Javier Marías - Vidas Escritas

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Hasta un total de veinte genios de la literatura resucitan en estas breves e insólitas biografías, que se leen como cuentos gracias a la precisión, amenidad y elegancia de la prosa de Javier Marías. Todos son extranjeros, todos están muertos y todos han sido tratados como personajes de ficción, con un afecto y una ironía no exentos de profundidad.

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Pero exceptuando estos raros arrebatos. James era una persona que justamente se distinguía por su impecable comportamiento social y por no meter jamás la pata. Con la misma urbanidad y -esto siempre- circunloquios se dirigía a un diplomático y a un deshollinador, y su curiosidad era infinita sobre cuanto acertaba a pasar ante su mirada. Quizá por eso invitaba a la confidencia, y en modo alguno desdeñaba los cotilleos de aldea mientras estuvo en Rye. Escuchaba sin cesar y hablaba sin cesar también: llegó a oír una confesión de asesinato y llegó a pronunciarle una conferencia sobre los sombreros a un hijo de Conrad que, con cinco añitos, le había hecho una inocente pregunta acerca de la extraña forma del que él llevaba.

Cuando se hallaba inmerso en una de sus novelas podía ser muy olvidadizo y no recordar que tenía invitados a comer hasta que éstos le esperaban ya sentados a la mesa, pero era extremadamente cuidadoso y exigente con las reglas de la hospitalidad, y por eso, con él, el verdadero riesgo no estribaba en ser su huésped, sino su anfitrión, ya que a partir de las atenciones recibidas o del ambiente de un hogar sacaba conclusiones definitivas que su fabulación, además, desarrollaba con posterioridad. Y así como, por ejemplo, admiraba a Turgueniev tanto literaria como personalmente (lo veía poco menos que como a un príncipe), detestó siempre a Flaubert por haberlos recibido en bata una vez, al susodicho Turgueniev y a él. Al parecer se trataba más bien de una prenda de trabajo, lo que en francés se llamaba entonces un chandail , y seguramente por parte de Flaubert fue una manera de honrarlos y admitirlos a su intimidad. Pero para James aquello era una indudable bata y nunca se lo perdonó: es más, para él Flaubert era ya un hombre que lo hacía todo en bata, y sus libros eran por consiguiente un fracaso, salvo Madame Bovary , que, concedía James, quizá fue escrito en chaleco. Idéntica falta cometió el poeta y pintor Rossetti, quien lo recibió con su guardapolvo, para James de nuevo una bata a todos los efectos. Y recibir en bata era un oprobio que retrataba el alma de quien lo hiciera: el detalle le llevó a inferir que Rossetti tenía repugnantes costumbres, no se bañaba nunca y era intolerablemente lascivo. Sin duda desayunaba jamón grasiento y huevos sanguinolentos. Tampoco fue muy cordial su visita a Oscar Wilde, a quien vio en América, donde el apóstol estético pasaba una temporada. Al permitirse decir James que echaba de menos Londres, Wilde lo miró con desprecio y lo tachó de provinciano: «¡De veras! A usted le importan los sitios». Y añadió tópicamente: «¡Mi hogar es el mundo!». A partir de entonces James dudaba entre referirse a él como a «esa bestia inmunda», «ese fatuo idiota» o «ese ínfimo patán». En cambio, su entusiasmo por el individuo Maupassant no conocía límites gracias asimismo a una visita: el cuentista francés lo había recibido para almorzar en compañía de una mujer desnuda con un antifaz. Esto le pareció a James el colmo del refinamiento, sobre todo cuando Maupassant le informó de que no se trataba de ninguna cortesana, meretriz, sirvienta o actriz, sino de una femme du monde , lo cual James no tuvo inconveniente en creer a pie juntillas.

Como es sabido, sus relaciones con las mujeres fueron más bien inexistentes, por la razón que fuera, y varias se han apuntado. El sexo, sin embargo, no parece haberle sido del todo indiferente, ya que si bien en sus libros apenas se halla la menor referencia explícita a él, tenía a bien, cuando estaba en privado con determinadas personas, indagar sin ningún sonrojo y sin eufemismos acerca de las más tortuosas aberraciones de este tipo. Durante muchos años tuvo claro que no se casaría: por un lado, y pese a que vivió cuarenta años en Inglaterra, juzgaba ridícula la idea de una esposa británica; por otro, como una vez dijo a una amiga al hablar del matrimonio, «tal como estoy soy lo bastante feliz y lo bastante desdichado, y no deseo añadir nada a ningún plato de la balanza». Casarse no era una necesidad, según él, sino el último y más caro de los lujos. En todo caso, las mujeres debieron dejarle un par de sinsabores o desgracias. En una ocasión, serio y enigmático, contó a un amigo cómo en su juventud, en una ciudad extranjera, había pasado horas bajo la lluvia vigilando una ventana y aguardando la aparición de una figura en ella, o quizá un rostro que no dejó ver la lámpara que sólo brilló un segundo y luego quedó para siempre apagada. «Aquello fue el fin…», dijo James, y se interrumpió. Y cuando Hueffer le anunció que iba a viajar a América y a visitar Newport, en Rhode Island, le pidió que se diera un paseo hasta cierto acantilado y rindiera allí por él, vicariamente, honores al lugar en el que había visto por última vez y se había despedido de su prima muerta con la que, muy joven, se debía haber casado.

Quienes lo conocieron lo recuerdan como un hombre despierto, alerta, hiperactivo, nervioso, gesticulante y a la vez pausado. En cuanto hacía o decía era precavido, pero no cauto; es decir, le costaba decidirse a actuar, y una vez que lo hacía -por ejemplo escribir- era imparable. Mientras dictaba sus libros paseaba de un lado a otro de la habitación, y cuando comía a solas se levantaba de la mesa con frecuencia y paseaba también por el comedor, masticando. Le gustaba mucho que lo llevaran en coche, y se preciaba erróneamente de conocer los contornos y tener un excelente sentido de la orientación, lo cual le llevó, a él y a los complacientes propietarios de diferentes coches, a llegar tarde y exhaustos a sus destinos tras dar infinitas e innecesarias vueltas guiados por Henry James. Casi nunca hablaba de sus obras, pero cuidaba mucho su biblioteca, que limpiaba en persona con un pañuelo de seda. No comprendía que sus libros no se vendieran mejor de lo que lo hacían, aunque Daisy Miller fue casi un best-seller. Su amiga Edith Wharton pidió una vez a su editor común que ingresara sus muy superiores ganancias en la cuenta de James. Él nunca lo supo.

Henry James murió por la tarde, el 28 de febrero de 1916, a los setenta y dos años, tras una larga enfermedad durante la cual sufrió delirios: un día dictó dos cartas como si fuera Napoleón, una de ellas dirigida a su hermano José Bonaparte, instándolo a que aceptara el trono de España. Pero meses antes, después de un primer ataque, pudo contar al recuperarse que en el momento de caer al suelo y creer que todo acababa, había oído en la habitación una voz que no era la suya y decía: «¡Así que al fin ha llegado, esa cosa distinguida!».

Arthur Conan Doyle ante las mujeres

Resulta inverosímil que un hombre tan intachable y querido como Arthur Conan Doyle pudiera perder al final de su vida buena parte de su consideración y aun de sus amigos. Sin embargo eso fue lo que le ocurrió cuando, once años antes de su muerte, se entregó al espiritismo, dejó muy de lado los escritos que no tuvieran que ver con esa fe y se dedicó a viajar por el mundo predicando su convencimiento. Escrupuloso como era, en 1924 calculó que en sus primeros cinco años de apostolado había recorrido más de cincuenta mil millas y se había dirigido a unas trescientas mil personas, algunas de ellas tan alejadas como para poseer nacionalidad australiana o sudafricana. El lo juzgaba su deber, pero, visto el hecho desde fuera, no era la primera vez en su vida que lo religioso le jugaba una mala pasada: cuando en 1900 se presentó a las elecciones al Parlamento por su ciudad natal, Edimburgo, llevaba todas las de ganar hasta el mismo día de la votación, que amaneció con una invasión de pasquines en los que se recordaba que Conan Doyle había nacido católico y se había educado con los jesuítas. Ambas cosas eran innegables, si bien hacía ya lustros que él había abandonado la religión de sus progenitores irlandeses. Los pasquines habían sido obra de un fanático protestante llamado Prenimer al que alguien había financiado, y fueron bastante para que Conan Doyle perdiera lo que, sin ellos, habría ganado a buen seguro. Aquel Prenimer fue uno más de los villanos con que hubo de vérselas a lo largo de su vida, incluyendo entre ellos al Profesor Moriarty y al mismísimo Sherlock Holmes.

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