Las opciones se reducían de forma harto alarmante.
Si la reina Alia no volvía a concebir, o si, lo que aún era peor, abortaba de nuevo, el caos se apoderaría de un Imperio que había logrado sobrevivir durante más de trescientos años. Y precisamente era esa misma reina quien con más intensidad había acusado el terrible golpe que significaba la muerte de su hermana.
Y es que ella sabía la verdad.
La supo desde el momento mismo en que la vio tendida en el lecho, pálida y serena, pero con la mano y la túnica empapadas en sangre, y aunque su hermano, esposo y señor, intentó por unos instantes confundirla, le conocía demasiado como para ignorar que cuanto allí había ocurrido era obra suya.
— ¿Por qué? —quiso saber.
— Tenía un amante.
Su reacción fue hasta cierto punto desconcertante, puesto que tras meditar unos instantes inquirió en tono de reproche:
— ¿Y por qué me has amado tanto? ¿Por qué no has sido capaz de dejar un hueco para ella en tu corazón? Uno pequeño, pero lo suficientemente grande como para haberle permitido compartir tu lecho sin sentirse rechazada. Te hubiera dado gustosamente un hijo; ese heredero con el que todos soñamos y que a mí se me niega… ¡Señor, señor! — sollozó—. ¡Qué injusto puedes llegar a ser! ¡Qué injusto incluso cuando decides derramar felicidad a manos llenas! ¡Yo no necesitaba tanto! Nunca he necesitado tanto…
— Su amante era un salvaje… Un auca …
— ¿Cómo puedes hablar de salvajes ante el cadáver de una hermana a la que has hecho asesinar? — fue la agria respuesta—. Si hasta las alimañas respetan a sus compañeros de camada, tanto más un salvaje… — Agitó la cabeza con profundo pesar y casi con un hilo de voz musitó—: ¿A qué abominables extremos nos está conduciendo esta loca obsesión por mantener tan pura nuestra sangre? ¿Hasta dónde seremos capaces de llegar por aferrarnos al poder?
— No son ansias de poder.
— ¿Ah, no? ¿Qué es entonces?
— Respeto a un mandato divino.
— ¿Te han ordenado los dioses que ejecutes a nuestra hermana? ¿Te han susurrado al oído que acabes con la vida de una infeliz que lo único que pretendía era sentirse amada? ¡Me niego a aceptarlo!
— Pues tienes que aceptarlo porque es la ley, y fuiste tú quien me la enseñó cuando apenas balbuceaba. Tú me educaste para ser como soy, y no tienes derecho a culparme ahora por seguir unas normas que no impuse… — Hizo un leve gesto hacia el pálido cadáver—. ¿Crees que me siento feliz por lo ocurrido? ¿Crees que mi corazón no se ha roto en mil pedazos? Me duelen los ojos de no poder llorar, porque tú me enseñaste que los Emperadores no lloran. Me duele la garganta de no poder gritar, porque tú me enseñaste que los Emperadores no gritan. Y me duele el alma de no poder sentir arrepentimiento, porque tú me enseñaste que los Emperadores nunca deben arrepentirse por lo que han hecho.
— ¡Lo siento!
— ¿Y qué es lo que sientes? ¿Lo ocurrido, o haberme convertido en lo que soy?
— Supongo que siento haberte convertido en lo que eres, puesto que es por ello por lo que ha sucedido todo. Nunca quise llegar a estos extremos — puntualizó—. También fui yo la primera en tomar en brazos a Ima cuando nació, y esa sangre que ves ahí es la misma que corre por nuestras venas. ¡Sangre del Sol, según tú!
— Según yo, no… — protestó él—. Según tú…
— ¡Según quien sea! — fue la cansada respuesta.
Durante un largo rato permanecieron en silencio, velando el cadáver con el desconcierto o el estupor propio de quien aún no acaba de aceptar que un ser que el día anterior hablaba y respiraba se había convertido en un pedazo de carne fría e inerte.
Por fin la reina señaló con voz quebrada:
— En cuanto se celebren los funerales me retiraré al Templo de las Vírgenes. Necesito reflexionar sobre cuanto ha sucedido, y necesito, sobre todo, replantear nuestras vidas, porque de lo contrario esta obsesión me acabará destrozando.
— ¿Y qué será de mí?
— No lo sé, pero empiezo a creer que ha llegado el momento de que nos acostumbremos a vivir el uno sin el otro… — Le miró a los ojos—. ¿Nunca te has detenido a pensar que no nos hemos separado ni un solo día en todos estos años? ¡Ni uno solo!
— Tampoco he dejado de respirar ni un solo día. Ni de comer, beber o dormir… Y sé que podría pasarme sin comer, beber o dormir… ¡Incluso tal vez sin respirar!.. Pero jamás podría pasarme sin verte.
— ¡Pues ya va siendo hora de que empieces a hacerlo!.. — replicó ella al tiempo que abandonaba la estancia—. ¡Ya va siendo hora!
Los meses que siguieron fueron terribles, puesto que cabría asegurar que el temible Cóndor Negro había extendido sus alas de una punta a otra del Incario.
El Emperador vagaba como alma en pena por los fríos salones de palacio buscando a su amada en cada rincón, o dejaba pasar las horas en el Jardín de Poniente, allí donde nada era natural, puesto que desde los árboles hasta las flores, pasando por infinidad de figuras de animales, todo estaba meticulosamente tallado en un oro muy fino que devolvía multiplicados los rayos del sol del atardecer. Aquel inimitable jardín, que cientos de orfebres habían tardado casi medio siglo en concluir, constituía sin lugar a dudas la más fabulosa demostración de riqueza y poderío que ningún soberano del planeta hubiese exhibido a lo largo de la historia, pero para el Emperador, que había crecido jugando al escondite entre sus parterres, o disparando su honda contra los pájaros con ojos de esmeraldas que se posaban en sus ramas, no era más que uno de los tantos lugares de recreo que acostumbraban a sumirle, con demasiada frecuencia, en la nostalgia.
Por aquel jardín, dio sus primeros pasos, cogido de la mano de su hermana. Sentado en aquel jardín, admiró por primera vez la firmeza de los pechos de su hermana. A la luz de la luna de verano de aquel jardín, amó cientos de veces a su hermana.
¡Su hermana, su maestra, su amiga, su esposa, su consejera, su amante!.. Y las seis le habían abandonado al mismo tiempo.
Acostumbrado a buscar a una u otra según el día, según las horas, o según el estado de ánimo en que se encontrara, de improviso se había quedado huérfano de todas ellas, por lo que su existencia se había convertido en un erial tan desolado como el mismísimo desierto de Atacama.
¿Qué le había quedado aparte de un jardín de oro, diez palacios, veinte ciudades, más de mil pueblos y cuatro millones de súbditos?
¿De qué le servían sus ejércitos, sus fortalezas o sus templos, si la voz que tanto necesitaba escuchar no resonaba en sus oídos?
¿De qué le valían los incontables rebaños de llamas, alpacas o vicuñas, si los ojos que le tenían que mirar no le miraban?
¿Qué obtenía con haber nacido hijo del Sol si la luz de la luna no alumbraba la desnudez que tanto ansiaba?
Fueron tiempos terribles.
Si el Emperador sufría, el Imperio sufría.
Si el Emperador rugía, el Imperio temblaba.
Y aunque de sus labios no surgiera ni siquiera un lamento, todos sabían que el corazón de su señor estaba rugiendo.
— ¿Qué podemos hacer por él? — quiso saber Rusti Cayambe cuando al cabo de casi medio año resultó evidente que la situación no presentaba trazas de mejorar.
— Nada… — fue la convencida respuesta de su esposa—. Lo único que no se le puede demostrar al Inca es compasión. Si le traicionas, le ofendes o le faltas al respeto te convertirá en runantinya o tal vez, con muchísima suerte, te perdonará, pero si le demuestras compasión al hijo de un dios, estarás condenado para siempre.
— ¿Por qué?
— Porque los poderosos y los dioses son así. Compadecerlos significa obligarlos a descender de su pedestal, y eso sí que no admite perdón. En estos momentos es mejor dejarle tranquilo.
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