Martin Amis - Perro callejero

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Xan Meo es un hombre de múltiples talentos: actor, músico, escritor, y también hijo de un célebre delincuente. Una noche, Xan se sienta a tomar una copa en la terraza de un pub y, al poco rato, dos hombres le parten la cabeza a cachiporrazos. Tras una difícil convalecencia será otro. Deberá acostumbrarse a su nuevo ser, como todos los que le rodean, porque Xan se convertirá en un antimarido, en un antipadre, movido por impulsos primarios y con una sexualidad muy perturbadora. Pero hay otros personajes que inciden en la vida de Xan. Clint Smoke, un periodista de un diario amarillista volcado en la pornografía y las noticias de escándalo, y también Henry England, el rey de Inglaterra y padre de la Princesita, a la que alguien ha fotografiado desnuda en su bañera. También está el misterioso Joseph Andrews, como una araña en el centro de una vasta red. Y en el núcleo de todo: Edipo, los padres como posibles corruptores devoradores de sus hijos, el difícil pasaje a la madurez.

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– ¿Es poder la gloria? -preguntó Urquhart-Gordon. Y añadió para sí, con excitación-: «¿Será un poder negativo?»

A la mañana siguiente, mientras se servía una taza de té con limón (normalmente tomaba para desayunar una buena taza de té inglés, de su marca habitual, más algunos fiambres y pastas), Enrique IX recibió un comunicado de su chambelán:

Para vuestra información, señor. Copiado consultando el libro de visitantes del château . Ruego excuséis la ausencia de formalismos. Presentes durante la estancia de la princesa (por orden cronológico de su llegada):

Enrique R; Bill y Joan Sussex; Brendan Urquhart-Gordon; príncipe Alfred y Chicago Jones; Chippy y Catherine Edenderry; sultán y sultana de Perak; Boy y Emmma Robville; Juliet Ormonde; Lady Arabella Mont; John y Nicola Kimbolton; Joy Wilson; príncipe Mohammad Faed (y esposas); Hank Davies; el emir de Qatar (y esposas); El Zizhen. Nota: en determinado momento hubo en el château 47 menores, incluidos 15 adolescentes.

Ah, El, El, El Zizhen… Justo un año después del accidente de la reina, Enrique se encontró cenando a solas con Edith Beresford-Hale. Aunque fácilmente explicable (y graciosamente excusado), el forzado, tembloroso y jadeante fiasco que siguió bastó para convencer al rey de que aquello se había acabado. Edith era aún viuda, o viuda una vez más, y se habían operado otros cambios en ella. Por ejemplo, que contaba ya sesenta y tres años. Pero Enrique no era nada indulgente, y estaba preparado para huir de la escena de puntillas y con las zapatillas en la mano. «Es la última vez», se dijo apresuradamente a sí mismo. «¿Qué ocurre contigo, Hotty?», le había preguntado la reina en una ocasión semejante al tiempo que le daba a Excalibur un par de fuertes agarrones, antes de apartarlo de sí con impaciencia. «Oh, vamos…, ¡es desesperante!» Bueno, sí… ¿Qué ocurría con él?

Y entonces llegó El…

– ¿Puedo contarte un secreto? -le preguntó en su inglés sin acento, uniéndose a él cuando había salido a fumar un cigarro a un balcón de la embajada de China en París. Enrique se volvió (y advirtió la repentina ausencia de su escolta, el capitán Mate). Su universo era una galería de extraños, y allí estaba otra que lo era por partida doble: la encantadora trenza morena, la asimetría parcial de sus ojos sin párpados (uno feliz, el otro triste), los fuertes dientes clavados sin miramientos en sus presas… Enrique inclinó su rubia cabeza en un ángulo paternal… Para ser claros: durante los pasados doce meses habían tenido acceso a él con regularidad beldades de todo el mundo histórico (mujeres perpetuamente acosadas por llorosos multimillonarios). Muchas sabias lenguas habían restregado -hasta prácticamente secarla- la oreja regia. Y el rey podía haberse resistido, pero siempre se inclinó gustosamente hacia ellas, esperando una respuesta que jamás llegó… El Zizhen, en cambio, caminaba de puntillas. Y se produjo el contacto. Pareció como si una mariposa se hubiera instalado en su tímpano… No, pongamos dos mariposas, apareándose. Y al punto su corazón colateral (tan aletargado, tan holgazán, tan decididamente hipocondríaco) se expandió como un toallero telescópico.

Subliminalmente, en sus ensoñaciones, Enrique estaba preocupado. La coincidencia sexual: él, en el château, con la otredad de El entre sus brazos; y más allá del césped, la princesa sorprendida en la Casita Amarilla.

14 FEBRERO (11.20 A. M.): 101 HEAVY

Primer oficial Nick Chopko: Si está diseñado para hacerlo, lo hará. ¡Joder…, estoy cansado! ¿Qué hay de eso, comandante?

Mecánico de vuelo Hal Ward: Guy me decía que estaba muy cansado del viaje a Honolulu. Que era como si estuviera borracho. No exactamente borracho, sino destrozado por completo.

Comandante John Macmanaman: Estaba leyendo en AUN que los dos pilotos de una línea doméstica se quedaron dormidos a los dos minutos de haber despegado. Ahora, con una cabina sellada, confío que no iréis a…

Chopko: Las azafatas estuvieron gritando y aporreando la puerta. Estaban ya prácticamente en el espacio cuando finalmente despertaron.

Macmanaman: Espero que no sea allí donde deseéis estar hoy… ¿Sabéis cómo llamaban los aztecas a los cometas? «Estrellas que fuman.» Por la cola, supongo. Ya echarás una cabezada, Nick. Pero ahora tendréis que excusarme un segundo. Voy a saludar a un pasajero.

– ¿Te ha resultado molesto el despegue? -preguntó.

– Ah, confío en ti, John -dijo Reynolds.

Vestido con su uniforme, y con la gorra en la mano, se inclinó para darle un beso. El hombre del 2A miró con curiosidad al comandante, pero siguió con la cabeza torcida, mirando hacia atrás por la ventanilla para controlar la posición del ala.

– Bienvenida al mundo de los viudos. ¿Qué tal te va, Rennie?

– Bien… No, me siento muy bien. Notas un vacío, y el final fue horrible, pero no nos engañemos. Conocías a Royce.

En la bodega, el cadáver de Royce Traynor (lleno de cera y formaldehído) aguardaba enseñando los dientes.

CAPÍTULO CUARTO

1. ESO QUE LLAMAN MUNDO

– «El llamado “Hombre del Renacimiento”, Xan Meo, atacado y hospitalizado a finales de octubre» -leyó Russia- «pudo haber sido víctima de su propio pasado, que está enturbiado por el crimen y la violencia.»

Era su primer día en casa, y Xan Meo escuchaba.

– «Su padre, Mick Meo, era un próspero gángster del East End, que cumplió numerosas condenas de cárcel por atraco a mano armada, robo, fraude, evasión de impuestos, extorsión con amenazas y desórdenes públicos.

»“En 1978, cuando ya andaba por la sesentena, Mick Meo fue sentenciado a nueve años de prisión por intento de asesinato, y murió en la cárcel. La víctima fue su propio yerno, Damon Susan, el marido de su hija Leda. Antiguo convicto también, Susan quedó confinado a una silla de ruedas después del incidente. Jamás se recobró de sus heridas, descritas en aquel entonces como ‘inusualmente espantosas’, y vive ahora en un hospital de West Sussex.

– Tú ya sabes esto. No dice nada nuevo.

Russia inhaló aire. Parecía absorber color para su rostro…

– «La primera mujer de Xan Meo, Pearl O’Daniel, figurinista de teatro», oh, sí, seguro, «provenía de un medio similar. Su padre y tres de sus hermanos han estado en prisión por delitos violentos, y ella misma ha sido condenada en dos ocasiones por tenencia de cocaína.

»“Manteniendo la tradición familiar de agredir a familiares próximos, el propio Meo atrajo la atención de la policía tras un incidente con Angus O’Daniel, el hermano mayor de su ex esposa, quien declinó presentar cargos. Y, en su juventud, Meo se vio condenado por una serie de pequeños delitos, incluido el de lesiones materiales.»

– ¿Qué diferencia hay entre materiales y graves?

– Esto…, el alcance de las lesiones. Graves es peor. Materiales son sin importancia.

– «Aunque no hay nada que sugiera, de momento, que el reciente asalto contra Meo tenga alguna conexión directa con su pasado, ya se sabe que la violencia tiende a volver sobre sí misma, duplicada. La violencia engendra violencia. Por lucrativa que pueda haber sido la actividad de Meo trazando retratos de personajes de los barrios bajos en la pantalla y en sus escritos, tal vez esté encontrando ahora que debe pagar por su pasado.»

– No se trata de un «pasado». Es una providencia. Una procedencia, quiero decir.

– «El matrimonio de Meo con O’Daniel fue disuelto hace cinco años, en razón, entre otros motivos, de malos tratos físicos. A los pocos meses, Meo volvió a casarse. Su segunda esposa es…» bla, bla, bla…

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