– ¿No decías que tenías que irte ahora al médico?
– Yo no te dije que iba al médico. ¿Cómo lo sabes? -y su voz esculpe, casi cincela el aire mientras mira de reojo a París. Que qué cabrón, cómo larga el tío.
– Sí me lo has dicho, me pediste permiso para ausentarte.
– Pero no te dije adónde iba.
– El caso es que imagínate que la cosa se alarga -intenta cambiar de tema con torpeza-, que tienes que hacerte alguna prueba, que la hora se te echa encima… Para qué vas a andar corriendo si París está aquí. Lo que debes hacer es preocuparte por tu salud y no pensar en nada más, nosotros nos ocupamos.
– Clara, a mí no me supone ningún problema quedarme, lo hago encantado -interviene París asintiendo con fuerza, casi como si estuviera contento de chuparse cuatro horas aburrido al sol y yo fuera a tragarme esta comedia, este farol extraño, estas ganas de quitarme de en medio, darme esquinazo, librarse de mí por unas horas y apartarme, a ver por qué, del chalet de Vito.
– Santi, exijo una explicación, no entiendo cómo es que…
– No -la interrumpe serio, cabreado de pronto-, el que necesita una explicación soy yo. ¿De qué vas? Intento portarme bien contigo, que dispongas de tiempo, que te libres de una mierda de guardia, y tú te emperras en sufrir y hacer el trabajo más desagradable de todos. ¿Así me lo agradeces? Mira, no hay quien te entienda, no sé si andas con las hormonas revueltas o qué. Cuando entres en razón, cosa que dudo, ya me darás las gracias.
Y se da la vuelta y se va echando humo del marchito cigarrillo, porque joder la niña con sus suspicacias y sus caprichos de malcriada, quién lo diría, al final es como todas. No sé ni para qué me preocupo, y Clara se queda muda, seria, sorprendida por ese arrebato porque nunca había perdido los estribos con ella, nunca le había hablado así en tantos años.
De pronto lo ve todo clarísimo, es por culpa de París, que le ha comido el tarro con sus opiniones de experto y sus aires de entendido. Habrá llegado a alguna absurda, estúpida, ridícula conclusión sobre el caso y quiere librarse de mí para comprobarlo por sí mismo. Como si lo viera. Claro, como llega a su hora, como es tan puntual y tan recto, tan exacto, tan comedido, como piensa que estoy en la inopia, que veo fantasmas, como está seguro de que aquí no ha pasado nada… Igual ni se presenta a la guardia y todo es una excusa para dejarme a un lado y poder demostrar que no hubo crimen y no fue más que un chute insensato, dirá después, el Culebra falleció, sí, pero no lo mataron, y la puta se asfixió accidentalmente durante una arriesgada práctica sexual. Seguro que habrá estado exponiéndole sus teorías y lo habrá convencido de que le libre unas horas de mí para actuar por su cuenta porque estos casos son de lo más corriente, los yonquis y las putas mueren porque sí, porque lo merecen, porque ya les iba tocando, porque los desechos de la sociedad son carne de cañón y no vale la pena perder más tiempo con ellos, si además ahora no molestan, si sus males y sus maldades han acabado, enterrados por fin y su moral en paz.
Pero quién puede asegurarlo, quién puede garantizar sin pruebas ni autopsias que no hay nada anómalo, que una muerte si es barata es normal. Ojalá la aguja clavada y el pequeño teatro de droga y descontrol, de sexo y perdición, sean verdad, ojalá Zafrilla o Dolores me confirmen que sí, que todo fue accidental y pueda continuar con mi vida y olvidarme sin más, sin reconcomerme por dentro, sin sentir que cierro un caso sin acabar y a otra cosa mariposa que hay mucho que currar y más muertos que enterrar, cerrar los ojos y no revolver en los cajones, total, si no los reclama nadie, si a nadie le importan, si nos dan igual.
– No, a mí no -dice en alto, guerrera y decidida.
– ¿Perdón? -se sorprende París levantando la cabeza de sus papeles.
– Que a mí no me la das -proclama segura de sí misma-. No me trago esa generosidad tuya de querer hacer las guardias de los demás. Detrás de tanta bondad escondes algo, un plan trazado de antemano, ganas de demostrar a saber qué sin mí. Porque yo te molesto, lo sé, te doy el coñazo, no te dejo tomar decisiones sin justificar, ni archivar los expedientes y lavarte las manos sin más.
– Tú flipas, se te va la pinza. Mira, voy a tomarme todo esto como un arrebato por la tensión de ir al médico y todo eso, pero te aviso, estas histerias tuyas van a terminar por agotar mi paciencia.
– Sí, hazte el comprensivo. Qué generoso, me partes el corazón. Pero ¿sabes?, siempre me entero. Acabaré descubriendo qué estás tramando.
París va a responderle pero se queda mudo, con la boca abierta y los ojos desorbitados. Clara sigue intrigada la dirección de su mirada y divisa en la puerta de la oficina a Zafrilla que con su melena, su carita de rosa, su piel de porcelana y sus caderas salerosas avanza tímidamente hacia su mesa con pasos cortitos, como de bailarina de ballet articulada con una expresión de horror en su rostro que, cuando por fin alcanza su sitio, se ha convertido ya en franco, evidente rubor. Como si quisiera echar a correr. Ella le mira en busca de ayuda y París, impotente, como un monigote de ventrílocuo que se ha quedado en blanco, se encoge de hombros y ya casi estoy por preguntarles si por segunda vez hoy se me ha vuelto a pasar algo, alguna oculta relación entre ambos que desconozco cuando, de golpe, soy consciente del estruendo.
El estruendo, un ruido al que estoy tan acostumbrada que ni siquiera oigo, una mezcla de aullidos, jadeos, gruñidos y rebuznos que antaño me perturbaba y que ahora, curada de espantos, ya ni siento, tan habituada al marasmo de chillidos que puedo concentrarme con ellos de fondo, mantener una conversación telefónica a pesar de ellos, hablar a media voz sin la necesidad de desgañitarme para hacerme oír por encima de ellos. Pero eso no vale para los de fuera porque, además, cuando llega alguien ajeno a la comisaría, especialmente si se trata de una mujer, los ruidos animales de los machos se agudizan.
Y ahí está la causa del espanto de Zafrilla y París: el ver a más de media docena de policías adultos, armados, serios e impertérritos graznando, bufando, rugiendo y relinchando como si fuera un tic espontáneo que no pueden evitar, un síndrome de Tourette colectivo llevado al extremo, desaforado, salido de madre.
– Esperad -les digo, y sé que ahora tendré que dejar que el clamor se calme como por encanto, que todos y cada uno se apacigüen y sigan trabajando como si tal cosa para entonces, sólo entonces y a media voz, proponerles-: ¿Nos vamos a tomar un café al bar de enfrente?
Ninguno protesta, ninguno pregunta por qué si acabo de entrar, diría Zafrilla, si tengo muchísimo que hacer y después una guardia, rezongaría París. Pero no, la siguen sumisos y dóciles y, ya acomodados en la barra, cada uno con su taza delante, debe explicarles conteniendo la risa a qué han asistido.
– Acabáis de presenciar el fenómeno conocido como «la Marabunta».
– Ah, pero ¿tiene nombre? -dice Zafrilla aún escandalizada-. ¿Y se ha montado por mí? Os juro que nunca había tenido un recibimiento igual.
– A ver, os lo cuento: todo empezó cuando destinaron a César a la comisaría. Como es un tipo tan callado, se pasó tres o cuatro meses sin apenas abrir la boca y si alguien le preguntaba sólo respondía con un arf de perrillo tímido. Pero le pirra el fútbol, y tras varios meses de observación los demás se fijaron en que cuando leía los lunes el Marca jaleaba los goles de su equipo con un guau que no podía reprimir. Como son malas personas, empezaron a recibirlo todos los días con ruiditos guturales parecidos a los suyos, y según pasaba a su lado, uno hacía tímidamente grrrrrr , otro harl y otro snif, snif . Eso al principio, porque pronto perdieron la vergüenza y, a lo tonto, del arf y el guau pasaron al aullido, al maullido y al balido. Sé lo que estáis pensando: patético. Sin embargo para César fue el Ábrete Sésamo de las relaciones sociales, empezó a expresarse con todo tipo de ruidos y cada uno significaba una cosa distinta: si le caía un marrón gruñía, al volver del despacho del jefe Bores gemía como un cachorro abandonado, al salir a comer bramaba de contento… Al final acabaron creando una especie de código secreto, pero lo peor es que tienen como una especie de horror vacui sonoro, de modo que si se aburren, si llevan mucho rato callados, si quieren sentirse parte de la manada, lo único que deben hacer es levantar la cabeza y rebuznar para que el resto responda con un mugido, un cacareo o un berrido. Y si pasa una mujer, alguna de la oficina del DNI o de Denuncias, una limpiadora que esté de buen ver o quien sea, como Zafrilla en este caso, literalmente se cae el cielo. Es como la llamada de la selva: al ver a una hembra de otro territorio se despiertan sus sentidos primarios y sus gargantas y, cuanto más jamona esté, más berracos se ponen y más barullo arman.
Читать дальше