Francisco Ayala - La cabeza del cordero

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LA CABEZA DEL CORDERO reúne cinco relatos que poseen la unidad temática que les transmite un acontecimiento clave de la historia contemporánea, la Guerra Civil española. Esta obra ya clásica de Francisco Ayala, que expresaba en forma narrativa los dolorosos recuerdos del conflicto bélico, unas veces como presagio y otras como pasado más o menos pretérito, sufrió durante largos años la persecución de la censura del régimen franquista para circular después libremente por España, y hoy conserva su perennidad, bien establecida en el campo de los estudios literarios.

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"Es una tumba antigua ya", observé, interrogante.

"Mas de un siglo tiene; cerca de siglo y medio; es de la época del rey Abdelahmed. Él fue quien lo mandó degollar y, según parece, no tan sin motivo. Este mi antepasado debió ser un hombre por demás travieso. A propósito suyo corren, o corrieron, muchas anécdotas, alguna leyenda". Sonrió Yusuf. "Sin duda, le ocasionó al rey inquietudes y trastornos en relación con las mujeres de su casa. Era fama que le había favorecido Alá con dotes descomunales, tanto que de ahí le venía otro apodo, bastante indecente, por el que era conocido en todo Fez, y que llegó a atraerle la curiosidad hasta de la misma sultana. Ignoro si alcanzaría a satisfacerla; se cuentan salacidades; el hecho es que fue a parar a una mazmorra. Y aquí interviene la leyenda: dicen que, un buen día, cuando llevaba ya más de un año preso, vino un ángel a sacarlo del sueño y, con una señal de silencio le mandó seguirle por galerías y canceles, sin que nadie se opusiera a su paso. Por la mañana, los guardianes sólo hallaron en la mazmorra el cántaro de agua medio vacío: las cerraduras estaban intactas… Pero no faltan quienes, desmintiendo la leyenda digan que si pudo abrirlas, fue precisamente con la misma llave poderosa que le había servido para forzar el serrallo del rey". Yusuf hablaba ahora con animación, visiblemente divertido, y yo me complacía en observarlo. De pronto, cambió su fisonomía, y agregó, ahora ya en otro tono de voz: "Mi madre, por supuesto, sostiene que todo eso son patrañas, y que el evadido sufrió su cruel castigo como promotor de una conspiración contra el usurpador Abdelahmed y a favor de su sobrino, el expoliado rey Abdalá, conspiración en la que también tomaron parte algunos cautivos cristianos".

Esto fue, poco más o menos, lo que el joven me contó; o más bien, la traducción que hace mi memoria de lo que me dijo. Sus palabras mismas, no podría recordarlas: animado y alegre, me había hablado ahora y sin ningún estudio, y esa confianza hizo pintoresca en extremo su habla.

"Pero la historia de la evasión…", le pregunté yo entonces. "Es muy cierta: escapó de la prisión, con ángel o sin él huyó a lo más escarpado del Rif y, refugiado en las cabilas, hizo entre ellas campaña de agitación, preparando una revuelta que había de estallar para el Ramadán. Mas hubo traiciones y, al final de cuentas, el evadido tuvo que regresar a Fez y volver a entrar en la ciudad sobre un borrico, atadas las manos a la espalda.

Dos días más tarde, su cabeza estaba colgada en lo alto de un poste, en el mercado".

Seguimos paseando, ya en dirección a la salida. "Yusuf, la tumba de ese abuelo o bisabuelo tuyo que tanto se parece a mí, el del retrato, ¿dónde está? -quise saber-. No me la has mostrado". "Ése no está enterrado aquí", fue su única respuesta.

Volvimos a la casa cuando ya oscurecía; entramos -estaba entornado el portillo- y, en el vestíbulo, al pie de la escalera, se detuvo Yusuf para preguntarme, con voz que resonaba en la oquedad de aquel silencio, cuáles eran las horas de yantar en España. Creo que la súbita curiosidad respondía al propósito de anunciar nuestra llegada sin que nadie tuviera que darse por enterado de ella. Entré de buena gana en el juego, y le di, en voz alta, prolijos informes, mientras que, recostado contra la mesa, me entretenía en aplastar con la yema del dedo el amarillo polen que las azucenas habían dejado caer sobre la tabla, acá y allá, junto al jarro de greda que alimentaba su desmayo.

"Ahí, en el jardín, aguardaremos con más comodidad la cena". Yusuf me tomó de la mano; pasamos al huerto; ya la noche había caído; ya azuleaba la encalada pared; las flores medio ocultaban su presencia, viviendo en lo oscuro, pero no tan calladas como los pájaros. Fuimos a sentarnos bajo la parra, en el mismo sitio de la mañana; nos miramos; pensé que mis ojos estarían brillando como brillaban los de él sobre la cara mate, apagada y borrosa. Dije que allí se estaba muy a gusto; que una casa, un huerto así, con sus frutales y sus rosas, y algunos macizos de lechugas, de chícharos, era todo cuanto podía ambicionarse para llevar una vida tranquila, con la posible felicidad; que -¡podía él creerlo!- me daba mi poquito de envidia. Él asintió, haciéndome observar, sin embargo, con entera razón, que todo eso estaba muy bien, y que sería acaso deseable para quien se retira del mundo con un buen botín de recuerdos, cansado de mucho vivir; pero que le daba risa pensar que yo pudiera envidiarle su suerte -¿por qué no hacíamos trueque?-, precisamente yo, harto de correr mundo.

Por encima de nuestra charla, sentíamos el movimiento de la casa, donde se hacían preparativos en mi honor. Yusuf estaba sentado de espaldas a la puerta, pero yo, desde mi sitio, podía ver de medio lado, sin necesidad de volverme, la ventana enrejada de abajo y, en el piso de arriba, otra más chica entre cuyo hueco y la luz se interponía alguien de vez en cuando. También llegaban hasta mí, con los ruidos de la cocina, retazos de diálogo en árabe, que, ¡ni que decir tiene!, no entendía. Se afanaban por agasajarme; eso era todo.

Al fin, compareció en el patio mi tía , seguida por su hija, y me tomó del brazo, estrechándolo con cariño sobre su pecho, como si ese brazo hubiera sido para ella una criatura pequeña, digna de cuidadoso amor. "¡Ya estáis aquí -dijo-. ¡Ea, vamos a comer, que es hora!"

Subimos entonces a la sala de por la mañana, donde encontré, esperándonos sobre la baja mesita, el asado cuyo olor se había adelantado ya, desde la escalera, hasta mis narices. Era un cordero, hecho piezas y servido en una gran bandeja de metal, redonda y labrada, donde los enormes trozos de carne alternaban con montículos de arroz blanco. En el centro de la bandeja yacía, hendida por en medio, la cabeza del animal.

Yusuf me invitó a elegir sitio, y se acomodó en seguida él mismo frente a mí. Las dos mujeres se habían quedado en píe, a ambos lados, y yo no sabía cómo proceder ni qué decir. Me levanté de nuevo, precipitado y obsequioso, pero inmediatamente recordé que las costumbres mahometanas excluyen a las mujeres; ¿hasta qué punto?, eso no lo sabía. Advertí, con todo, que mis huéspedes no estaban menos azorados; que vacilaban con rubor y se reían nerviosamente. Yo ignoraba las costumbres de aquella gente, sus ceremonias; pero me daba cuenta de que estaban dispuestos a prescindir de ellas para que todo discurriera del modo que más normal pudiese parecerme a mí; también me daba cuenta de que no acertaban. Balbucí por último: "Pero ustedes, las señoras… Ya sé que no acostumbran… Sin embargo…" "Sí, hijo -se apresuró a decir la madre-. Contigo como invitado, nos hemos de sentar a la mesa. Sólo que nosotras debemos servir, y será inevitable levantarnos algún momentico… Siéntate, Miriam", ordenó, a la vez que se instalaba en un taburete a mi derecha, agregando todavía algunas recomendaciones en árabe a la sumisa muchacha, que obedeció con la vista recogida.

¡Bueno, ya estábamos sentados alrededor del cordero! Cogí el tenedor y el cuchillo que me ofrecían, y me dispuse a trinchar el pedazo de carne más próximo. Me costaba trabajo, la mesita era demasiado baja, y también lo era el asiento: hundido en él, los codos me tropezaban con las rodillas. Además, yo no tenía ganas: era temprano, el cordero estaba ya frío, se había solidificado la grasa en espesos pegotes sobre la fuente, y, a decir verdad, los tendones, los tejidos amarillentos, la piel reseca, no hacían demasiado apetitosa aquella masa negruzca de carne. A mí se me resistía, a decir verdad. Y era sobre todo la cabeza, ahí en el centro de la fuente, con el hueco del ojo vaciado y la risa de los descarnados dientes, lo que más me quitaba el apetito. Pero ¿cómo rehusar el convite? Me ayudaría -pensé- con el arroz blanco, por más que, según pude comprobar apenas me llevé un poco a la boca, estaba todo impregnado de la misma grasa. Haciendo de tripas corazón, y demorándome cuanto podía en cada bocado, me atuve al deber de no desairarles el festín, mientras ellos, por su parte, se aplicaban al cordero con un placer que no admitía disimulo, y del que yo pude aprovecharme a mi manera; pues, atentos como estaban a su obra, absortos y callados, cabía esperar que no reparasen en mi displicencia a poco que yo procurase no hacerla contrastar demasiado con su fruición.

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