— ¡Envía al más veloz de tus hombres al Cuzco! — ordenó de inmediato Rusti Cayambe al oficial que se había quedado al mando—. Que comunique al Emperador que el general Saltamontes y catorce de sus hombres están de regreso tras haber explorado el país de los araucanos . La princesa Sangay Chimé recibió la buena nueva con la naturalidad de quien ni por un solo instante ha abrigado la menor duda al respecto, y si lloró de alegría no fue por el hecho de saber que su esposo estaba vivo, sino por el hecho de saber que estaba cerca.
Su corazón jamás la había engañado, y durante aquel largo año le había estado susurrando una y otra vez que cada noche Rusti Cayambe cerraba los ojos pensando en ella y en la pequeña Tunguragua. Y si cerraba los ojos cada noche, no cabía duda de que estaba vivo.
Y si estaba vivo, se las arreglaría para volver a casa.
Ahora volvía.
Había alcanzado los confines del Imperio, había llegado mucho más allá que ningún otro inca, y retornaba cumpliendo la promesa que le hiciera en el momento de marchar. Tomó de la mano a su hija y acudió a postrarse ante el pequeño altar de los dioses protectores del hogar que se abría al fondo del jardín, pero al poco le llegó muy claro el cántico de la entusiasmada multitud:
¡Ahí viene! ¡Ahí viene!
La hija del Sol,
la esposa del Sol,
la madre del Sol.
¡Ahí viene! ¡Ahí viene!
La luz que nos ilumina,
el aire que respiramos,
el calor que nos da la vida.
Se encaminó a recibir a quien la honraba con aquella suprema muestra de amistad acudiendo a compartir con ella su alegría, y al advertir con cuánto amor la reina la estrechaba contra su pecho, llegó a la conclusión de que no podía existir en este mundo un ser que se sintiera más maravillosamente feliz de lo que ella se sentía.
— El Emperador me ha pedido que bendiga especialmente este hogar y a todos los que en él habitan… — fueron las primeras palabras de la recién llegada—. Nunca, nadie, excepto yo, naturalmente, le ha proporcionado tantos buenos ratos y tantas satisfacciones como tu esposo y tú.
— ¡Me abrumas!
— Y ello me alegra… — respondió la reina con una amplia sonrisa—. Y nada me alegrará más que el hecho de que me continuéis dando razones para abrumarte con mi afecto y mi agradecimiento… Ya hemos decretado que se celebre una gran fiesta el día en que Rusti Cayambe entre en el Cuzco… Durará cinco días y cinco noches, y se permitirá que hasta los más humildes puedan beber chicha y mascar coca… ¡La ocasión lo merece!
Pero fue aquélla una gloriosa fiesta que jamás llegó a celebrarse.
El mismo día en que un chasqui acudió corriendo para notificar que el general Saltamontes y sus hombres se encontraban a tan sólo dos jornadas de marcha, el capitán de la Guardia Real acudió a arrojarse a los pies del Emperador y, tras permanecer unos instantes en silencio, como si las palabras se negaran a aflorar a sus labios, balbuceó con voz temblorosa:
— Desearía solicitar vuestro perdón, mi señor.
— ¿Perdón por qué?
— Por ser portador de terribles noticias.
— ¿Acaso eres culpable de algo más?
— ¡No, mi señor!
— En ese caso, si la mala noticia nada tiene que ver contigo, quedas perdonado… Di lo que tengas que decir.
El pobre hombre aún dudó —se advertía que estaba sudando un sudor frío y que todo él temblaba como una hoja—, y por último, con los ojos clavados en el suelo, que casi le rozaba la frente, musitó:
— La princesa Ima tiene un amante.
Fue como si se hubiera hecho de noche de improviso, o la tierra hubiera cesado de girar. El Inca inició un gesto, pero se quedó con la mano en el aire y la mirada clavada en el vacío más absoluto, al punto que cabía imaginar que se había congelado, o que su cerebro se negaba a transmitir una sola orden al resto de su cuerpo.
El capitán de la Guardia Real ni tan siquiera osaba respirar.
El aire se negaba a descender a los pulmones del Emperador.
Su mente permaneció en blanco, fuera de este mundo, perdiendo unos instantes de su vida que jamás conseguiría recuperar.
Al fin, tras lo que podría considerarse casi una eternidad, balbuceó a su vez:
— ¿Qué es lo que has dicho?
— Que vuestra hermana Ima tiene un amante, mi señor.
— ¿Cómo lo sabes?
— Dos de mis hombres escucharon lamentos en el pabellón del jardín, y acudieron a inspeccionar, sorprendiéndola copulando totalmente desnuda.
— ¿Estás plenamente seguro de que se trataba de la princesa?
— Desgraciadamente sí, mi señor. Intentó comprar el silencio de mis soldados con toda clase de promesas y presentes, pero sabéis que os son fieles hasta la muerte.
— ¿Quién es él?
Nuevo y comprometido silencio, y nuevo temblor en la voz hasta que el desgraciado se atrevió a mascullar:
— Un esclavo, mi señor.
— ¿Un esclavo? — se horrorizó el Emperador, al que hasta los gruesos muros del palacio parecían querer venírsele encima.
— ¡Así es, mi señor! Un esclavo auca .
— ¡Un esclavo auca ! — repitió el Inca, que evidentemente continuaba negándose a que semejante pesadilla pudiera tener el menor fundamento—. ¡Un salvaje de las selvas de oriente! ¡Una bestia que está más cerca de los monos que de los propios seres humanos! ¡Me niego a creerlo!
— Si el Emperador se niega a creerlo, es que no es cierto, mi señor.
— Sí. Tienes razón. Lo que el Emperador asegura que no existe, es que no existe, ésa es la ley. Sin embargo, tus hombres afirman haber sido testigos muy directos.
— Se habrán equivocado y morirán por haber cometido tan inconcebible error, mi señor.
— ¿En ese caso tampoco es cierto que la princesa haya intentado sobornarlos?
— Si el Emperador asegura que no es cierto, es que no es cierto, mi señor.
— Pero el Emperador nunca ha asegurado tal cosa… — sentenció el Inca—. Y con profundo dolor de su corazón, el Emperador acepta que su indigna hermana haya cometido el horrendo sacrilegio de permitir que la sangre de nuestro padre el Sol se mezcle con la de una bestia nacida en las tinieblas de los pantanos de la jungla.
— Si el Emperador lo acepta, significa que es cierto, mi señor.
— Tu señor desearía que al menos en esta ocasión le fuese concedido el privilegio de poder equivocarse, pero no es así. No le es dado equivocarse y, por lo tanto, mi deber como Emperador debe imponerse a cualquier otra consideración… — Hizo una corta pausa, y con voz quebrada inquirió—: ¿Cuál es el castigo a tan execrable crimen?
— La muerte, mi señor.
— La muerte, sí… —repitió cansadamente el Inca—. La más lenta y dolorosa de las muertes que los verdugos sean capaces de infligir.
— Eso dicta la ley, mi señor.
— Lo sé, pero también sé que yo soy la ley viviente, y por lo tanto puedo cambiarla a mi albedrío…
— Hizo una corta pausa—. Lleva al esclavo al abismo del Apurímac y arrójalo para que el río se lleve su cadáver lo más lejos posible…
— Así lo haré, mi señor.
— En cuanto a la princesa, ofrécele una copa de ponzoña y concédele de tiempo hasta el amanecer. Si cuando el primer rayo de sol haga su aparición sigue con vida, ocúpate personalmente de estrangularla.
— ¿Y qué será de mí, mi señor, si he de soportar hasta mi vejez tamaña carga?
— Sal del Cuzco. Tú y tus dos hombres. Marchaos muy lejos, pero ten por seguro que si tan sólo una vez pronunciáis una sola palabra al respecto, mi venganza os perseguirá hasta los mismísimos infiernos…
¡Y ahora vete! Necesito estar solo.
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