Alberto Vázquez-Figueroa - Océano

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Esta sugestiva novela se enmarca en la tierra árida y fascinante de Lanzarote. La familia Perdomo se dedica desde siempre a la pesca siendo el océano casi su hábitat natural. Pero su rutinaria vida se verá sacudida por su hija Yaiza. Esta hija menor, poseedora de un don sobrenatural para «aplacar las bestias, aliviar a los enfermos y agradar a los muertos», será el causante de una tragedia que cambiará la vida para siempre de la familia.

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Tomó asiento en la cama y acarició su mano sabiendo que eso j contribuía a calmarla:

— ¿No será que estás impresionada por todo lo ocurrido? — inquirió—. El otro día soсaste que dos hombres morían, y no sabemos de nadie que haya muerto de ese modo.

Yaiza jamás se esforzaba por convencer a nadie respecto a sus visiones; se limitaba a contar lo que había visto, y el que quería lo aceptaba y con los demás no discutía.

— Esos dos hombres están muertos… — musitó casi como un susurro—. Y el otro viene…

Su madre no dijo nada; meditó unos momentos sin dejar de tocarle la mano, y luego alzó el rostro advirtiendo que más allá de la escalerilla una levísima claridad pugnaba por romper la negrura de la noche.

Se puso en pie, acarició el helado rostro de la muchacha, y ascendió a cubierta, donde oteó el horizonte en todas direcciones.

Las últimas luces de la Isla de La Palma habían quedado atrás seis lloras antes, y aún no se distinguía gran cosa a más de cinco metros de distancia.

Se aproximó a Sebastián que permanecía en pie junto a la rueda del timón y le besó en la mejilla:

— Yaiza asegura que Damián Centeno se aproxima.

— ¡Pero mamá…!

— ¿Qué…?

La pregunta había llegado rápida y seca, casi provocativa.

— No podemos ir por el mundo haciendo caso de esas cosas… — replicó su hijo, dolorido—. Parecemos una familia de gitanos del mar… ¡Y de chalados!

— ¿Crees que a mí me divierte…? — inquirió Aurelia con voz cansada—. Desde que empezó a llover en el momento en que nació tu hermana, me vengo repitiendo que todo cuanto de extraсo le ha ocurrido no son más que coincidencias o fantasías de vieja chocheante… Pero tú sabes bien que cuando sueсa algo raramente se equivoca, y eso es algo que ya ni siquiera vale la pena discutir… — Se hizo cargo de la rueda—. ¡Anda…! — pidió—. Ve y avisa a tu padre. Él sabrá lo que hacer…

Le tranquilizó sentir que aún latía el viejo barco a través del timón, y por unos instantes volvió a experimentar aquella antigua sensación de que era un ser vivo, que su marido supiera transmitirle.

— Todos los barcos tienen vida y tienen alma… — le había dicho cuando le acompaсó por primera vez a los caladeros de Tarfalla—. Y es siempre en la rueda del timón donde mejor le late el pulso… (Siéntelo!

Y ella lo sintió, pero sintió también a sus espaldas la fuerza y vida de aquel inmenso cuerpo que adoraba, y aún se estremecía al recordar cómo la poseyó allí mismo, aferrada a la caсa; cómo la hizo ^emir y estremecerse, y cómo abrigó siempre el convencimiento de que había sido aquella noche cuando engendró al mayor de sus hijos.

Más tarde, cuando en alguna ocasión ella se sentía por cualquier circunstancia desganada, Abel Perdomo le comentaba, bromeando, que muy distinta será la situación si colocara una rueda de timón sobre la cabecera de la cama.

Le vio venir sobre cubierta con el cabello alborotado y su pecho de Hércules, y se preguntó cómo era posible que hubieran transcurrido veintiséis aсos desde aquella noche en que la penetró mientras ' gobernaba la goleta…

— ¿Estás segura de lo que me ha dicho Sebastián…?

Se encogió de hombros y se limitó a indicar con la cabeza hacia la camareta.

— Se lo ha dicho el abuelo… Y ya sabes lo que suele ocurrir en í estos casos…

Abel Perdomo se recostó pesadamente en el palo y dejó escapar \ un hondo resoplido. Su primer impulso, como el de Sebastián, era negarse a admitir semejante locura y protestar, pero le constaba que protestar contra los sueсos de su hija era como protestar por el hecho de que fuera de noche o la Tierra girase.

— ¡No es posible…! — exclamó al fin—. No es posible que ese hijo de perra haya decidido seguirnos… ¿Es que no piensa darse nunca por vencido?

— Hasta que no me mate, no…

Asdrúbal había hecho su aparición a espaldas de su padre, y su rostro, muy moreno, serio y hermoso, aparecía profundamente] preocupado cuando aсadió:

— Debí entregarme en el primer momento… Tal vez tan sólo a hubiera ido' a presidio o tal vez me hubieran matado, no lo a sé… Pero lo que sí sé es que ahora sois todos los que estáis en peligro…

— ¿Qué quieres decir?

— Que si Damián Centeno me atrapa aquí y acaba conmigo, lo más probable es que se preocupe de no dejar testigos.

— ¡No digas eso, hijo…!

El muchacho se volvió a Aurelia que era quien había hablado.

— Tenemos que enfrentarnos a la realidad. Y resulta absurdo que nos hagamos ilusiones; Yaiza no acostumbra a equivocarse cuando se trata de malas noticias. Ese tipo ha sido capaz de llegar hasta aquí, y no lo ha hecho para pedirnos que regresemos a Lanzarote… Viene a matarme, y tendrá que matarme delante de vosotros… ¿Crees que aceptará pasar el resto de su vida sabiendo que cuatro personas le vieron asesinar a un hombre? Lo dudo.

— De acuerdo — intervino Abel Perdomo alzando las manos en un gesto que parecía dar por concluida la discusión—. Sean cuáles sea sus intenciones, lo primero que tenemos que hacer es impedir que nos encuentre.

Su esposa le miró un tanto confundida:

— ¿Cómo…? — quiso saber—. ¿Acaso el barco tiene alas? — Abrió las manos en un amplio ademán seсalando a su alrededor con desespero—. Estamos en medio del mar…

— Lo sé… —admitió su marido—. Estamos en medio del mar, y en él he pasado mi vida… — Hizo una pausa y por último, aсadió—: Y aunque no me guste hablar de ello, alguna que otra vez fui pescador furtivo. — Alzó la vista hacia levante y pareció estudiar el horizonte calculando el tiempo que faltaba para que amaneciese—. Bien… — dijo—. Cuanto antes empecemos, mejor. Hay que arriarlas velas, y tú Asdrúbal sube al palo mayor y abre los ojos… Supongo que si vienen será por el sudeste… Atento a cualquier cosa que se mueva…

Comenzaron a trabajar con la rapidez y eficacia que les confería la experiencia de aсos, y cuando el sol hacía su aparición, habían desmontado incluso las botavaras de la Mayor y la Mesana, que quedaron descansando sobre cubierta. Luego, mientras Yaiza y Aurelia preparaban un abundante desayuno a base de los peces voladores, que habían caído esa noche sobre cubierta, Abel y Sebastián bajaron a comprobar el estibamiento de la carga en las bodegas.

Se encontraban allí cuando sonó, clara, la voz de Asdrúbal:

— ¡Un barco por la aleta de babor…!

Saltó del palo como un mono y le tendió los prismáticos a su padre, que inmediatamente surgió en la escalerilla.

Al poco, asintió:

— En efecto, ahí está… ¡Y navega muy rápido…! ¡En una hora lo tendremos encima…! — Se volvió a su hijo—. Empieza a aflojar los obenques… hay que echar abajo los palos… Primero el Mayor; luego el de Mesana.

Fue dura la tarea de quitar las cuсas, extraer los pesados palos de sus soportes, dejarlos caer al mar sujetos con un fuerte cabo e izarlos luego nuevamente a lo largo del costado para que quedaran descansando sobre cubierta.

Cuando hubieron concluido, Abel Perdomo echó un nuevo vistazo a través de los prismáticos, y advirtió, satisfecho, que el navío no venía directamente hacia ellos, sino que se desviaba hacia el norte, pero aun así no se dio por satisfecho y ordenó:

— Hay que desmontar los tambuchos mientras bajo a inundar las sentinas.

Aurelia le aferró el brazo.

— ¿Vas a meterle agua al barco? — inquirió asustada.

Su esposo asintió con la cabeza y seсaló a su alrededor:

— No mucha, no te inquietes… No va a aumentar el viento y el mar se mantendrá tranquilo hasta la puesta del sol… Con esta altura de olas puedo bajar la borda medio metro.

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