Vicente Ibáñez - Cañas y barro

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La tercera copla fue para Neleta, «la mujer más resalada del Palman›, compadeciéndola por estar casada con el tacaño Cañamel, «que para nada servía…». Y a partir de esta copla, la serenata se convirtió en un venenoso chaparrón de escandalosas alusiones. La concurrencia se divertía. Encontraban las coplas más gustosas aún que el vino, y reían con esa preferencia que muestra la gente rural por divertirse a costa de los infortunios. Se enfurecían todos, haciendo causa común, si a un pescador le quitaban un mornell que valía unos reales, y reían como locos cuando a alguien le robaban la mujer.

Tonet temblaba de ansiedad y de cólera. En ciertos momentos deseaba huir, presintiendo que sus amigotes irían demasiado lejos; pero le retenía el orgullo, con la falsa esperanza de que-su presencia sería un freno.

—Che…!, mireu lo que feu! —decía con un tono de sorda amenaza.

Pero los cantores se tenían por los muchachos más bien plantados del pueblo; eran los matoncillos que habían salido a la luz mientras él rodaba por las tierras de Ultramar. Tenían deseos de hacer ver que no les inspiraba ningún miedo el Cubano, y reían de sus recomendaciones, inventando apresuradamente coplas, que lanzaban como proyectiles contra la taberna.

Un muchachuelo, sobrino de la Samaruca, hizo desbordar la cólera de Tonet. Cantó una copla sobre la asociación de Cañamel y el Cubano, diciendo que no sólo explotaban juntos la Sequiota, sino que se repartían a Neleta, y terminó afirmando que pronto tendría la tabernera la sucesión que en vano pedía a su marido.

El Cubano se plantó de un salto en medio del corro, y a la luz de la antorcha se le vio levantar la culata del retaco, golpeando la cara del cantor. Como éste se rehiciera, echando mano a su escopeta, Tonet dio un salto atrás, disparando su carabina casi sin apuntar… ¡La tormenta que se armó…! Perdióse la bala en el espacio, pero Sangonera creyó oír su silbido junto a la nariz, y se arrojó al suelo dando espantosos alaridos.

M’han mort…! Asesino…!

En las casas se abrían las ventanas con estrépito, asomando sombras blancas, algunas de las cuales avanzaban el cañón de la escopeta sobre el alféizar.

Tonet fue desarmado en un instante, y empujado por muchos brazos, acorralado contra la pared, se agitaba como un furioso, pugnando por sacar el cuchillo que guardaba en la faja.

Solteu-me! —gritaba entre espumarajos de rabia—. Solteu-me! A eixe pillo el mate jo!

El alcalde y su ronda, que seguían de cerca a les albaes , presintiendo el escándalo, se mezclaron entre los combatientes. El pare Miquel, con gorra de pelo y carabina, comenzó a repartir culatazos, con la satisfacción que la causaba pegar impunemente ejerciendo de autoridad.

El cabo de los carabineros se llevó a Tonet hacia su barraca, amenazándole con el máuser, y al sobrino de la Samaruca lo metieron en una casa para lavarle la sangre del culatazo.

Sangonera dio más que hacer. Seguía revolcándose en el suelo, asegurando entre berridos que estaba muerto. Le daban el último vino del pellejo para animarlo, y el vagabundo, satisfecho del remedio, juraba que estaba pasado de parte a parte y no podía levantarse; hasta que el enérgico vicario, adivinado su marrullería, le largó dos saludables patadas, que instantáneamente le pusieron en pie.

El alcalde ordenó que les albaes siguieran su marcha. Ya habían cantado bastante a Cañamel. El funcionario sentía por el tabernero ese respeto que inspira en los pueblos el hombre rico, y quería evitarle nuevos disgustos.

Se alejó la serenata, como desmayada; en vano hacía escalas la dulzaina de Dimoni, pues los cantores, viendo seco el pellejo, sentían obstruida su garganta.

Fueron cerrándose las ventanas, la calle quedó solitaria, pero los últimos curiosos, al retirarse, creyeron oír en el piso alto de la taberna rumores de voces, choque de muebles y algo como un lejano llanto de mujer interrumpido por las exclamaciones sordas de una voz furiosa.

Al día siguiente sólo se hablaba en el Palmar de lo ocurrido en les albaes frente a la casa de Cañamel.

Tonet no osaba presentarse en la taberna. Temía abordar le penosa situación en que le había colocado la imprudencia de los amigos. Durante la mañana vagó por la plaza de la Iglesia, sin atreverse a ir más adelante, viendo de lejos la puerta de la taberna llena de gente. Era el último día de jolgorio y vagancia para el pueblo. Se celebraba la fiesta del Cristo, y por la tarde la música se embarcaría para Catarroja, dejando al Palmar sumido en su tranquilidad de convento para todo un año.

Tonet comió en la barraca con su padre y la Borda, que, durante los tres días de fiesta, para no dar que hablar a los vecinos, habían suspendido a regañadientes el rudo trabajo contra las aguas. El tío Tono debía ignorar lo ocurrido en la noche anterior. Su gesto grave, pero igual al de todos los días, así lo revelaba. Además, había pasado el tiempo reparando los desperfectos que el invierno causaba en su barraca, pues el mido trabajador no podía descansar un instante.

La Borda debía saber algo: se leía en sus ojos puros, que parecían iluminar su fealdad; en la mirada compasiva y tierna que fijaba en Tonet, estremeciéndose por el peligro que habla arrostrado en la noche anterior. En un momento que los dos jóvenes quedaron solos, ella se quejó con dolorosas exclamaciones. ¡Señor! ¡Si el padre sabía lo ocurrido…! ¡Lo iba a matar a disgustos…!

El tío Paloma no se presentó en la barraca: sin duda comía con Cañamel. Por la tarde, lo encontró Tonet en la plaza. Su rostro arrugado no reflejaba ninguna impresión, pero habló a su nieto con sequedad, aconsejándole que fuese a la taberna. El tío Paco tenía algo que decirle.

Tonet retardó algún tiempo la visita. Se entretuvo en la plaza viendo cómo se formaba la banda para tocar por última vez lo que la gente llamaba el «pasacalle de las anguilas». Los músicos se consideraban chasqueados si al volver del Palmar no llevaban alguna pesca a sus familias. Todos los años, antes de partir, recorrían el pueblo entonando el último pasodoble, mientras al frente del bombo algunos chiquillos con espuertas iban recogiendo lo que cada vecina quería darles: anguilas, tencas y lisas, sin contar el llobarro (la buscada lubina) que los clavarios reservaban para el músico mayor.

La música rompió a tocar, andando con paso lento para que las pescadoras depositasen sus ofrendas. Entonces fue cuando Tonet se decidió a entrar en casa de Cañamel.

Buenas tardes, caballers! —gritó alegremente para darse ánimos.

Neleta, tras el mostrador, le lanzó una mirada indefinible y bajó la cabeza para que no viese sus ojeras profundas y los párpados enrojecidos por el llanto.

Cañamel le contestó desde el fondo del establecimiento, señalando majestuosamente la puerta de las habitaciones interiores.

Passa, passa; tenim que parlar.

Los dos hombres entraron en un estudi inmediato a la cocina, que servía algunas veces de dormitorio a los cazadores de Valencia.

Cañamel no dio tiempo a su socio para sentarse. Estaba lívido; sus ojillos brillaban más hundidos que nunca entre los bullones de grasa, y su nariz corta y redonda temblaba con un tic nervioso. El tío Paco abordó la cuestión. «Aquello» habla de acabarse: ya no podían seguir juntos el negocio ni ser amigos. Y como Tonet intentase protestar, el gordo tabernero, que estaba en un momento de pasajera energía, tal vez el último de su existencia, le detuvo con un gesto. Nada de palabras: era inútil. Estaba resuelto a concluir; hasta el tío Paloma reconocía su razón. Habían emprendido el negocio con el trato de que él pondría el dinero y el Cubano el trabajo. Su dinero no había faltado: el esfuerzo del socio es lo que nadie veía. El «señor» lo pasaba a lo grande, mientras su pobre abuelo se mataba trabajando por él… ¡Y si sólo fuese esto! Se había metido en aquella casa como si fuese su propiedad. Parecía el amo de la taberna. Comía y bebía de lo mejor; disponía del cajón como si no tuviese duefio; se permitía libertades que no quería recordar; se apoderaba de su perra, de su escopeta, y según decía ahora la gente… hasta de su mujer.

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