– Puede que haya estado haciéndome demasiadas pajas. ¿Y si dejo esas tonterías? Ya sabe, preservar el bindu un poco más. ¿Cree usted que eso ayudaría?
– Lo dudo. Sólo existe una cura para tu estado, pero no se me ocurriría imponértela. Ya te he sometido a suficientes pruebas.
– No me importa. Si hay una forma de arreglarlo, entonces eso es lo que tenemos que hacer.
– Estoy hablando de la castración, Walt. Si te amputas las pelotas, tal vez haya una posibilidad.
– ¿Ha dicho usted tal vez ?
– No hay ninguna garantía. El francés lo hizo y continuó levitando hasta los sesenta y cuatro años. El checo lo hizo y no le sirvió de nada. La mutilación fue inútil, y dos meses después saltó del puente Charles y se mató.
– No sé qué decir.
– Por supuesto que no. Yo, en tu lugar, tampoco sabría qué decir. Por eso te estoy sugiriendo que abandonemos. No espero que hagas semejante cosa. Ningún hombre podría pedirle eso a otro. No sería humano.
– Bueno, dado que el veredicto es bastante confuso, no sería muy inteligente arriesgarse, ¿verdad? Quiero decir que si renuncio a ser Walt el Niño Prodigio, por lo menos tendré mis pelotas para hacerme compañía. No me gustaría encontrarme en una posición en la que acabara perdiendo las dos cosas.
– Exactamente. Razón por la que el tema queda cerrado. No tiene sentido hablar más de ello. Hemos tenido una buena racha y ahora se ha terminado. Por lo menos puedes dejarlo mientras aún estás en la cumbre.
– ¿Y si las jaquecas desaparecieran?
– No desaparecerán. Créeme.
– ¿Cómo puede usted saberlo? Puede que esos otros tipos siguieran teniéndolas, pero ¿y si yo soy diferente?
– No lo eres. Es una predisposición permanente y no tiene cura. Excepto si corremos el riesgo que ya hemos rechazado, las jaquecas te acompañarán durante el resto de tu vida. Por cada minuto que pases en el aire, estarás tres horas atormentado por el dolor en la tierra. Y cuanto mayor seas, peores serán los dolores. Es la venganza de la gravedad, hijo. Pensábamos que la habíamos derrotado, pero resulta ser más fuerte que nosotros. Así es la vida. Ganamos durante algún tiempo y ahora hemos perdido. Que así sea. Si eso es lo que Dios quiere, entonces tenemos que inclinarnos ante su voluntad.
¡Era todo tan triste, tan deprimente, tan inútil! Yo había luchado durante tanto tiempo para lograr el éxito y ahora, justo cuando estaba a punto de convertirme en uno de los inmortales de la historia, tenía que volverle la espalda y alejarme. El maestro Yehudi tragó este veneno sin mover un músculo. Aceptó nuestro destino como un estoico y se negó a lamentarse. Era una actitud noble, supongo, pero no estaba en mi repertorio encajar las malas noticias con los brazos cruzados. Una vez que nos quedamos sin nada que decir, me levanté y empecé a dar patadas a los muebles y puñetazos a las paredes, atacando la habitación como un boxeador loco peleando con su sombra. Volqué una silla, tiré la mesilla de noche al suelo con estrépito y maldije mi mala suerte empleando las cuerdas vocales al máximo de su capacidad. Como buen sabio que era, el maestro Yehudi no hizo nada para detenerme. Incluso cuando un par de enfermeras entraron corriendo en la habitación para ver qué pasaba, él las echó tranquilamente, explicando que cubriría los daños por completo. Conocía mi carácter y sabía que mi furia necesitaba una oportunidad de expresarse. Nada de contener la rabia para mí; nada de ofrecer la otra mejilla para Walt. Si el mundo me golpeaba, yo le devolvía el golpe.
Era justo. El maestro Yehudi fue inteligente al permitir que me comportara de esa manera, y no voy a culparle si actué como un imbécil y fui demasiado lejos. Justo en medio de mi explosión, di con lo que debía ser la idea más estúpida de todos los tiempos, la metedura de pata que acabaría con todas las meteduras de pata. Bueno, en aquel momento me pareció muy inteligente, pero eso era sólo porque todavía no podía enfrentarme a lo que había sucedido; y cuando niegas los hechos, lo único que haces es buscarte problemas. Pero yo deseaba desesperadamente probar que el maestro estaba equivocado, demostrarle que sus teorías respecto a mi estado no eran más que gaseosas sin gas. Así que, allí mismo, en aquella habitación del hospital de Filadelfia, el día tres de noviembre de 1929, hice un repentino y desesperado intento de resucitar mi carrera. Dejé de darle puñetazos a la pared, me volví para encararme al maestro y luego abrí los brazos y me elevé del suelo.
– ¡Mire! -le grité-. ¡Míreme bien y dígame qué ve!
El maestro me estudió con expresión sombría y afligida.
– Veo el pasado -dijo-. Veo a Walt el Niño Prodigio por última vez. Veo a alguien que está a punto de lamentar lo que acaba de hacer.
– ¡Soy tan bueno como siempre! -le grité-. ¡Y eso significa que soy el mejor del mundo!
El maestro miró su reloj.
– Diez segundos -dijo-. Por cada segundo que permanezcas ahí arriba tendrás tres minutos de dolor. Te lo garantizo.
Pensé que ya había demostrado lo que quería, así que antes que arriesgarme a otro largo periodo de agonía, decidí bajar. Y entonces sucedió, exactamente como el maestro había prometido que sucedería. En el mismo instante en que las puntas de mis pies tocaron el suelo, mi cabeza se abrió de nuevo, estalló con una violencia que absorbió la luz del día y me hizo ver las estrellas. Un chorro de vómito salió disparado de mi garganta y dio en la pared a dos metros de distancia. Navajas de resorte saltaron dentro de mi cráneo y penetraron profundamente hasta el centro de mi cerebro. Temblé, aullé y caí al suelo, y esta vez no tuve el lujo de desmayarme. Me sacudí como un lenguado con un anzuelo en el ojo, y cuando supliqué ayuda, implorando al maestro que llamara a un médico para que me pusiera una inyección, él se limitó a menear la cabeza y alejarse de mi.
– Lo superarás -dijo-. Dentro de menos de una hora, estarás como nuevo.
Luego, sin ofrecerme una sola palabra de consuelo, ordenó silenciosamente la habitación y empezó a hacer mi maleta.
Ése era el único tratamiento que merecía. Sus palabras habían caído en oídos sordos, y no le quedaba otra alternativa que retirarse y dejar que mis actos hablaran por sí mismos. Así que el dolor me habló, y esta vez le escuché. Escuché durante cuarenta y siete minutos, y cuando terminó la clase, yo había aprendido todo lo que necesitaba saber. ¡Menudo curso intensivo sobre los métodos del mundo! ¡Menudo repaso sobre el sufrimiento! El dolor me enseñó, y de qué manera, y cuando salí del hospital aquella misma mañana, tenía la cabeza más o menos en su sitio nuevamente. Conocía las verdades de la vida. Las conocía con cada grieta de mi alma y cada poro de mi piel, y no iba a olvidarlas nunca. Los días de gloria habían pasado. Walt el Niño Prodigio había muerto y no existía ni la más remota posibilidad de que volviera a asomar la cara.
Volvimos al hotel del maestro caminando en silencio, pasando por las calles de la ciudad como un par de fantasmas. Tardamos diez o quince minutos en llegar y cuando estuvimos ante la entrada no se me ocurrió nada mejor que alargar la mano y tratar de despedirme.
– Bueno -dije-. Supongo que aquí es donde nos separamos.
– ¿Ah, sí? -dijo el maestro-. ¿Y por qué?
– Usted tendrá que buscar otro chico, y tiene mucho sentido que me yo me quede aquí si no voy a hacer más que estorbar.
– ¿Y por qué iba yo a buscar otro chico?
Parecía verdaderamente asombrado por la sugerencia.
– Porque yo soy un fracasado, por eso. Porque el espectáculo ha terminado y ya no le sirvo para nada.
– ¿Crees que te abandonaría así?
– ¿Por qué no? Es justo, y si yo no puedo cumplir mi parte, es natural que usted empiece a hacer otros planes.
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