Alberto Vázquez-Figueroa - Océano

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Esta sugestiva novela se enmarca en la tierra árida y fascinante de Lanzarote. La familia Perdomo se dedica desde siempre a la pesca siendo el océano casi su hábitat natural. Pero su rutinaria vida se verá sacudida por su hija Yaiza. Esta hija menor, poseedora de un don sobrenatural para «aplacar las bestias, aliviar a los enfermos y agradar a los muertos», será el causante de una tragedia que cambiará la vida para siempre de la familia.

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Damián Centeno experimentó una leve sensación de angustia al advertir que le estaba encargando la misión de buscar un barco diminuto en la inmensidad del Océano, a él, que odiaba el mar, entremezclada con una también muy leve sensación de alivio al comprobar que le estaban brindando una segunda oportunidad de hacerse rico.

Se encontraba terriblemente agotado y deprimido, pues había tenido que atravesar a pie el pedregal del Rubicón siguiendo el mismo camino que siguiera Paco, el gitano, pero sintiendo además sobre la nuca miradas de odio y burla, porque habían llegado, prepotentes, en dos enormes automóviles negros, y uno se había perdido para siempre en un ignorado camino de montaсa, y el otro permanecía destripado en la trasera de la casa de «Seсa» Florinda, la difunta que en vida leía el futuro en las tripas de los marrajos.

No encontraron un medio de transporte hasta más allá de Uga, tras veinte kilómetros de lava, calor y piedras, y cuanto deseaba era tumbarse en cualquier parte y dormir su cansancio y su derrota, pero allí estaba su capitán dándole nuevas órdenes, y allí estaba como siempre el fiel sargento capaz de resucitar a un muerto a culatazos, obligarle a tomar su bayoneta y abandonar la trinchera lanzándose otra vez al asalto.

— No me queda dinero… — fue todo cuanto dijo.

El anciano — ¿era acaso el padre del capitán Quintero aquel anciano? — extendió su flaco brazo, abrió el cajón de la mesilla, sacó una llave y se la tendió seсalando la enorme caja fuerte del rincón.

— ¡Llévate lo que hay dentro…! — dijo—. Y cuando necesites más, lo pides… — Sonrió en lo que más bien era una mueca—. Sólo hay' algo de ti de lo que estoy seguro… ¡Nunca vas a robarme!

Siempre le conoció bien el capitán Quintero, y siempre supo que Damián Centeno era capaz de violar, matar, torturar, o incluso profanar la tumba de una monja, pero que jamás había soportado a los ladrones, porque para él — que nunca tuvo nada— el sentido de la propiedad era el más sagrado de los conceptos.

En el Tercio todo el mundo lo sabía: «Al que le guste lo que no es suyo que se mantenga lejos del regimiento de Centeno… Acabará en el hoyo».

Nunca le contó a nadie que su madre había sido una «mechera» que a los cuatro aсos lo llevaba a los mercados para que distrajera a las amas de casa mientras hurgaba en sus bolsos, y aunque desde el principio aborreció el oficio de su madre, acabó por odiarlo el día en que una pobre mujer desvalijada tomó asiento en el bordillo de la acera y comenzó a llorar amargamente como no había visto llorar jamás a un ser humano.

— ¡Me han quitado todo cuanto tenía…! — murmuraba—. Me han quitado todo cuanto tenía… ¿Qué van a comer ahora mis hijos?

Aún no había cumplido seis aсos, pero decidió que jamás volvería a robar a nadie y esa noche se lo dijo a su madre:

— Prefiero que seas puta a que seas ladrona… — le espetó convencido—. Porque aunque aún no comprendo muy bien lo que es ser puta, no veo que le hagan daсo a nadie. A ti todo el mundo te insulta y te maldice,'mientras que a ellas siempre las abrazan y las besan…

Abrió la caja fuerte, se metió el dinero en el bolsillo sin contarlo, devolvió la llave a su dueсo, y se encaminó a la puerta:

— Si he de embarcar esta noche, tengo que darme prisa… — dijo—. Le mantendré al corriente.

Estaba a punto de cerrar, cuando don Matías le detuvo con un gesto:

— ¡Damián…! — llamó roncamente—. ¡Tráemelo muerto…!

Recostado en la rueda del timón, Sebastián Perdomo contemplaba absorto los lejanos contornos de la isla de Tenerife que iba quedando atrás por la banda de babor, coronada por la majestuosa silueta del Pico del Teide, de casi cuatro mil metros de altitud, desde cuya cumbre, se decía, en los días claros podían divisarse las siete islas del Archipiélago.

El sol comenzaba a elevarse apenas por encima de las olas que llegaban por popa, y su luz alargaba hasta casi el infinito la sombra de la montaсa que se proyectaba sobre el azul de un Océano que en aquel momento era como una onda infinita que se sucediese a sí misma eternamente.

Sebastián había solicitado hacer la última guardia, lo que le permitía amanecer cada maсana a la rueda del timón, porque era aquélla la hora en que se encontraba más a gusto y despejado, y la hora en que podía meditar a solas consigo mismo.

De cuantos se encontraban a bordo, él era, probablemente, el más frío y equilibrado y era también, sin duda, el que menos sufría por el hecho de que la isla de Lanzarote, Playa Blanca y cuanto significaba su vida anterior quedara atrás definitivamente.

Pronto iba a cumplir veinticinco aсos, y desde el día en que lo alistaron se había preguntado si tal vez no sería mejor intentar, como lo hicieran tantos otros, aprovechar aquella oportunidad para plantearse un futuro diferente.

Su madre aseguraba de él que tenía buena cabeza para los estudios, y durante el tiempo que permaneció en la Marina se había iniciado en los rudimentos de la navegación de altura, para lo que sus superiores le consideraban especialmente dotado, hasta el punto de nombrarle timonel de un buque escuela en cuyo puente de mando había tenido ocasión de ponerse en contacto con una nueva faceta del mar que no había conocido hasta ese instante.

Su padre, que le había enseсado cuanto sabía sobre peces y barcos, era un marino intuitivo, la mayor parte de cuyos conocimientos le fueron proporcionados por el también intuitivo abuelo Ezequiel, que igualmente lo había adquirido de sus antepasados, pero su mar, «la mar» de los «Maradentro», se limitaba a una ancha franja de agua que se extendía a todo lo largo del desierto del Sahara, desde Agadir a La Gьera, apenas mil millas de largo por poco más de trescientas de ancho, pues el solitario archipiélago de peladas rocas de Las Salvajes, era el punto más lejano al que había llegado jamás el «Isla de Lobos».

Era un mar bravo aquél, sin duda alguna, y cientos de navíos hundidos por los temporales o embarrancados en los bajíos arenosos de cabo Bojador o puerto Cansado así lo atestiguaban, y por lo tanto, una familia que, como los «Maradentro», había logrado faenar durante tres generaciones en semejantes aguas sin perder nunca un barco, tenía bien merecida su fama de gente marinera por la que «El Viejo del Mar» sentía respeto.

Pero Abel Perdomo conocía siempre en qué parte de «Su Mar» se encontraba observando el sol sin ayuda de sextantes, jamás había sabido interpretar una carta marina, y nunca había entendido muy bien cómo podía un cronómetro ayudarle a conocer la longitud exacta a que se hallaba.

Sebastián Perdomo admiraba a su padre porque había aprendido de él a vivir en el mar, del mar y para el mar, pero en el tiempo que había pasado tras la rueda del timón del «Galatea» había descubierto que existía un mundo en el que los hombres no andaban sujetos a los caprichos de los vientos, las mareas y las corrientes, sino que el mar e incluso el Gran Océano pasaba de ser una amenazante barrera a convertirse en un aliado portentoso.

Un buen marino; no un pescador: un auténtico «marino» sabía a cada instante en qué punto del globo se encontraba y qué había ante su proa, a sus espaldas o a miles de metros bajo su quilla; y un buen marino podía trazar un rumbo y seguirlo sin el más mínimo error a través de miles de millas de distancia con los ojos vendados.

— Hubo una vez un navegante solitario ciego… — le había contado cierto amanecer su primer oficial que era un amante de la navegación de altura—. Conocía tan perfectamente su balandra, que navegaba siempre como si fuera de noche… Utilizaba mapas confeccionados por el sistema Braille, un compás que le habían diseсado especialmente, y un juego de radios que le permitían calcular su posición cada tres horas… Llegó a realizar travesías de más de dos mil millas sin salirse de ruta…

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