Juan Rulfo - El Llano En Llamas

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– ¿Qué se hicieron las otras? -les pregunté. Y la Pancha, moviendo los cuatro pelos que tenía en sus bigotes, me dijo:

– Se fueron. No quieren tener tratos contigo.

– Mejor. Entre menos burros más olotes. ¿Quieren más agua de arrayán?

Una de ellas, la Filomena, que se había estado callada todo el rato y que por mal nombre le decían la Muerta, se culimpinó encima de una de mis macetas y, metiéndose el dedo en la boca, echó fuera toda el agua de arrayán que se había tragado, revuelto con pedazos de chicharrón y granos de huamúchiles:

– Yo no quiero ni tu agua de arrayán, blasfemo. Nada quiero de ti.

Y puso sobre la silla el huevo que yo le había regalado.

– ¡Ni tus huevos quiero! Mejor me voy. Ahora sólo quedaban cuatro.

– A mí también me dan ganas de vomitar -me dijo la Pancha-. Pero me las aguanto. Te tenemos que llevar a Amula a como dé lugar. Eres el único que puede dar fe de la santidad del Santo Niño. Él te ha de ablandar el alma. Ya hemos puesto su imagen en la iglesia y no sería justo echarlo a la calle por tu culpa.

– Busquen a otro. Yo no quiero tener vela en este entierro.

– Tú fuiste casi su hijo. Heredaste el fruto de su santidad. En ti puso él sus ojos para perpetuarse. Te dio a su hija.

– Sí, pero me la dio ya perpetuada.

– Válgame Dios, qué cosas dices, Lucas Lucatero.

– Así fue, me la dio cargada como de cuatro meses cuando menos.

– Pero olía a santidad.

– Olía a pura pestilencia. Le dio por enseñarles la barriga a cuantos se le paraban enfrente, sólo para que vieran que era de carne. Les enseñaba su panza crecida, amoratada por la hinchazón del hijo que llevaba dentro. Y ellos se reían. Les hacía gracia. Era una sinvergüenza. Eso era la hija de Anacleto Morones.

– Impío. No está en ti decir esas cosas. Te vamos a regalar un escapulario para que eches fuera el demonio.

– …Se fue con uno de ellos. Que dizque la quería. Sólo le dijo: «Yo me arriesgo a ser el padre de tu hijo.» Y se fue con él.

– Era fruto del Santo Niño. Una niña. Y tú la conseguiste regalada. Tú fuiste el dueño de esa riqueza nacida de la santidad.

– ¡Monsergas!

– ¿Qué dices?

– Adentro de la hija de Anacleto Morones estaba el nieto de Anacleto Morones.

– Eso tú lo inventaste para achacarle cosas malas. Siempre has sido un invencionista.

– ¿Sí? y qué me dicen de las demás. Dejó sin vírgenes esta parte del mundo, valido de que siempre estaba pidiendo que le velara su sueño una doncella.

– Eso lo hacía por pureza. Por no ensuciarse con el pecado. Quería rodearse de inocencia para no manchar su alma.

– Eso creen ustedes porque no las llamó.

– A mí sí me llamó -dijo una a la que le decían Melquíades-, Yo le velé su sueño.

– ¿Y qué pasó?

– Nada. Sólo sus milagrosas manos me arroparon en esa hora en que se siente la llegada del frío. Y le di gracias por el calor de su cuerpo; pero nada más.

– Es que estabas vieja. A él le gustaban tiernas; que se les quebraran los güesitos; oír que tronaran como si fueran cáscaras de cacahuete.

– Eres un maldito ateo, Lucas Lucatero. Uno de los peores.

Ahora estaba hablando la Huérfana, la del eterno llorido. La vieja más vieja de todas. Tenía lágrimas en los ojos y le temblaban las manos:

– Yo soy huérfana y él me alivió de mi orfandad; volví a encontrar a mi padre y a mi madre en él. Se pasó la noche acariciándome para que se me bajara mi pena.

Y le escurrían las lágrimas.

– No tienes, pues, por qué llorar -le dije.

– Es que se han muerto mis padres. Y me han dejado sola. Huérfana a esta edad en que es tan difícil encontrar apoyo. La única noche feliz la pasé con el Niño Anacleto, entre sus consoladores brazos. Y ahora tú hablas mal de él.

– Era un santo.

– Un bueno de bondad.

– Esperábamos que tú siguieras su obra. Lo heredaste todo.

– Me heredó un costal de vicios de los mil judas. Una vieja loca. No tan vieja como ustedes; pero bien loca. Lo bueno es que se fue. Yo mismo le abrí la puerta.

– ¡Hereje! Inventas puras herejías.

Ya para entonces quedaban sólo dos viejas. Las otras se habían ido yendo una tras otra, poniéndome la cruz y reculando y con la promesa de volver con los exorcismos.

– No me has de negar que el Niño Anacleto era milagroso -dijo la hija de Anastasio-. Eso sí que no me lo has de negar.

– Hacer hijos no es ningún milagro. Ése era su fuerte.

– A mi marido le curó de la sífilis.

– No sabía que tenías marido. ¿No eres la hija de Anastasio el peluquero? La hija de Tacho es soltera, según yo sé-

– Soy soltera, pero tengo marido. Una cosa es ser señorita y otra cosa es ser soltera. Tú lo sabes. Y yo no soy señorita, pero soy soltera.

– A tus años haciendo eso, Micaela.

– Tuve que hacerlo. Qué me ganaba con vivir de señorita. Soy mujer. Y una nace para dar lo que le dan a una.

– Hablas con las mismas palabras de Anacleto Morones.

– Sí; él me aconsejó que lo hiciera, para que se me quitara lo hepático. Y me junté con alguien. Eso de tener cincuenta años y ser nueva es un pecado.

– Te lo dijo Anacleto Morones.

– Él me lo dijo, sí. Pero hemos venido a otra cosa; a que vayas con nosotras y certifiques que él fue un santo.

– ¿Y por qué no yo?

– Tú no has hecho ningún milagro. Él curó a mi marido. A mí me consta. ¿Acaso tú has curado a alguien de la sífilis?

– No, ni la conozco.

– Es algo así como la gangrena. Él se puso amoratado y con el cuerpo lleno de sabañones. Ya no dormía. Decía que todo lo veía colorado como si estuviera asomándose a la puerta del infierno. Y luego sentía ardores que lo hacían brincar de dolor. Entonces fuimos a ver al Niño Anacleto y él lo curó. Lo quemó con un carrizo ardiendo y le untó de su saliva en las heridas y, sácatelas, se le acabaron sus males. Dime si eso no fue un milagro.

– Ha de haber tenido sarampión. A mí también me lo curaron con saliva cuando era chiquito.

– Lo que yo decía antes. Eres un condenado ateo.

– Me queda el consuelo de que Anacleto Morones era peor que yo.

– Él te trató como si fueras su hijo. Y todavía te atreves… Mejor no quiero seguir oyéndote. Me voy. ¿Tú te quedas, Pancha?

– Me quedaré otro rato. Haré la última lucha yo sola.

– Oye, Francisca, ora que se fueron todas, ¿te vas a quedar a dormir conmigo, verdad?

– Ni lo mande Dios. ¿Qué pensaría la gente? Yo lo que quiero es convencerte.

– Pues vámonos convenciendo los dos. Al cabo qué pierdes. Ya estás re vieja, como para que nadie se ocupe de ti, ni te haga el favor.

– Pero luego vienen los dichos de la gente. Luego pensarán mal.

– Que piensen lo que quieran. Qué más da. De todos modos Pancha te llamas.

– Bueno, me quedaré contigo; pero nomás hasta que amanezca. Y eso si me prometes que llegaremos juntos a Amula, para yo decirles que me pasé la noche ruéguete y ruéguete. Si no, ¿cómo le hago?

– Está bien. Pero antes córtate esos pelos que tienes en los bigotes. Te voy a traer las tijeras.

– Cómo te burlas de mí, Lucas Lucatero. Te pasas la vida mirando mis defectos. Déjame mis bigotes en paz. Así no sospecharán.

– Bueno, como tú quieras.

Cuando oscureció, ella me ayudó a arreglarle la ramada a las gallinas y a juntar otra vez las piedras que yo había desparramado por todo el corral, arrinconándolas en el rincón donde habían estado antes.

Ni se las malició que allí estaba enterrado Anacleto Morones. Ni que se había muerto el mismo día que se fugó de la cárcel y vino aquí a reclamarme que le devolviera sus propiedades.

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