Matilde Asensi - El Último Catón

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Bajo el suelo de la Ciudad del Vaticano, encerrada entre códices en su despacho del Archivo Secreto, la hermana Ottavia Salina, paleógrafa de prestigio internacional, recibe el encargo de descifrar los extraños tatuajes aparecidos en el cadáver de un etíope: siete letras griegas y siete cruces. Junto al cuerpo se encontraron tres trozos de madera aparentemente sin valor. Todas las sospechas van encaminadas a que las reliquias pertenecen, en realidad, a la Vera Cruz, la verdadera cruz de Cristo.
Acompañada por el profesor Boswell, un arqueólogo de Alejandría, y por el capitán de la Guardia Suiza vaticana, Kaspar Glauser-Röist, la protagonista deberá descubrir quién está detrás de la misteriosa desaparición de las reliquias en las iglesias de todo el mundo y vivirá una aventura llena de enigmas: siete pruebas basadas en los siete pecados capitales en las que Dante Alighieri y el Purgatorio de la Divina comedia parecen tener las llaves para abrir las puertas.

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– Pero, capitán -me alarmé-, ¡no podemos volver sin usted! ¿No recuerda que la mitad de las Iglesias del mundo está esperando noticias nuestras?

– Kaspar, tiene que regresar con nosotros -insistió Farag, muy serio-. Usted trabaja para el Vaticano. Tiene que dar la cara.

– ¿Y vais a descubrirnos? -preguntó con dulzura Catón.

Aquello era muy serio. Estábamos en un aprieto y lo sabíamos. ¿Cómo íbamos a respetar el secreto de los staurofílakes si, en cuanto regresáramos, seríamos acribillados a preguntas por Monseñor Tournier y el cardenal Sodano? No podíamos brotar de la tierra como si nada y decir que habíamos estado jugando a las cartas desde que desaparecimos en Alejandría diecisiete días atrás.

– Por supuesto que no, Catón -se apresuró a decir Farag-. Pero tendréis que ayudarnos a montar una historia que resulte convincente.

Catón, Ahmose y Darius rieron, como si eso fuera lo más fácil del mundo.

– Yo me encargaré, profesor -dijo, súbitamente, la Roca-. Recuerde que esa es mi especialidad. El mismo Vaticano se encargó de enseñarme.

– Vuelva con nosotros, capitán -le rogué, fijando la mirada en sus ojos grises.

Pero la evocación de su trabajo en el Vaticano parecía haberle servido de acicate para desear aún más quedarse en Parádeisos. Su expresión de firmeza se volvió más acusada.

– De momento, no, doctora -declaró, negando también con la cabeza-. No tengo ganas de seguir limpiando la suciedad de la Iglesia. Jamás me gustó hacerlo y ya es hora de cambiar de oficio. La vida me está dando una oportunidad y sería un imbécil si la desaprovechara. No voy a hacerlo. Así que me quedo, por lo menos una temporada. No hay nada fuera que me interese y me apetece pasar unos meses trabajando en los cultivos con Khutenptah.

– ¿Y qué vamos a decir? ¿Cómo explicaremos su desaparición? -pregunté angustiada.

– Digan que he muerto -repuso sin vacilar.

– ¡Usted se ha vuelto loco, Kaspar! -exclamó Farag, muy enfadado. Catón, Ahmose y Darius escuchaban atentamente nuestra conversacion sin intervenir.

– Les daré una coartada perfecta que les pondrá a salvo de los interrogatorios de las Iglesias y que me permitirá volver dentro de unos meses sin levantar sospechas.

– Podemos ayudarte, protospatharios -le dijo Ahmose-. Llevamos muchos siglos haciendo este tipo de cosas.

– ¿Tu voluntad de quedarte un tiempo es firme, Kaspar? -quiso saber Catón, paladeando una cucharada de trigo molido con canela, almibar y ciruelas pasas.

– Es firme, Catón -respondió Glauser-Róist-. No digo que esté convencido de vuestras ideas ni de vuestras creencias, pero os agradecería que me permitiérais descansar aquí, en Parádeisos. Necesito pensar qué tipo de vida quiero para mi futuro.

– No debiste hacer aquello que tanto te desagradaba.

– Tú no lo entiendes, Catón -protestó la Roca, sin borrar su gesto de determinación-. Arriba, la gente no siempre trabaja en lo que le gusta. Más bien todo lo contrario. Mi fe en Dios es fuerte y eso me mantuvo durante los años que trabajé para la Iglesia, una Iglesia que ha olvidado el Evangelio y que, para no perder sus privilegios, miente, engaña y es capaz de interpretar las palabras de Jesús a su conveniencia. No, no deseo volver.

– Puedes quedarte con nosotros todo el tiempo que quieras, Kaspar Glauser-Róist -declaró Catón, solemnemente-. Y vosotros, Ottavia y Farag, podéis marcharos cuando queráis. Dadnos, eso sí, unos días para organizar vuestra partida y, luego, podréis volver a la superficie. Siempre seréis bienvenidos a Parádeisos. Esta es vuestra casa, pues, a fin de cuentas, y por si no lo habéis pensado, sois staurofílakes. Las marcas de vuestros cuerpos lo atestiguan. Os proporcionaremos contactos en el exterior para que podáis comunicaros con nosotros. Y, ahora, con vuestro permiso, me retiro a orar y a dormir. Mis muchos años ya no me dejan trasnochar demasiado -explicó sonriendo.

Catón CCLVII desapareció por la puerta caminando lentamente con ayuda de su bastón. Su hija Ahmose, le dio un beso antes de que se marchara y, luego, volvió a reunirse con nosotros.

– No tengáis miedo -dijo Darius, observando nuestras caras, las de Farag, la Roca y la mía-. Sé que estáis preocupados y es lógico. Las Iglesias cristianas son huesos duros de roer. Pero, con la ayuda de Dios, todo saldrá bien.

En ese momento apareció Candace con una bandeja llena de copas de vino. Ahmose sonrió.

– ¡Sabía que nos traerías un poco del mejor vino de Parádeisos! -exclamó.

Darius alargó la mano rápidamente. Era un hombre de unos cincuenta y tantos años, de pelo canoso y escaso y con orejas muy pequeñas, tan pequeñas que apenas se le veían.

– Brindemos -empezó a decir cuando todos tuvimos nuestra copa de hermoso alabastro entre las manos-. Brindemos por el protospatharios, para que sea feliz entre nosotros, y por Ottavia Salina y Farag Boswell, para que sean felices aunque estén lejos de nosotros.

Todos sonreimos y levantamos los vasos.

Haidé y Zauditu me habían preparado la habitación y me esperaban dando los últimos retoques a las flores y a la ropa. Todo estaba precioso y la luz de las pocas velas encendidas le daba un aire mágico a la habitación.

– ¿Deseas algo más, Ottavia? -me preguntó Haidé.

– No, no, gracias -contesté intentanto disimular mi nerviosismo. Farag me había preguntado, mientras abandonábamos el comedor, si podía venir a mi cuarto en cuanto nos hubieran dejado tranquilos. No tuve que responderle. Mi sonrisa le contestó. ¿Para qué seguir esperando? Todo había sido culminado y yo sólo deseaba estar con él. Muchas veces, mientras le miraba, me pasaba por la cabeza la tonta idea de que si tuviera más de una vida aún me faltaría tiempo para estar a su lado, de modo que ¿por qué esperar? Sin saber muy bien cómo, de repente ciertas cosas se revelan evidentes, y pasar la noche con Farag era una de ellas. Sabía que si no lo hacía me reprocharía mi miedo durante mucho tiempo y ya no podría sentirme tan segura de la nueva Ottavia. Estaba absolutamente enamorada de él, absolutamente ciega, y quizá por eso no veía nada malo en lo que pensaba hacer. Treinta y nueve años de castidad y abstinencia habían sido suficientes. Dios lo comprendería.

– Creo que el didáskalos está impaciente por venir -dijo la indiscreta Zauditu-. Está dando vueltas en su habitación como un león enjaulado.

La habitación de Farag estaba al otro lado del corredor.

– ¡Zauditu! -la regañó Haidé-. Perdónala, Ottavia. Es demasiado joven para comprender que arriba tenéis otras costumbres.

Yo sonreí. No podía hacer otra cosa, ni siquiera podía hablar. Sólo quería que se marcharan y que llegara Farag. Ambas se dirigieron, por fin, hacia la puerta.

– Buenas noches, Ottavia -musitaron muy sonrientes, desapareciendo.

Fui lentamente hacia el espejo y me miré. No estaba en mi mejor momento ni tenía mi mejor aspecto. Mi cabeza parecía una bola de billar y mis cejas flotaban como islas en un mar lampiño. Pero mis ojos estaban brillantes y una sonrisa tonta, que no conseguía borrar, se había apoderado de mis labios. Me sentía feliz. Parádeisos era un lugar incomparable, muy atrasado en lo material pero muy adelantado en otros muchos aspectos. Allí desconocían la prisa, la angustia, la lucha diaria por sobrevivir en un mundo lleno de peligros. La vida discurría con placidez y sabían apreciar lo que tenían. Me hubiera gustado llevarme de Parádeisos esa maravillosa capacidad para disfrutar de todo, por insignificante que fuera, y pensaba empezar con la parte práctica esa misma noche.

Tenía miedo. Mi corazón latía tan fuerte que parecía que se me iba a salir por la boca. Me golpeaba en el pecho como un animalillo asustado. «No lo hagas, Ottavia, no lo hagas», me susurraba una voz en la cabeza. Todavía estaba a tiempo de echarme atrás. ¿Por qué tenía que ser esa noche? ¿Por qué no mañana o a la vuelta a la superficie? ¿Por qué no esperar hasta recibir la bendición de la Iglesia?

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