Y sólo en el otro relato, en "El Tajo", se adelanta por fin la guerra hasta el plano de la actualidad, hace acto de presencia; pero es una guerra reducida a lucha singular, a un episodio único, alrededor del cual vuelve a surgir el equívoco de inocencia y culpa, ahora como drama de una conciencia que examina la propia conducta. Precisamente tal subjetivización del problema común ha determinado las diferencias más acusadas entre esta novela y las demás. Por de pronto, la técnica de la narración difiere aquí de la seguida en las otras, todas tres relatadas en primera persona. En "El Tajo", el relato se hace impersonal, en busca de una objetividad de la forma que compensara de la mayor interiorización del tema. Su protagonista está sometido a la observación desde dentro y desde fuera, mientras que los protagonistas de las restantes novelas son ellos quienes observan y moldean el mundo según su respectiva personalidad, que es, en todos los casos, una personalidad fuerte y directa; el yo de "El mensaje", mezquino, vanidoso y lleno de envidia; el yo de "El regreso", sano de alma, astuto y un tanto brutal; el yo de "La cabeza del cordero", inteligente, cínico, burlón, canalla… El protagonista de "El Tajo" es, en cambio, un carácter blando, solitario, soñador; es el burgués cultivado, capaz de análisis finos y de sentimientos generosos, pero no de superar el abismo abierto a sus pies por la discordia entre los hombres. Las tensiones que antes pudieron verse en acción, disimuladas primero con las argucias de la civilidad, desatadas luego en el furor de la revolución, se tiñen ahora de motivos ideológicos; pero muy tenuemente y casi tan sólo en forma alusiva, ya que las discusiones que amargan las comidas familiares en casa del protagonista se refieren, no a la Guerra Civil, donde está centrada la narración, no a ningún conflicto político interno, sino a la primera y ya remota guerra mundial, cuyos partidos diseñaron, en aquella España neutralizada, el tajo que más tarde escindiría a los españoles en dos bandos irreconciliables.
Responden, como se ve, estas nuevas invenciones literarias mías a la experiencia de la Guerra Civil; ofrecen una versión, entre tantas posibles, del modo como yo percibo, en esencia, el tremendo acontecimiento por el cual nosotros, los españoles, hubimos de abrir la grande y violenta mutación histórica a que está sometido el mundo.
Que nuestra participación, como pueblo, haya sido y deba serlo todavía oblicua, enrevesada, intrincada y ambigua en su sentido, pertenece a un destino que no corresponde discutir aquí. Ese destino dificulta, por su parte, la expresión plena y normal de tal experiencia, pero en modo alguno la anula. No menos que los pueblos que soportaron después bombardeos, invasiones, ocupación militar, exterminios y demás horrores durante la segunda, reciente guerra mundial, nos ha tocado a nosotros sondar el fondo de lo humano y contemplar los abismos de lo inhumano, desprendernos así de engaños, de falacias ideológicas, purgar el corazón, limpiarnos los ojos, y mirar al mundo con una mirada que, si no expulsa y suprime todos los habituales prestigios del mal, los pone al descubierto y, de ese modo sutil, con sólo su simple verdad, los aniquila.
Esta verdad acendrada en un ánimo sereno después de haber bajado a los infiernos, constituye, de por sí, literariamente, una orientación, y un saber qué , que faltaba lamentablemente cuando la gente sabía demasiado bien cómo ; una orientación, digo; que el logro dependerá de las facultades y fortaleza espiritual de cada uno.
Yo, por mí, he sentido el apremio de dar expresión artística a aquellas graves experiencias, y me he puesto a hacerlo con una gran seguridad interior con la misma firme decisión que antes, en tiempos turbios, me hizo eludir la tarea literaria en su aspecto creador. Mas tal seguridad no excluye, ¡ay!, el azoramiento, no elimina la duda, no libera de esas penosas perplejidades que todo escritor consciente siente ante su obra…
F. A.
Buenos Aires, abril 1949
La verdad sea dicha: cada vez entiendo menos a la gente. Ahí está mi primo Severiano: ocho años largos hacía que no nos veíamos -nada menos que ocho años-; llego a su casa, y aquella única noche que, al cabo de tantísimo tiempo, íbamos a pasar juntos, la emplea el muy majadero -¿en qué?- ¡pues en contarme la historia del manuscrito!, una historia sin pies ni cabeza que hubiera debido hacerme dormir y roncar, pero que terminó por desvelarme. Y es que estos pueblerinos atiborran de estopa el vacío de su existencia rutinaria, convirtiendo en acontecimiento cualquier nimiedad, sin el menor-sentido de las proporciones. La visita de su primo, con quien él se había criado, y en cuya vida y milagros tanta cosa de interés hubiera podido hallar, no era nada a sus ojos, parece, en comparación de la bobada increíble que había tenido preocupado al pueblo entero, y a Severiano en primer término, durante meses y años. Me convencí entonces de que ya no restaba nada de común entre nosotros: mi primo se había quedado empantanado ahí, resignado y, conforme. ¡Quién lo hubiera dicho veinte años atrás, o veinticinco, cuando Severiano era todavía Severiano, cuando aún no estaba atrapado tan sin remedio en la ratonera de aquel almacén de herramientas agrícolas donde ha de consumir sus días -aurea mediocritas!-, envejeciendo junto a sus dos hermanas (hebras de plata: la plata de la vejez y el oro de la mediocridad), cuando soñaba con largos, fastuosos viajes, negocios colosales!… Sí, negocios sí que los ha hecho entretanto, aunque no colosales ni mucho menos; pero ¡lo que es viajes!… No, no ha tenido que molestarse en viajar: los negocios vinieron siempre a buscarlo ahí, a su ratonera, al almacén, sin que él necesitara mover un dedo. En cambio, los viajes se han quedado para mí. ¡Menuda diversión: viajante!
– Parece mentira, hombre -me había dicho aquella noche-, tú que tanto viajas, parece mentira que en ocho años no se te haya ocurrido venir a pasar unos días con nosotros. Y para colmo, llegas hoy, y te quieres ir mañana.
¡Que yo viajo mucho: vaya una razón!
– Pues precisamente por eso -le contesté- eres tú quien debiera haberse movilizado… Haber ido a verme en Madrid, o en Barcelona… Te hubieras limpiado el moho de este pueblo aburrido, y me hubieras proporcionado con ello el gustazo de enseñarte…
– No creas -me interrumpió él-, no creas que no lo he pensado a veces. Pensaba: "Le escribo al primo Roque una carta, o le pongo un telegrama diciendo: "¡Allá voy!", o hasta me presento sin previo aviso…" Más de una vez lo he pensado; pero ¿cómo? Date cuenta, Roquete -él siempre me ha obsequiado con este diminutivo, o más bien ridículo mote, que, desde niño, tanto me encocoraba-, date cuenta: yo no puedo dejar abandonado el negocio -hizo una pausa importante-. Mis hermanas, -qué te voy a decir?, ya las conoces. Agueda… -y ¡qué vieja, pensé yo al oírsela mentar, qué avejentada está Agueda, con su color amarillo verdibilioso hasta en el blanco de los ojos!; esos ojos suyos, tan brillantes, brillando como lamparillas; y la cabeza… ¿por qué demonios se aceitará la cabeza, con tantas canas como tiene?, ¡canas grasientas!-; Agueda -prosiguió-, con sus eternas dolamas y sus rabieteos domésticos, que algunos días ni ella misma se soporta. Y en cuanto a Juanita -otro diminutivo grotesco: ¡Juanita!, ¡vaya por Dios!-, ésa, siempre con sus novelones y sus novenas; pues, ¡hombre, ya lo has visto!, los años le han dado por hacerse beata.
Tantos, tantos, la verdad es que no los tiene -reflexioné-: "Juanita era tan sólo un año y siete meses mayor que yo. Claro está que para las mujeres la medida del tiempo es otra; les cuenta más… Pero, con todo…" Bueno; Severiano continuaba explicándome cómo tampoco podía dejar el negocio en manos de los empleados. Eran de confianza, por supuesto; y para la cosa diaria se desempeñaban bien. Pero luego hay los cien mil imprevistos, encargos especiales, cuentas, las consultas, los viajantes que llegan (sí, los viajantes como yo, como el primo Roque; esos tipos odiosos e impertinentes que le traen a uno los negocios a su casa). Y seguía enumerando inconvenientes, dificultades, impedimentos.
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