Francisco Ayala - Muertes de perro
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»Esto, Práxedes querida, nunca antes se lo había confiado a nadie, y a ti te lo confío hoy, como a una hermana, para desahogar mi pecho. Los actos humanos, tú lo ves, no pueden juzgarse, ni son nada, si se los separa de sus motivos y circunstancias. ¿Quién se atrevería a condenar la decisión de mi marido, que tan por entero corresponde a la nobleza de su carácter, y que, en consecuencia, era casi obligada? [143]. Pues, siendo así, me pregunto cuáles podrán haber sido los motivos, ahora, de su hermano Luis. Este infeliz, en cambio, se había resuelto aceptar, de acuerdo también con su propio carácter, esa existencia disminuida, decaída e indigna a la que mi Lucas se negó. Seguramente, sus circunstancias le empujaban en tal sentido. Quizás creyó que podría hallar un compromiso, nadar y guardar la ropa, no sé. Sus claudicaciones me dan lástima, sobre todo a la fecha actual, cuando se ha visto que no era un alma tan vil, puesto que a la postre tampoco ha podido vivir sin dignidad. Cada cual tiene su naturaleza y sigue su propia condición. A mí me cabe el orgullo, en medio de mi desgracia, de saber que mi marido no vaciló un momento; y que si no vaciló fue tal vez porque se sentía seguro de mí. Aquella noche, ante nuestros hijitos dormidos, supo él leer en mis ojos, no sólo que admiraba y -con todo mi dolor- aprobaba de antemano su conducta, sino también que, una vez desaparecido, había de sacar adelante a nuestras criaturas con energía pareja de la suya. Ahí están nuestros dos salvajes, tan hermosos, abriéndose paso en un mundo más ancho…
»¿Cuáles han sido, en cambio, las circunstancias de su hermano? Lucas murió en su ley, y en la suya ha muerto Luisito. A veces, el estudio y el cultivo de la inteligencia sólo sirve para debilitar la voluntad, para más extraviarse y para, a vueltas de tantas cavilaciones, hacer por fin la jugada mala. Segura estoy de que el desdichado cometió sus errores por flojedad, cuando no, incluso, por delicadeza de sentimientos. Sí, no te extrañe esta opinión. Ya veo tu gesto de protesta; pero no estoy loca, sé lo que me digo. Y conste que de todos esos errores considero el más grave este suicidio: el más imperdonable y, al mismo tiempo, el más digno de compasión. Es como si Lucas, el hermano mayor, hubiera pretendido sustraerse a su destino, y disimular la realidad, para tener que colgarse al cabo de los años, humillado y vencido. En cierto modo, me parece que algo de esto puede haberle ocurrido a Luisito. Un iluso es lo que él era, con todo su talento. Un perfecto iluso y, en el fondo, un alma candorosa, llena de romanticismo. ¡Dios lo haya perdonado por el mal que se ha hecho a sí mismo y que les ha hecho a sus hijos!
»A propósito de éstos, me dices, prima, que piensas ocuparte de la niña; y eso será, sin duda alguna, lo mejor para ella. Quien más me preocupa a mí es el muchacho. Pienso que quizás podría animarme a recogerlo yo. Los míos estarán encantados de recibirlo, aunque más no sea por la novedad; y, con estrechez, podremos salir adelante todos.»
XXI
Termina la carta de esta señora pidiéndole a su prima, la abadesa, nuevas noticias.
Antes que nada, quiero darlas yo de cómo esos papeles han llegado a poder mío, que es darlas, al mismo tiempo, de las peripecias locales con que repercutió en el poblado de San Cosme la revolución desencadenada desde el Palacio Nacional por el asesinato del Presidente.
A juzgar por la manera tan inesperada -hasta cómica, diría, de puro fácil- como vinieron a entregarme esos documentos, y por las palabras con que se me ponderó, al depositarlos en mis manos, que yo era la persona pintiparada -también hubiera podido decirse: predestinada- para recibirlos en custodia, diríase que el deseo posee una fuerza misteriosa mediante la cual concita mágicamente aquello que la imaginación ha configurado como apetecible. Porque, en verdad, mis diligencias por reunir y completar la documentación necesaria para mi trabajo histórico no tuvieron parte alguna en esta adquisición. Otras, sí, habían sido fruto de mi desvelo, y me costaron astucias, fatigas y riesgos. Así, por ejemplo, después que la Legación de España, caracterizada por insistentes rumores y por las alusiones de El Comercio (nueva época) como «guarida de la hidra reaccionaria», sufrió el asalto de las turbas, yo me he ingeniado para abordar, impresionar y convencer al sargento-comandante encargado de la custodia del edificio, y conseguir que me permitiera entrar al chalet, de modo que pude saquear a mi vez, aunque no con fines destructivos sino todo lo contrario, los ya medio dispersos archivos. Estos otros papeles, en cambio, me han caído del cielo. Y si digo que me han caído del cielo es porque, cuando menos hubiera podido soñarlo, vino a hacerme entrega de ellos, precisamente, un ministro de Dios, un sacerdote, y -en verdad- un bendito: quien resultó serlo don Antonio, el párroco de Santa Rosa y capellán del convento.
El milagro, sin embargo, tenía explicación muy sencilla, según suele ocurrir con tantos otros; y esta explicación se llama Casualidad. La casualidad de que, entre las monjas de Santa Rosa, hubiera una tal Malagarriga, parienta lejana mía por parte de madre, de la cual apenas si tenía yo vagos recuerdos, pero que, por lo visto, se acordaba muy bien de mí y le dio mi nombre al cura cuando, habiendo huido la abadesa, aquel santo varón tuvo que conducir hacia la Capital en una camioneta a las asustadas ovejicas.
La abadesa -me explicó el pastor- había desaparecido en medio de los disturbios, como tragada por la tierra, «dejándonos a todos -éstas fueron sus palabras- sumidos en la mayor consternación» [144], pues nadie sabía cuál hubiera sido su suerte, y hasta llegaba a conjeturarse si los asaltantes no la habrían raptado y se la habrían llevado como rehén; de manera que para él fue un alivio inmenso cuando por fin -a la mañana siguiente, no antes- oyó sonar en la sacristía el timbre del teléfono, reconoció su voz imperiosa, y la sintió gritarle que lo llamaba desde la Capital, desde la Embajada de España donde estaba refugiada; que se había apresurado a ir allí para solicitar con la necesaria urgencia «y, naturalmente, obtener el asilo de la comunidad entera, y que estaba ocupada preparando su instalación -serio problema, pues no son dos ni tres- hasta tanto que se pudiera evacuarlas. La reverenda Madre le impartió enseguida instrucciones para que, sin pérdida de momento y bajo su más estricta vigilancia, fueran transportadas las monjas hasta la Embajada.
– Pero imagínese -me decía el cura- que no son dos ni tres, y hubo que improvisarlo todo. En fin, el señor Luna, un español que tiene el negocio de ramos generales en San Cosme, se allanó a prestarme su camioneta vieja; tuve que encontrar todavía quien la manejara; y así, como reses, vinieron las pobrecitas, mientras yo, sentado junto al chófer, temblaba de que algo pudiera ocurrir por el camino. Todo eso, para encontrarnos, cuando ya creíamos llegar a puerto de salvación, con que por la noche habían asaltado igualmente el edificio de la Embajada, y no ofrecía más seguridad para nadie. Se daba por seguro, eso sí, que la abadesa, gracias a Dios, estaba ya del otro lado de la frontera. Yo, por último, logré descargar el fardo de mi responsabilidad sobre el vicario de la diócesis, quien, con bastante malhumor y palabras duras, que francamente, no creo merecer, tomó a su cuenta las monjas y las ha acomodado en varios sitios distribuidas en pequeños grupos.
– ¿Palabras duras? -le pregunté.
Sí; por lo visto, el señor vicario se había permitido hablar de escasas vocaciones de martirio, agregando todavía -por supuesto, en términos generales y tono de refunfuño- la imputación de estupidez a la de pusilanimidad; pero mi interlocutor comprendía que, en esta situación, todo el mundo se sentía nervioso. Él mismo, me estaba conversando, y no dejaba de mirar, con señales de angustia, tan pronto al techo, tan pronto hacia la ventana, mientras se enjugaba la frente con el pañuelo.
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