Martin Amis - Perro callejero

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Xan Meo es un hombre de múltiples talentos: actor, músico, escritor, y también hijo de un célebre delincuente. Una noche, Xan se sienta a tomar una copa en la terraza de un pub y, al poco rato, dos hombres le parten la cabeza a cachiporrazos. Tras una difícil convalecencia será otro. Deberá acostumbrarse a su nuevo ser, como todos los que le rodean, porque Xan se convertirá en un antimarido, en un antipadre, movido por impulsos primarios y con una sexualidad muy perturbadora. Pero hay otros personajes que inciden en la vida de Xan. Clint Smoke, un periodista de un diario amarillista volcado en la pornografía y las noticias de escándalo, y también Henry England, el rey de Inglaterra y padre de la Princesita, a la que alguien ha fotografiado desnuda en su bañera. También está el misterioso Joseph Andrews, como una araña en el centro de una vasta red. Y en el núcleo de todo: Edipo, los padres como posibles corruptores devoradores de sus hijos, el difícil pasaje a la madurez.

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– No, sigue. ¿Quién es mi segunda esposa? Recuérdamelo.

– «… La doctora Russia Tannenbaum, que da clases en el King’s College de Londres, y es autora de un conocido estudio universitario sobre los hijos de tiranos.» Notable.

– ¿Qué te parece notable?

– Que no haya errores de bulto.

Russia empujó hacia él, a través del sofá, el voluminoso y releído periódico. Xan vio que el artículo estaba ilustrado para reforzar el tema: la foto de Pearl procedía de un grupo de fotografías que ella había hecho circular durante uno de los más lamentables episodios de su divorcio: con la mejilla izquierda lastimada y el ojo cerrado y amoratado encima del pómulo (en la misma desesperada pelea, Xan había salido con la nariz rota). En cuanto a la foto de Russia, se la habían tomado por sorpresa en alguna calle, y daba la impresión de estar evitando que se la hicieran. Xan estaba representado por un fotograma extraído de una película para la televisión titulada 99 puntadas, en la que interpretaba el papel de Matón McTavish: tenía una botella rota en una mano y un martillo de carpintero en la otra.

– Bueno…, no puedes decir que no estabas…-dijo Xan-. No puedes decir que no estabas avisada.

Ella le miraba. Su rostro ahora parecía llevar una máscara, un revestimiento por efecto de la sustracción hospitalaria del vigor y la luminosidad. Era asimismo, de nuevo, extrañamente leonino: el de un ser que, en la expresión satisfecha de su boca, mostraba hallarse muy arriba en la cadena trófica: una cara que no temía a ningún depredador.

– Iré a verlos otra vez. Al periódico. Hablaré con Rory -dijo-, y le daré mi versión.

Entró Billie, sin la escolta de la niñera. En el último par de meses había conquistado el derecho de dar vueltas por toda la casa sin ir acompañada…, con gran provecho para su vida interior. Era cada vez más frecuente sorprender en sus ojos una fresca mirada de asombro: de nuevas adquisiciones, nuevas incorporaciones a su cerebro en proceso de formación.

– Trae un libro, querida -le dijo Russia-, y papá lo leerá.

– Fíjate en el tamaño de este periodicucho -dijo Xan al tiempo que lo dejaba deslizarse de su regazo al suelo-. Y me han puesto en la página ochenta y seis… Es bueno, en estos tiempos, que hablen de ti los periódicos. Si estás al principio, en las páginas de noticias, te han pillado. Pero, si no, la cosa va bien. Porque no habrá maldita la forma de que lo encuentren.

De una cosa estaba segura Russia: él nunca había hecho eso antes…, maldecir delante de Billie.

– Quiero éste -dijo la niña.

Y Xan volvió su atención a una familia de elefantes elegantemente vestidos, que aguardaban la comida en un comedor palaciego.

– Yo soy éste -dijo Billie-. Y mamá este otro. Y aquél es Baba. Y Lada ese otro.

Xan le indicó la cabecera de la mesa, donde se hallaba sentado el padre.

– ¿Y quién es ése ?

– … Nadie.

Ése era nadie. Un elefante vestido con un traje azul, simplemente.

Negación del déficit, deuda energética, fatiga de la dirección: sabían el tipo de cosas con que podían encontrarse. Y las abordaban con sensatez.

El descanso sabático de Russia por maternidad estaba llegando a su fin (y tenía en perspectiva una visita a Alemania para dar una conferencia); también era inminente e imposible de posponer el viaje a Brasil de Imaculada; pero Xan, en su estado, no podía ir a ninguna parte: eso también parecía obvio. Pasaría el tiempo jugando y holgazaneando con las niñas, y se ocuparía de la casa…, en la medida en que le apeteciera hacerlo.

Ambos proyectos resultaron ser excesivos para él.

Muy pronto se vio que no se le podía confiar nada. La espaciosa cocina, donde Xan pasaba la mayor parte de su, de pronto, ilimitado tiempo libre (porque le dio por reafirmar sus habilidades culinarias), se convirtió en un laboratorio donde se amontonaban alocadamente sartenes de hierro fundido, cazos ennegrecidos y cacerolas abrasadas: donde el cubo de la basura estaría disputando su puesto a uno de los cucharones caídos, mientras el microondas trepidaba y se tranquilizaba. Las cosas se escurrían a través de sus dedos: se derramaban líquidos, se rompían. Se abrasaba con la tostadora, se llenaba del polvo que salía del molinillo de café. Incluso el frigorífico se reveló como su declarado enemigo.

Iba dejando por toda la casa huellas de sí mismo, como mensajes enviados de un animal a otro. Un calcetín, un chaleco, un par de calzoncillos en las escaleras, en la sala de estar…, pero también sus desperdicios, sus emanaciones. Cuando Russia se acercaba a la bañera, siempre veía en ella dos palmos de agua sucia con una capa superficial verduzca, y, flotando a medias, toallitas, trozos de pañuelos de celulosa, apelmazados con mucosidades y cerumen. Así como pequeños acúmulos de caspa y recortes de uñas, de piel seca. Pero lo más característico, por supuesto, era que no había forma de persuadirlo de que hiciera correr el agua en el váter; y así, cuando abrías la puerta de la casa, tenías la sensación de entrar en un gallinero del Dorset rural, o en el zoo, o en un lavabo de caballeros del Tercer Mundo. Y ahora, por la noche, sus sobacos despedían olor a coño.

Estaban sentados a la mesa, con las tazas y cacharros del té, y los periódicos. Si le hubieran pedido a Russia que describiera aquella atmósfera, la habría calificado de seudonormal. Entonces él dijo:

– A las chicas les gusta la ensalada.

– ¿Qué?

– A las chicas les gusta la ensalada. Hay una diferencia real entre los sexos. A las chicas les gusta la ensalada.

– Tú tomas ensalada…

– Sí, pero a mí no me gusta la ensalada. A ningún hombre le gusta la ensalada. A las chicas les gusta la ensalada. Y puedo demostrarlo.

Ella aguardó.

– ¿Cómo?

– Las chicas comen ensalada cuando están colocadas. A un hombre le apetecería una barrita de chocolate o su snack de galletas; no una porquería con tomate. Una chica come ensalada por la mañana. Directamente del frigorífico. Sólo una chica haría eso. Las chicas son así. ¡Dios! ¿Es el teléfono que suena?

– No, es el frigorífico.

– ¿El frigorífico?

– Es nuevo. ¿No lo has notado? Hace ruido si dejas la puerta abierta. Te has dejado la puerta abierta.

– ¡Cállate, joder! -le gritó al aparato-. ¿Es que acaso soy el primer hombre de la tierra que tiene que decirle a su frigorífico que pare?

Volvió de nuevo el ruido: un chirrido molesto.

– ¡Eh, tú! ¡Deja ya de joder!

– En lugar de decirle que se pare, ¿por qué no vas y lo cierras?

– Ciérralo tú. Y la boca, de paso.

– No me hables así.

– ¿Por qué no? ¿Tienes la regla o algo así? De acuerdo, no me enfadaré. Estás con el disco rojo. Tienes a los pintores.

Éste era el tenor de sus conversaciones.

– Por favor, procura comportarte como Dios manda -le decía Russia.

Al momento siguiente, la cabeza y los hombros de él se hundían y replicaba:

– Eso es exactamente lo que estoy tratando de hacer… Lo estoy intentando. No puedes imaginar lo difícil que resulta intentarlo. Tú no lo entiendes. Pero puedo decírtelo. Es un auténtico coñazo .

Sonó el timbre de la puerta. Russia cerró de golpe el refrigerador de camino para bajar las escaleras.

Mi habitación, pensaba Xan… Fuera hace frío, pero mi habitación está caliente, pero mi frigorífico está frío…

Cuando Russia volvió, vio que su marido estaba haciendo dos cosas a la vez. Semejante ocupación multitarea era rara ahora en él. Hacer una cosa ya le resultaba bastante difícil. Aun así, se había sentado en el sofá, y dormía y lloraba al mismo tiempo.

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