– Sí, rescata sus culpas. Dios sabe los golpes que le habrá dado en secreto. Brigitte se consuela haciendo correr por él la sangre de Cristo sobre los altares de la diócesis, a la tarifa ordinaria.
Ambos rieron.
– Me pregunto -dijo Michéle- lo que Brigitte cree, lo que imagina…
– ¡Oh!, puedes estar segura de que no renuncia a nada. Se inclina a la vez por el asesinato y por él suicidio. Maté a un muchacho que deseaba morir: he aquí lo que ha dado a entender a la familia Dartigelongue y lo que le explicó claramente al cura de Baluzac.
– ¿Y él le creyó?
– ¡No, por supuesto! En el fondo él también ha temido ser el autor de esa muerte. Xavier había salido desamparado de una discusión que había tenido aquella noche. El cura se había burlado de la importancia que el pobre chico atribuía a los encuentros casuales. Le había asegurado que era perder su tiempo, que era sacrificarse tontamente. El cura recuerda entonces el acento triste y desesperado de Xavier al exclamar: "¡Si al menos hubiera salvado a uno solo!" Pero no cree en el suicidio. ¡Cómo imaginarse, repetía, el suicidio de un santo!
– ¿Considera a Xavier santo?
– .-Hasta pretende que tiene motivos para estar seguro de ello.
– ¿Quién, entonces, habría empujado a Xavier?
– Es una locura… Me habló de ese chico poseído que, según cuenta San Marcos, el espíritu arrojaba al fuego o al agua para hacerlo perecer.
– No -protestó Michéle-, un santo nunca está poseído.
– El cura asegura que puede quedar abandonado, menos de lo que dura un rayo, a aquel que todo lo espera de nuestra desesperación. Pero ocurre que la desesperación deja intacta la esperanza. El cura conoce más de un caso.
Michéle suspiró como liberada:
– ¡Ahora estoy segura! No fuiste tú; el sacerdote lo mató.
Él respondió sombríamente:
– No más él que yo, o que tú, o que Roland, o que Brigitte.
Callaron. Los gallos perforaban con sus gritos el amanecer helado. Jean sintió estremecerse contra él el cuerpo de Michéle…
– Ahora te toca llorar a ti -dijo. Tocó un instante con los labios una mejilla mojada. Y entre lágrimas él también:
– ¿Por qué lo lloramos, Michéle? Por fin posee a Aquél que ha amado.
Fin