Alberto Vázquez-Figueroa - Bora Bora

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Vázquez-Figueroa, en esta espectacular novela, logra exponer un convincente retrato de la cultura polinesia. La trama se desarrolla en una pequeña isla del Pacífico Sur la cual se ve salvajemente invadida por naves provenientes de un islote oceánico. Tras causar muerte y destrucción, la princesa se ve secuestrada por estos invasores llevándola mar adentro. Al compás de un dinámico relato, los habitantes supervivientes deciden emprender la persecución a través del océano buscando venganza…

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Así fue en efecto, y cuando lo hizo el «Navegante Mayor» estaba ya en condiciones de calcular su duración, al extremo de que, pasado el mediodía, ordenó que se encendiese una pequeña hoguera en la que pusieron a quemar delgadas ramas de afiladas puntas.

Con ellas, los guerreros se dedicaron a pintarse unos a otros negros dibujos que imitaban toscamente los tatuajes de la piel de «la bestia», al tiempo que las «Vahínes» les rapaban la cabeza dejándoles tan sólo dos cortos mechones en los parietales, consiguiendo de esa forma que al concluir su tarea la mayoría de los hombres de Bora Bora pudieran pasar muy bien por auténticos «Te-Onó», siempre que no se les observara de cerca.

Aunque se veían obligados a esperar, eso sí, a que dejara de llover.

Lo hizo a media tarde, el viento se marchó en pos de la lluvia, y cuando un tímido sol que parecía abrumado por cuanto había visto ese día, hizo su aparición, Roonuí-Roonuí se puso al frente de sus hombres, decidido a tomar cumplida venganza por las infinitas ofensas recibidas.

En la cueva tan sólo quedaron las mujeres, el seboso «Oripo», Vetea Pitó, que no tenía derecho a exponerse puesto que llevaba tatuado en su cuerpo el camino de regreso a casa, y «Miti Matái», cuya vida era sagrada puesto que de él dependían las vidas de todos.

El resto, Tapú Tetuanúi incluido, iniciaron su sigiloso avance por entre la espesura con una orden muy clara y muy concisa: ¡Matar!

Y mataron.

Pese a que ninguno de ellos lo hubiera hecho anteriormente, en esta ocasión lo hicieron a conciencia, pues sabían que de su eficacia a la hora de aprovechar la confusión dependía el éxito o el fracaso de su empresa.

Ni un solo «Te-Onó» podía imaginar que tras el paso de un terrorífico tifón que había arrasado por completo sus hogares, hicieran su aparición unos vengativos guerreros llegados de una lejana isla de la que ni siquiera habían oído hablar, y menos aún que de pronto surgieran de la espesura con sus propios tatuajes. Su sorpresa y desconcierto alcanzaron tales proporciones, que cuando consiguieron darse cuenta del engaño se encontraban ya con un cuchillo en la garganta o un pedazo de acero en el corazón.

Las dagas y espadas españolas causaron terribles estragos entre quienes no contaban más que con pesadas mazas o lanzas con punta de hueso para defenderse, y a decir verdad, la desigual «batalla» se convirtió a la larga en una feroz masacre en la que en especial los cuatro guerreros llegados de la isla volcánica, dieron muestras de una crueldad y un sadismo aberrantes.

Al caer la noche, ni un solo «Te-Onó» en edad de empuñar un arma seguía con vida, al tiempo que las mujeres, los ancianos y los niños se agolpaban temblorosos en las ruinas de lo que había sido un espléndido «Marae».

Jamás un pueblo perdió tanto en tan poco tiempo.

Jamás una venganza fue tan completa.

Jamás la destrucción y la muerte se apoderaron de toda una isla con tanta impunidad.

Cuando «Miti Matái» se enfrentó a las miradas de aquellas mujeres y aquellos niños pareció experimentar por primera vez en su vida vergьenza de sí mismo, apresurándose a señalar que si se volvía a atentar contra cualquiera de aquellos desgraciados, se negaría, como capitán del Marara , a que un solo guerrero volviera a subir a bordo.

— Os quedaréis aquí a hacerle frente a sus hombres cuando vuelvan — señaló con firmeza —. Hemos venido a recuperar lo que es nuestro, no a demostrar que somos más crueles que nadie.

Roonuí-Roonuí, que por unas horas parecía haberse emborrachado de sangre y sed de venganza, recuperó de inmediato el control sobre sí mismo ordenando que quien causara algún nuevo desmán fuera ejecutado en el acto, con lo que con la llegada de las tinieblas la paz pareció volver al fin a la maltratada isla.

Tapú Tetuanúi pasó la noche enfermo.

Sentía unos incontenibles deseos de vomitar cada vez que recordaba el horror que había experimentado al atravesar con su espada el pecho de un adolescente, y aún resonaban en sus oídos los estertores de agonía de una víctima cuyos desorbitados ojos mostraban todo el asombro que le producía una muerte que llegaba en forma de arma desconocida y reluciente empuñada por alguien que, hasta segundos antes, había considerado amigo.

El muchacho tuvo que hacer un gran esfuerzo y remontarse a la nefasta noche del ataque a su propia isla para conseguir de algún modo serenar su ánimo y justificar su acción, puesto que por profundo que fuera su odio hacia aquellos salvajes, más profunda era su repulsa a causar un daño tan irreparable.

Soñar con una sangrienta venganza era una cosa, y llevarla a cabo otra muy diferente que por desgracia poco o nada tenía que ver con lo que había imaginado.

Venir desde tan lejos y pasar tantas dificultades para atravesarle el corazón a un chicuelo que apenas alcanzaría su edad, era algo que comenzaba a antojársele absurdo, sobre todo si, como suponía, ya la princesa Anuanúa y el resto de las muchachas estaban muertas.

Y quedaba por último la cuestión, aún no del todo aclarada, de que fuera aquélla en verdad la isla de la que habían partido sus asaltantes.

El simple hecho de pensar que tal vez hubieran cometido un trágico error y toda aquella pobre gente nada tuviera que ver con «la bestia», le erizaba hasta el último cabello, y tan sólo cuando al amanecer Roonuí-Roonuí consiguió que una de las mujeres admitiese que el grueso de los guerreros habían partido hacía ya dos años a bordo de cinco gigantescos catamaranes, se sintió en cierto modo aliviado.

Vetea Pitó, que había tenido suerte al no participar directamente en la masacre, hizo cuanto estuvo en su mano por consolar a su amigo obligándole a entender que si los «Te-Onó» no fueran la clase de asesinos que siempre fueron, a nadie se le hubiera ocurrido venir a acosarles a su propia guarida.

— Puede que el que mataste aún fuera muy joven — señaló —. Pero seguro que hubiera tomado parte en la próxima expedición, y quizá hubiera raptado y violado a la mismísima Maiana… ¿Te imaginas a «nuestra Maiana» en manos de esa gente? — inquirió para negar una y otra vez con la cabeza —. Son alimañas — concluyó —. Hay que acabar con ellas antes de que acaben con nosotros.

— Me hizo tanto daño… — se lamentó Tapú.

— ¿A ti…? — se asombró el buceador —. ¡Daño el que le han hecho a Puní, que ha perdido un brazo, o a los tres guerreros que han muerto tan lejos de Bora Bora…! ¡Y daño el del pobre Tupaia que soñaba con recuperar a su hija y ha descubierto que no está aquí…! Eso es auténtico «daño». Lo otro tan sólo es un mal trago al que tienes que acostumbrarte. ¡Ojalá me hubieran dejado partirle el corazón a una docena de esos hijos de perra!

— ¡No sabes lo que dices! — protestó su amigo —. ¡No tienes ni idea de lo mal que se pasa…! El pobre chico abría la boca buscando aire y me miraba… ¡Cómo, cómo me miraba!

— Probablemente de la misma manera que el rey Pamáu miró a quienes lo asesinaron en su propia cama… — le hizo notar el otro —. ¡Oh, vamos, Tapú! — concluyó impaciente —. Luchamos por embarcarnos porque nos considerábamos hombres… ¡Compórtate como un hombre!

Tapú Tetuanúi hubiera deseado responder que quien se enfrenta durante meses al océano, o quien sufre, sin rechistar, los embates de un tifón, se está comportando evidentemente como un hombre sin necesidad de matar adolescentes, pero tenía plena conciencia de que había llegado hasta allí para llevar a cabo una misión, y no era cuestión de lamentarse sobre el papel que le había tocado desempeñar en ella.

Sin duda las cosas hubieran sido muy diferentes, si en lugar de un chiquillo hubiera sido un gigantesco guerrero el que se hubiera cruzado en su camino, pero también entraba dentro de lo posible, que en ese caso hubiera sido él quien llevara la peor parte.

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