— ¿Por qué tienes la extraña virtud de decir siempre aquello que más daño puede hacerme? — se lamentó el Inca—. Tienes una rara habilidad a la hora de poner el dedo en la llaga.
— Quizá se deba a que soy la única que puede hacerlo sin que la mandes ejecutar… — replicó la reina Alia con una leve sonrisa—. Lo malo de vivir recibiendo continuas alabanzas es que no se aprende a encajar las críticas. Hoy has tomado varias decisiones acertadas, pero has olvidado algo muy importante…: ¿qué piensas hacer con los quiteños?
— En cuanto nazca el niño iré a combatirlos personalmente.
— ¿Tú? —se sorprendió ella—. ¿Al frente de los ejércitos? ¿Acaso no tienes generales capacitados para hacerlo?
— No confío en ellos. Son buenos guerreros, pero lentos e indecisos, y ha llegado el momento de que solucionemos los problemas de la frontera norte de una vez por todas.
— Rusti Cayambe no es lento… Ni indeciso.
— No… — admitió su esposo—. Él no lo es, pero debes hacerte a la idea de que está muerto. Cuando dicto una sentencia, nada puede hacer que me vuelva atrás.
— ¿Acaso te consideras infalible?
— ¿Acaso no fuiste tú quien me enseñó que tenía que serlo? — quiso saber él—. De ti aprendí muchas cosas, pero hay algo que he tenido que aprender solo. El poder absoluto tiene grandes ventajas, pero tremendos inconvenientes, y uno de ellos se basa en el hecho de que no existe forma alguna de volverse atrás. A partir del momento en que te ves obligado a admitir que te has equivocado, tienes que aceptar que te puedes equivocar más veces, y ése es siempre el principio del fin.
— Es triste que hayas tenido que llegar a una conclusión tan dolorosa, y a mi modo de ver tan errónea. Desde el momento en que renuncias a tus propias convicciones por miedo a lo que opinen los demás, estás demostrando una debilidad que no demostrarías aceptando que de vez en cuando te equivocas. Pero tú eres el Emperador, y yo tan sólo tu esposa, y si crees que ésa debe seguir siendo tu línea de comportamiento, la aceptaré pese a que no la comparta.
— De ti nunca he esperado únicamente aceptación, sino también consejo… — le hizo notar su esposo tomándola de nuevo de la mano—. Lo que ocurre es que creo que en este caso particular tus sentimientos personales pesan en exceso.
— Pesan, en efecto… — admitió ella—. Pero aun así continúo pensando que todo padre capaz de sacrificar su bienestar y su futuro, arriesgando la vida por un hijo, lo que merece es recompensa, no castigo.
— Estaría de acuerdo en cualquier otra circunstancia que no pusiera en peligro las bases del poder.
— Si estás de acuerdo con una idea, pero antepones a ella el principio de poder, te conviertes en esclavo de ese poder, y en ese caso ya no eres dueño ni de tus ideas ni de ti mismo. Empiezo a lamentar el haber contribuido a que seas lo que ahora eres. No era ésa mi intención.
— ¿Y cuál era tu intención?
— Hacer de ti un auténtico Emperador tan justo y tan seguro de sí mismo que no tuviera que preocuparse de lo que opinan los demás ni aun cuando se equivoca.
Regresó por donde había venido, dejando a su hermano más solo y desconcertado que nunca, puesto que, aunque se negara a reconocerlo, tenía plena conciencia de que le asistía toda la razón. Si en verdad se consideraba descendiente directo del dios Sol, no tenía por qué dar cuenta alguna de sus actos.
Fue esa preocupación por la opinión ajena lo que le indujo a aceptar las pretensiones del aborrecido Tupa-Gala, y empezaba a temer que en esta ocasión estaba siguiendo idéntico camino. Eran probablemente las dudas sobre su propia identidad divina, y su derecho a ocupar un trono en el que absolutamente todo le estaba permitido, lo que a menudo le obligaba a comportarse tal como lo estaba haciendo.
¿Pero cómo no dudar en las actuales circunstancias?
No se sentía divino, ni todopoderoso, y ya ni tan siquiera justo y honrado en sus decisiones. En una pequeña habitación del Templo de la Luna aguardaba una mujer.
En otra habitación de un discreto palacio del Recinto Dorado, otra.
Y en los sótanos de la fortaleza que guardaba la ciudad por el norte, una tercera. Jamás había visto a ninguna de ellas, y jamás las vería.
Tampoco ellas verían jamás al hijo del Sol, y probablemente ni siquiera volverían a ver la luz del sol. Ello le obligaba a sentirse minúsculo y miserable.
¿Qué clase de semidiós se veía obligado a recurrir a tales artimañas?
¿Cómo podría volver a creer en su poder, en su infalibilidad y sobre todo en su integridad, si el infame plan que el astuto y sombrío Yahuar Queché había diseñado se cumplía?
¿Con qué autoridad podría exigir a sus súbditos que no osaran mirarle a la cara, cuando en realidad sería él quien no podría mirarlos?
Alcanzar el poder absoluto resultaba en verdad gratificante, pero esforzarse por conservarlo a toda costa llegaba a convertirse con frecuencia en una difícil carga.
Le había sido concedido el supremo don de ser considerado el amo del mundo gracias a la sangre de los dioses que corría por sus venas, pero en aquellos momentos, sentado allí, en un jardín construido a base de oro macizo, no podía por menos que plantearse si, en efecto, la sangre que corría por sus venas era divina o correspondía a la de un simple mortal elegido al azar por cualquiera de sus antepasados. Tal vez su padre, o su abuelo, o el abuelo de su abuelo, se habían visto obligados a recurrir de igual modo a una añagaza tan rastrera, ocultando a una pobre campesina embarazada cuyo hijo sería presentado al pueblo como descendiente directo del dios Sol.
La reina Alia se encontraba ya en el séptimo mes de embarazo, y si por cualquier desgraciada circunstancia su hijo no nacía o nacía defectuoso, sería sustituido en el acto por aquel que acabara de nacer, fruto del vientre de cualquiera de aquellas desgraciadas.
Yahuar Queché las había elegido cuidadosamente en razón de su estado, su fortaleza, su salud e incluso su apariencia física, las había traído de noche al Cuzco y las había ocultado allí donde nadie pudiera verlas.
Ni siquiera ellas mismas sabían por qué razón se encontraban allí, ni cuál sería su destino o el de los niños que estaban por nacer.
Su única preocupación tenía que ser la de traerlos al mundo fuertes, sanos y en el momento justo. Al fin y al cabo, un recién nacido es siempre igual a cualquier otro recién nacido, y nadie es capaz de determinar qué clase de sangre corre por sus venas.
Y lo que el Incario necesitaba si pretendía sobrevivir, no era más que un recién nacido al que se le pudiera dar el título de descendiente directo del dios Sol.
Si con posterioridad nacía un auténtico heredero, hijo legítimo del Emperador y de la reina, el «impostor» desaparecería con la misma discreción con que había llegado, víctima de algún desgraciado accidente.
Pero si tan esperado acontecimiento no tenía lugar, años más tarde ocuparía el preciado trono del oro y las esmeraldas por más que fuera hijo del más mísero de los esclavos. Las razones de Estado podían llegar a ser extrañamente tortuosas, e incluso los semidioses se veían obligados a elegir caminos secundarios que los condujeran no obstante a su glorioso destino. Debido a ello, el Emperador no podía por menos que preguntarse si era aquél un plan imaginado originariamente por la retorcida mente del aborrecido Yahuar Queché o contaba con algún precedente en su familia.
Y se le antojaba en verdad una pregunta sumamente dolorosa.
Si la consanguinidad de generaciones de uniones entre hermanos había planteado con anterioridad un problema semejante, entraba dentro de lo posible que la línea directa que se suponía que le entroncaba con Manco Cápac se hubiese roto tiempo atrás, lo cual quería decir que por sus venas no corría ni tan siquiera una gota del dios Sol.
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