiciones. Acabo de mostrarle mi único as escondido, he dejado mi arma en comisaría para no ser descortés con la atenta invitación de su hijo y, sin embargo, Vito aún no se ha presentado y me envía a su padre para entretenerme.

Nada más decirlo advierto una mueca de aprensión, incluso de miedo, en el rostro de Cara de Gato, que contiene el aire por un momento, justo hasta que el abuelo muestra sus dientes de caimán en su cara pecosa antes de decirme:

– Quizá tenga razón, señorita Deza, quizás esté siendo algo maleducado -y los labios se le tensan, se ensanchan tal vez demasiado, rígidos, postizos- porque todavía no me he presentado. Yo soy Vito.

Vale, Clara. Ahora sí que la has cagado.

– ¿Es usted Vito? ¡Qué imperdonable error!, no sé cómo he podido confundirlo, ¿sabrá disculparme?

Ríe brevemente y no acabo de saber si se ha tragado mi pantomima de chica despistada y atolondrada. Yo diría que no, pero da igual porque le hago gracia, lo noto, así que decide dejar correr mi metedura de pata, fingir que no ha pasado nada y continuar, como si tal cosa, con el plan que pensó ejecutar desde que hablamos por teléfono, un esquema que debió de dibujar en el momento en que decidió que quería conocerme y que seguramente pasaba por todas y cada una de las fases que ya he soportado, desde la espera en la planta baja acompañada de su ridículo ayudante al tour por el mundo psicópata, hasta incluir el golpe de efecto final de jugar con el equívoco de hacerme imaginar a un Vito bastante más joven. Por eso, porque todo está transcurriendo por su cauce, según lo previsto por esos ojos fríos, calculadores, que brillan como el casco de acero negro de un grillo, se permite ser condescendiente conmigo, porque es como un gato (mucho más gato que el mismísimo Cara de Gato, acojonado ahí detrás) que acaba de descubrir a una arañita que soy yo, y como sabe que si intenta comerme no le duraré ni medio mordisco, prefiere seguirme por toda la casa con el hocico pegado a mi espalda y las pupilas rayadas fijas en mí viendo cómo me apresuro con la escasa fuerza de mis ocho patitas, cómo busco desesperada una hendidura en el parqué donde esconderme y sentirme a salvo y esperar, con el corazón latiendo a mil, que se haya cansado de atosigarme y se largue. Pero no, me asomo con temor por la ranura y sigue ahí, y mete una garra y hurga para que salga, para que me exponga, porque le da igual si me muero de un infarto o de un pisotón, sólo quiere que le dure un poco más, en su vida de gato doméstico aburrido, esta distracción tan divertida en que me he convertido.

– Por supuesto, subinspectora Deza. Y es que, debo confesarlo, tenía muchas ganas de conocerla -y hace una pausa durante la cual me calibra, hasta que emite su veredicto-. No le pega su nombre. O sí, quién sabe. Tiene una mirada clara, pero con un fondo de agua densa. Para que su nombre fuera el reflejo de su identidad completa, debería llamarse Claraoscura.

– Es posible. Usted tampoco es como me lo esperaba -intento bromear-, le encuentro algo mayor de lo que me habían dicho -hala, Clara, suicídate.

– No sólo es la edad, soy yo, que estoy mal -confiesa con franqueza-. Digamos que estoy tocado, pero aún no hundido. Las malas rachas de salud y personales me han echado años encima. Usted es joven y no entiende de esto, no le duele nada por dentro ni le oprimen los recuerdos hasta no dejarle respirar. En cambio yo, a mis años, sólo vivo en el pasado, y es eso lo que me hace viejo: recordar a los que no están -si se cree que me va a dar pena con esa oda a la vejez va listo-. Aunque, para ser sincero, le diré que la veo pálida. Tiene cara de preñada, con esa falta de color de quién lleva a un niño que le roba la sangre. ¿Tú también te has fijado? Por cierto, no le he presentado a mi ayudante -y se vuelve hacia él-: Valentín Malde.

– Encantada -digo sin levantarme y pensando lo bien que le sienta a Cara de Gato su auténtico nombre.

– Es un placer verla de nuevo por aquí -suelta.

– ¿Cómo dice? -me hago la loca.

– Aquella guardia pasando frío a las seis de la mañana -y con sus ojos señala a la ventana-. Nos daba pena. Estuvimos a punto de llevarle un café caliente y un tentempié, pero pensamos que quizá se ofendería.

– Qué detalle -y qué cabrones, nos han mordido-. Aunque no hubiera sido necesario, me traje un termo. Mis compañeros, en cambio, nunca lo han necesitado porque bastante calientes se ponen ya con las chicas que vienen por aquí.

– Ah, las niñas -y el rostro de Vito se torna apacible, bonachón, incluso se diría que se le llenan los ojos de lágrimas-, ¿no son una preciosidad?

– No lo sé, no las he visto. Lo único que me han dicho mis compañeros es que parecen muy jóvenes. Demasiado. Rozando el límite de lo legal.

– Eso no es asunto mío -corta tajante, casi se diría que fastidiado porque le he roto el rollo evocador de la belleza femenina virgen e ideal que me iba a soltar-. De la selección, la edad y su preparación se encarga otra persona más cualificada. Yo sólo las admiro y les ofrezco un futuro mejor, con más salidas y la posibilidad de triunfar en la vida.

– Entiendo, es un esteta -comento con ironía mientras anoto en mi cabeza el dato que relaciona a Virtudes, la mala bicha, como Nacho la describió, con Vito-. No le suponía metido en el negocio de la carne.

– Yo no lo llamaría «negocio de la carne», qué definición más desagradable. En todo caso -matiza-, «negocio del placer».

– Para algunos es lo mismo -sugiero.

– No para mí. Admiro a las mujeres, son los seres más perfectos del planeta. Frágiles y fuertes a la vez, resistentes, supervivientes y, por supuesto, bellas. Son la fuente de donde mana el mundo, el origen de todo -dice mirándome fijamente-. En cuanto a mis negocios… Como sabrá, no poseo historial delictivo, lo cual quiere decir que, como los más dignos ciudadanos, jamás he sido detenido. Ni una multa de tráfico, señorita Deza. Sé que puedo parecerle amoral, pero no carezco de ética y, según las normas que unos pocos han impuesto y otros muchos intentan hacer cumplir, siempre he actuado dentro de la legalidad. Siento un enorme respeto por el ser humano, se lo aseguro. Por eso -y hace una señal a Cara de Gato que éste interpreta a la perfección, haciendo mutis y cerrando la puerta al salir- tenía tanto interés en hablar con usted.

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