Mercedes Castro - Y punto

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«Él me acusa de tener sentimientos. Me dice que soy débil y frágil, sutil, febril, casi pueril. Nada viril para mi profesión, y tendría que serlo, que adónde va una mujer policía tan sentimental como a punto de romperse.»
Clara Deza es contradictoria y deslenguada, Clara Deza es agente de la autoridad, esposa y compañera, tan sensible por dentro como dura por fuera. Inmersa en un mundo hostil marcado por el enfrentamiento entre dos esferas contrapuestas: la laboral, poblada por policías que oscilan entre la incomprensión o la superprotección, yonquis que inspiran su ternura y superiores que no la respetan, y la personal, que gira en torno a un matrimonio que es a la vez refugio y casa de fieras, remanso de paz y estanque de tormentas.
Clara Deza aprenderá a demostrar pronto su faceta más combativa y mordaz cuando, tras recibir un desconcertante mensaje de su mejor confidente, descubre que uno de los mafiosos más escurridizos planea su gran golpe. Movida por el pálpito de saber que se encuentra ante su caso más importante, comienza a escarbar en las cloacas de una sociedad brillante en apariencia y tremendamente cruel en realidad.
Con una poderosa voz narrativa cargada de ironía, Mercedes Castro irrumpe en el panorama literario con la historia de una mujer que se mueve entre claros y oscuros, una protagonista tan de carne y hueso que traspasa las páginas de esta novela con su humor agridulce, su contundente fragilidad y un inconformismo esencial que va más allá de cualquier punto y final.

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»Sin embargo ese curso, el de tercero, supondría para nosotros mucho más que la mera exhibición de cicatrices, decoloraciones, matas de vello o calcomanías. Debimos haber supuesto algo cuando, dos días antes de la fecha señalada para nuestro reconocimiento, mientras hacíamos gimnasia cerca de la biblioteca, oímos unos tremendos berridos tras la puerta cerrada donde el Doctor Infierno, como nos gustaba llamarle, martirizaba a otro grupo. Inocentes e incautos, supusimos que tal vez había incrustado la espátula en la campanilla de un inocente o que le habría dado a alguien con la barra superior de hierro de la báscula con la que te medían y que, curso tras curso, seguía estando igual de floja… Nadie nos avisó de que era algo mucho peor que eso:

»"Prevención de penes fimosíticos" lo denominaba, no sé si totalmente en serio o con recochineo, y llegado nuestro día nos pilló por sorpresa. Obvio, si no se hubiera producido desbandada general.

»La innovación ese año pasaba pues por comprobar cuántos padecíamos fimosis a fin de solucionarlo con una futura y dolorosísima operación. Pero nosotros teníamos nueve años, no sabíamos qué era la fimosis, si era peligrosa o contagiosa o qué podía pasarnos si resultaba que la teníamos. Es más, hasta ese momento nadie nos había dicho que nuestra "cosa" se pudiese operar, y ni mucho menos en qué consistía esa intervención. Por no saber no sabíamos siquiera por qué debíamos mostrársela. En casa siempre nos advirtieron de que guardáramos bien nuestra pilila ante los extraños y en esa gélida sala no había ni biombo ni mampara ni nada parecido, nos pusieron a todos en círculo y sin más explicaciones así estuvimos: sin calzoncillos, angustiados, obligados a mostrar nuestros genitales diminutos y lampiños, sin saber el motivo de aquella humillación, ignorando a qué venía ese examen de nuestras partes pudendas y a qué funestas consecuencias nos llevaría su resultado.

»Estábamos confundidos, inseguros, indefensos.

»Estábamos acojonados.

»Nunca he visto a nadie taparse la entrepierna con tanta insistencia, jamás he visto ese rubor en rostro alguno, menos aún ese temor. Unos se cubrían con las manitas estiradas, otros intentaron sin que se lo permitieran darse la vuelta, alguno escondió su pequeño miembro entre los muslos como si fuera un hermafrodita o un precoz transexual recién operado, otros optaron por estirar la camiseta hacia abajo, tanto como para que llegase a las rodillas y jamás volviera a recuperar su forma original. Yo fui de estos últimos.

»Poco a poco, uno tras otro, el médico iba comprobando los penes y la enfermera gorda y horrible anotaba en su libreta las incidencias junto al nombre del acusado: éste sí, éste no, éste por supuesto… Muy profesional todo, pero intimidad ninguna. A veces el médico parecía tener dudas y consultaba con su ayudante, que arqueaba la ceja hasta que su iris verdoso como el fango sobresalía por encima de las gafas de pasta. Ella se agachaba, miraba con atención el miembro en cuestión, lo palpaba, comprobaba su peso, sus pliegues, y una fracción de segundo después bruscamente tiraba de él hasta que un grito de dolor delataba al culpable. Otro al bote, chaval, de esta operación no te salva ni San Juan Bautista. Esa tía no era un ser humano normal, era diabólica la muy hija de puta.

»No se me olvidarán las caras de mis compañeros a medida que se acercaba su turno: el pobre Juan Pablo tenía una fimosis de caballo y al desalmado doctor no se le ocurrió lindeza mejor que mascullar entre dientes, aunque audible para todos, que casi sería preferible caparlo para que no siguiera sufriendo. Al tímido e introvertido Gerardo se le saltaban las lágrimas y, tal vez debido al pánico descontrolado, se le escapó un pedo que sólo los insensatos celebraron a carcajadas. Después de aquello se volvió más raro todavía. A Rubén, del que siempre pensamos que era un niño algo diferente, especial, tal vez afeminado, el pito se le puso tieso, y desde entonces fue conocido como "el mariquita". Arturo no se anduvo por las ramas y ante su inminente turno huyó como alma que lleva el diablo entre alaridos de espanto; resultado: tardaron en encontrarlo más de dos horas, desnudo, tiritando, bajo el altar de la capilla. A partir de ese día siempre le consideraríamos un traidor, un cobarde que se negó a pasar lo que los demás tuvimos que sufrir sin rechistar, y como pena unánime fue condenado durante meses al ostracismo en el recreo. Y a Jacinto Ildefonso Júpiter María, el desastre de la clase, el terremoto personificado, el mayor caos del universo, se le habían olvidado los calzoncillos o acaso jamás los llevó, y ya desde el momento en que, como todos, tuvo que bajarse los pantalones las risotadas de los dos adultos fueron más sonoras y humillantes si cabe y arreciaron, cómo no, en el turno de su revisión. Algunos de mis compañeros, sin saber muy bien por qué, coreaban tímidamente sus muecas exageradas. Huelga decir que se trataba de la risilla viscosa y servil del miedo.

»Y en ésas estábamos, jodidos, abochornados y derrotados, cuando apareció el que faltaba para rematar la faena, el padre Florentino, el cura del colegio, proclamando a viva voz que debíamos estar orgullosos porque a Jesucristo le hicieron lo mismo al nacer. No sé si venía a regodearse de las desgracias ajenas, a enturbiar más si cabe el inquietante ambiente cargado de pavor infantil o simplemente a relamerse con el espectáculo de la carne fresca desnuda ante sus ojos, pero nunca más, desde aquella tarde, pude soportar su presencia. El muy desgraciado pasó con inusitada facilidad de sacerdote a fiscal, a inquisidor, a chivato rastrero que recomendaba al Doctor Infierno futuras víctimas. Y no se le pasaba ni una. Parecía disfrutar con aquello, y lo peor es que no cesaba de repetirnos que lo hacía por nuestro bien, como al Hijo de Dios.

»No sé cuánto tiempo pasó, los minutos se hicieron eternos, pero sin que se me ocurriera nada ingenioso para evitarlo llegó mi turno. Fue tal vez el único momento de mi vida en el que sentí un terror ciego, un temor irracional a lo desconocido. Jamás me he sentido tan indefenso. Cerré los ojos con fuerza y esperé el veredicto, fueron momentos interminables hasta que oí la abatida voz del medicucho pronunciar: "Con éste no hay nada que hacer, está sano". "Una pena, y eso que prometía…", respondió su religioso cómplice con auténtica pesadumbre.

»Pero poco me duró el alivio porque el siguiente era Morán, mi otra mitad, casi mi propio hermano que, inexplicablemente, seguía tranquilo en calzoncillos. Cuando médico, enfermera y cura se acercaron a él, mostró con asombrosa seguridad, impropia de su edad, un sobre que había escondido todo el tiempo bajo su camiseta y que entregó al padre Florentino. Después de abrirlo con dedos temblorosos y examinar su contenido con atención, éste profirió un exabrupto irreproducible, herético y escandaloso, y con gesto contrariado le indicó a mi amigo que podía ausentarse de la sala, cosa que hizo con mirada digna y altiva. En la carta, de eso nos enteramos después, su padre, abogado de medio pelo y franquista de vocación, constataba por escrito que sólo tres personas estaban capacitadas para la visión de las partes pudendas de su hijo: su progenitor, su futura mujer y Dios, como si fuesen la santísima trinidad de las vergas.

»Un curso después nos tocaría pasar el mal trago de la dolorosa vacunación y una carta muy parecida le excusaría también de ese suplicio. El hecho es que había salido indemne de la deshonrosa experiencia sólo porque tenía un documento que impedía a los todopoderosos curas salirse con la suya. Sin más.

»Todo aquello me dejó impresionado, me pareció increíble que el único que pudo librarse de una adversidad como ésa hubiera sido aquel que mostró una simple cuartilla de papel. No entraba en mi cabeza que una orden escrita tuviera tanta fuerza como para, incluso, pararle los pies a los cabrones santurrones que gobernaban sin ninguna oposición aquel colegio oscuro, hostil y amenazador.

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