Martin Amis - Perro callejero

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Xan Meo es un hombre de múltiples talentos: actor, músico, escritor, y también hijo de un célebre delincuente. Una noche, Xan se sienta a tomar una copa en la terraza de un pub y, al poco rato, dos hombres le parten la cabeza a cachiporrazos. Tras una difícil convalecencia será otro. Deberá acostumbrarse a su nuevo ser, como todos los que le rodean, porque Xan se convertirá en un antimarido, en un antipadre, movido por impulsos primarios y con una sexualidad muy perturbadora. Pero hay otros personajes que inciden en la vida de Xan. Clint Smoke, un periodista de un diario amarillista volcado en la pornografía y las noticias de escándalo, y también Henry England, el rey de Inglaterra y padre de la Princesita, a la que alguien ha fotografiado desnuda en su bañera. También está el misterioso Joseph Andrews, como una araña en el centro de una vasta red. Y en el núcleo de todo: Edipo, los padres como posibles corruptores devoradores de sus hijos, el difícil pasaje a la madurez.

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Las niñas, entretanto, intercambiaban sus opiniones.

Al principio, las dos parecían asombradas, pero estaban encantadas de verlo. El primer día, Billie, que salió a recibirlo a la entrada, le había dedicado una sonrisa tan grande al verlo, que temió que se le fuera a desencajar la cara: las comisuras de su boca desaparecían casi en sus cabellos. No vio a Sophie hasta la mañana siguiente; su carita fue la primera que vio en cuanto abrió los ojos. Pero mientras que Billie, en la misma situación, se hubiera metido entre sus padres como el trazo horizontal de una H mayúscula (H de hogar, tal vez, pero sugiriendo también la idea de una frustrante cuña entre ambos), Sophie se colocó al lado de su madre (a la que estuvo todo el rato dándole ruidosamente la lata, una vez más y sin descanso). Sophie sonreía también. Y cuando Xan volvió a abrir los ojos veinte minutos después, aún seguía sonriendo, y él se dio cuenta de que era la misma sonrisa, que había mantenido mientras dormía. Una sonrisa, la de Sophie, que no tenía el insostenible énfasis de la de Billie. Era leal, agradecida y, sobre todo, con cierto sentimiento de propiedad: le había escrito en su ausencia, y ahora estaba en casa. Él tendió la mano y sintió su brazo. El calor que aquel hecho había creado le llegaba, devuelto, a través de las venitas azules de su muñeca.

Billie cambiaba lentamente. Consentía en que la levantaran del suelo y la abrazaran, pero a los dos segundos se debatía tratando de liberarse con desconcertante vigor. Más adelante, cuando él se agachaba para recibirla, ella se hacía un ovillo y luego lo miraba a través de los dedos entrelazados. Y cuando Xan conseguía que se estuviera quieta junto a él con un libro («Vamos, lee; se está haciendo de noche»), y se inclinaba luego a darle un beso en la raya de sus cabellos, ella se echaba para atrás, se frotaba la cabeza y decía: «¡Oh, papá… !», como si papá no fuera nada más que un nombre que él se daba. Se acercaba a él sigilosamente y le preguntaba, con un murmullo cohibido, si le había traído algún regalo; luego, cuando se ofrecía a bañarla, ella declinaba el ofrecimiento, pero decía que podía quedarse a mirar cómo se bañaba. Había empezado a tratarlo -y él a verlo así- como a un amigo de la familia un tanto enigmático. Billie era de esa raza de niñas pequeñas que, en ciertos aspectos, parecen muchachas de veinticinco años de edad, salidas (y con notable ventaja) de su segundo divorcio. Con esa misma cara, de mujer que lo sabe todo de la vida, lo miraba ahora. Como si él fuera el séptimo u octavo de su lista: el pretendiente dudoso y pesado al que, en contra de su buen criterio, sin duda, había optado por no rechazar definitivamente.

Sophie, cambió de repente. Sophie se transformó en un instante.

Fue al tercer día de haber vuelto a casa. Ciertos problemas de logística habían obligado a Russia a dejarlo solo en la casa con la pequeña, una situación que nunca más se repetiría. Se suponía que Sophie estaba acostada y durmiendo en el piso de abajo (eran ya casi las siete), y él no había pensado gran cosa en ella cuando la oyó gritar en su cuarto. A aquellas alturas, la pequeña había cumplido ya casi un año, así que su llanto tenía una nota de confianza, casi pragmática, como de quien conoce bien el percal. Él lo había oído en anteriores ocasiones, evidenciando una confusión y un desespero mayores. ¿Por qué les costaba tanto a los niños pasar del sueño a la vigilia? ¿Qué era lo que los separaba del despertar y hacía tan difícil el tránsito? Se diría que en el sueño perdían su control del amor y de la vida y que, a veces, cuando se despertaban, no podían sacudirse aquella sensación soñada de caída libre.

Entró en la habitación, la sacó de la cuna y la llevó a la luz. Ella le vio la cara… y fue como si saltaran de pronto todos los perros de Londres. Un grito es un instrumento romo; pero éste fue más semejante a un silbido: penetrante, punzantemente dirigido y enfocado a él… La pequeña comenzó a retorcerse, para acabar calmándose y poniéndose rígida. Después, paso a paso, siguió el proceso a la inversa, llenando sus pulmones de aire con breves boqueadas de asombro: quizá esperando que, obedeciendo a la intensidad de su deseo, su padre se transformara ahora en Russia o en Imaculada. Con todo, al advertir que eso no sucedía, se instaló finalmente en el límite extremo de la desesperación, y a partir de allí ésta fue haciéndose cada vez mayor.

Vino luego un intervalo crucial en el jardín, bajo el manzano. Xan se las había arreglado para llevarla a cuestas al piso de abajo, medio sentada en la barandilla de la escalera y manteniéndola sujeta bajo sus brazos. Así llegaron a la cocina, donde él trató de calmarla con todos los trucos que se le ocurrieron, aunque ninguno funcionó. La llevó, pues, a la puerta de atrás de la casa y la sacó al jardín: dio la impresión de que el aire fresco y el resplandor azulado del crepúsculo tenían el efecto de serenarla, y al cabo de un rato incluso fue capaz de mirarlo a la cara. Sus ojos… Contemplarlos era como flotar en una balsa o en el curso lento de un río. Unas aguas en las que competían diferentes corrientes y sutiles variaciones de temperatura: una de tales corrientes de fondo parecía ser de confianza, y Xan trató de nadar hacia ella, aunque la perdió pronto, dispersada en otras corrientes. Finalmente, optó por renunciar a sus suplicantes murmullos y limitarse a tenerla a su lado mientras él gruñía y se estremecía. Era como en los últimos días de Pearl: con los gemelos abrazados a su pecho, y ahora bajo el cuchillo, en un dolor inseparable. Como una hora más tarde regresó Russia de buscar a Billie. Y diez minutos después Sophie estaba completamente dormida, abrazada lastimera y resignadamente a su patito de peluche.

En adelante Xan se miraría a menudo en los ojos de Sophie, tratando de encontrar en ellos aquel mismo latido de confianza. Pero no conseguía encontrarlo. Y la niña ahora se echaba a llorar en el mismo momento en que él entraba en la habitación. En la cena, cuando la pequeña estaba con ellos, con el asiento como un par de calzones medievales atornillados a la mesa, Xan se veía obligado a comer sólo con una mano, manteniendo la otra sobre la cara como en una especie de congelado saludo para que la pequeña no se la viera.

Pero… ¿y Russia?

Te acordarás de ésta, muchacho… Bien, sí…, lo recordaba. Lo has vuelto a mencionar. Lo has repetido… A mencionar… ¿a quién… ?

Se acordaba de los cócteles, los Dickheads, del pato muerto y con las patas arriba en el verdoso canal. De la puesta de sol, como una operación de extinción de incendios. Del gorrión fisgón. (¿Es tu ligue?) ¿Por qué hiciste eso, tío? Lo has vuelto a mencionar. Lo has repetido… Mencionar… ¿a quién ?

Xan había leído en los libros, en la literatura sobre los traumatismos craneoencefálicos, que una experiencia necesita tiempo para transformarse en recuerdo. No mucho tiempo…, tal vez sólo un segundo o dos. Pero el golpe se lo habían asestado con tanta rapidez y dureza… A aquel nombre significativo no le había dado tiempo de transformarse en recuerdo. Y quizá (así lo sugerían los libros, por lo menos) aquella pausa en su memoria fuera un reflejo cerebral…, un reflejo de autoprotección. Como si el cerebro no quisiera recordar el golpe.

Pero él necesitaba recordarlo. En su rememoración epiléptica, con los convulsos movimientos de su pluma que corrían en todas direcciones, reproducía sus pasos de aquella tarde de octubre, diciéndose a sí mismo vamos , vamos con una cadencia del East End (a la manera como son jaleados habitualmente en el East End los luchadores por parte de quienes presencian un combate). En ocasiones, el paralelismo podía ir tan lejos como para hacerle percibir el olor del aliento del asaltante, de sus hormonas, ceñido como un pañuelo alrededor de su cuello. Pero no iba más allá. Era como una investigación en los mismísimos inicios del universo, en aquel fragmento de tiempo infinitesimal donde reinaba la oscura violencia de sus condiciones iniciales. Porque uno no podía remontarse jamás al Big Bang…, por más que se empeñara.

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