Matilde Asensi - El Último Catón

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Bajo el suelo de la Ciudad del Vaticano, encerrada entre códices en su despacho del Archivo Secreto, la hermana Ottavia Salina, paleógrafa de prestigio internacional, recibe el encargo de descifrar los extraños tatuajes aparecidos en el cadáver de un etíope: siete letras griegas y siete cruces. Junto al cuerpo se encontraron tres trozos de madera aparentemente sin valor. Todas las sospechas van encaminadas a que las reliquias pertenecen, en realidad, a la Vera Cruz, la verdadera cruz de Cristo.
Acompañada por el profesor Boswell, un arqueólogo de Alejandría, y por el capitán de la Guardia Suiza vaticana, Kaspar Glauser-Röist, la protagonista deberá descubrir quién está detrás de la misteriosa desaparición de las reliquias en las iglesias de todo el mundo y vivirá una aventura llena de enigmas: siete pruebas basadas en los siete pecados capitales en las que Dante Alighieri y el Purgatorio de la Divina comedia parecen tener las llaves para abrir las puertas.

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Sólo entonces presté atención a lo que Khutenptah estaba diciendo. Farag y yo seguíamos enzarzados en nuestra propia conversación, ajenos a los demás, y no me había dado cuenta de que, efectivamente, no era tierra lo que pisábamos, sino roca. Todos los productos que brotaban en Parádeisos lo hacían dentro de grandes y alargadas vasijas de barro que contenían únicamente piedras.

– Con los desechos orgánicos que produce la ciudad -seguía explicando Khutenptah-, elaboramos los nutrientes para las plantas y se los proporcionamos en el agua.

– Es lo que arriba se conoce como cultivos hidropónicos -comentó Glauser-Róist examinando detenidamente las hojas verdes de un arbusto y alejándose, al fin, con gesto satisfecho-. Todo tiene un aspecto magnífico -sentenció-, pero ¿y la luz? El sol es necesario para la fotosíntesis.

– También sirve la luz eléctrica. Además, la favorecemos agregando ciertos minerales y resinas azucaradas al nutriente.

– Eso no es posible -objetó la Roca, acariciando la raíces de un manzano.

– Entoces, protospatharios -dijo ella muy tranquila-, ten por seguro que, en este momento, sufres una alucinación y no estás tocando nada.

Él retiró la mano velozmente y, ¡oh, milagro!, exhibió una de sus escasas sonrisas, aunque esta era amplia y luminosa, absolutamente nueva. Y justo entonces recordé de qué conocía a Khutenptah. No, no la había visto nunca antes, pero en la casa que Glauser-Róist tenía en el Lungotévere dei Tebaldi, en Roma, había dos fotografías de una chica que era idéntica a ella. ¡Por eso estaba la Roca tan deslumbrado! Khutenptah debía recordarle a la otra. El caso es que ambos se enredaron en una complicada conversación sobre resinas azucaradas de uso agrícola y, de igual modo que Farag y yo, muy descortésmente, nos manteníamos algo apartados, ellos acabaron dejando de lado a Ufa, Mirsgana y Gete.

Por fin, muy avanzada la tarde, volvimos a Stauros. La gente paseaba después de un largo día de trabajo y los parques estaban llenos de niños gritones, de observadores silenciosos, de grupos de jóvenes y de malabaristas. Nada les gustaba más que lanzar cosas al aire y recogerlas. El malabarismo les ayudaba a ser ambidextros y ser ambidextros los convertía en fantásticos malabaristas. No sé si ellos lo sabían o si lo habrían intuido, pero usar indistintamente ambas manos para todo tipo de actividades potenciaba el desarrollo simultáneo de los dos hemisferios cerebrales, aumentando de este modo las capacidades artísticas e intelectuales.

Por fin, Mirsgana, Gete, Ufa y Khutenptah nos condujeron misteriosamente hacia el último lugar que íbamos a visitar antes de regresar al basileion para la cena. Se negaron a darnos ninguna explicación pese a nuestros ruegos y, al final, la Roca, Farag y yo, decidimos que lo más práctico y divertido era ser discípulos obedientes y mudos.

Las calles rebosaban de caótica vitalidad. Stauros era una ciudad sin prisas ni tensión, pero vibraba con las pulsaciones de un perfecto ecosistema. Las gentes -esos staurofílakes a los que tanto habíamos perseguido- nos miraban con expectación porque sabían quiénes éramos y nos sonreían y saludaban amistosamente desde las ventanas, los carruajes o las aceras de bellos mosaicos. El mundo al revés, recuerdo haber pensado. ¿O no? Apreté muy fuerte la mano de Farag porque sentí que habían cambiado tantas cosas y que yo había cambiado también tanto que necesitaba sujetarme a algo firme y seguro.

Cuando la calesa dobló una esquina y entró de golpe en una inmensa plaza en la que, al fondo, detrás de una zona de jardines, se veía un edificio descomunal de seis o siete pisos de altura, cuya fachada estaba constelada de vidrieras de colores y cuyas numerosas torres puntiagudas acababan en afilados pináculos, supe que habíamos llegado realmente al final de nuestro camino, al final del largo camino que de manera tan irreflexiva habíamos iniciado meses atrás.

– El Templo de la Cruz -anunció solemnemente Ufa, pendiente de nuestra reacción.

Creo que de todos los momentos vividos hasta entonces, ése fue el más emocionante y el más grandioso. Ninguno de los tres podía apartar los ojos de aquel templo, paralizados por la emoción de haber alcanzado, finalmente, la última etapa de nuestro viaje. Estaba segura de que ni siquiera el capitán albergaba la intención de reclamar la reliquia en nombre de unos intereses que ya no nos importaban, pero haber llegado hasta el corazón del Paraíso Terrenal, después de tantos esfuerzos, angustias y miedos, con la única compañía de Virgilio y Dante Alighieri, era algo demasiado importante como para dejar escapar una sola migaja de sentimientos y sensaciones.

Entramos en el templo sobrecogidos por la grandiosidad del lugar, brillantemente iluminado por millones de cirios que doraban los mosaicos y las bóvedas, el oro y la plata, el azul de la cúpula. No era una iglesia al uso; su decoración y condiciones la convertían en realmente excepcional, mezcla de estilos bizantino y copto, a medio camino entre la sencillez y el exceso oriental.

– Tomad -nos dijo Ufa, tendiéndonos unos paños blancos-. Cubríos la cabeza. Aquí se debe mostrar el máximo respeto.

Parecidos a los turban de las mujeres otomanas, aquellos grandes velos se ponían sobre el cabello dejando caer sus extremos, sin anudar, por delante de los hombros. Se trataba de una antigua forma de respeto religioso que, en Occidente, había sido abandonada hacia mucho tiempo. Lo curioso era que aquí también los hombres entraban en el templo con el turban blanco sobre la cabeza. Es más, todos los que se hallaban en el interior, niños incluidos, iban respetuosamente cubiertos con un velo blanco.

Y, de repente, avanzando por aquella inmensa nave, la vi: en el extremo opuesto a la entrada se veía una oquedad en el muro y, en ella, una hermosa Cruz de madera colgada en posición vertical. Había gente sentada en los bancos, frente a ella, o sobre alfombras en el suelo -al estilo musulmán-, gente que rezaba en voz alta o que oraba en silencio, gente que parecía estar ensayando autos sacramentales, y gente menuda, niños, que, por grupos de edad, ejecutaban recién aprendidas genuflexiones. Era una forma bastante peculiar de entender la religión y, más que la religión, el espacio religioso, pero los staurofílakes ya nos habían sorprendido bastante y estábamos curados de espanto. Sin embargo, frente a nosotros se encontraba la Vera Cruz, reconstruida por completo como señal inequívoca de que ellos seguían siendo ellos y siempre lo serían.

– Está hecha de madera de pino -nos contó Mirsgana con voz afable, consciente de la emoción que nos embargaba-. El madero vertical mide casi cinco metros, el travesaño horizontal dos metros y medio, y pesa unos setenta y cinco kilos.

– ¿Por qué adoráis tanto la Cruz y no al Crucificado? -se me ocurrió preguntar de pronto.

– ¡Naturalmente que adoramos a Jesús! -dijo Khutenptah, sin perder su tono extremadamente amable-. Pero la Cruz es, además, el símbolo de nuestro origen y el símbolo del mundo que hemos construido con esfuerzo. De la Madera de esa Cruz está hecha nuestra carne.

– Discúlpame, Khutenptah -musitó Farag-, pero no te entiendo.

– ¿Crees de verdad que ésta es la Cruz en la que murió Cristo? -le preguntó Ufa.

– Bueno, no… En realidad, no -titubeó, pero su inseguridad no era tanto porque dudara ni por un momento de la falsedad evidente de la Cruz como por no ofender, en todo caso, la fe y las creencias de los staurofílakes que nos acompañaban.

– Pues sí lo es -afirmó Khutenptah, muy segura-. Esta es la Vera Cruz, la auténtica Madera Santa. Tu fe es pobre, didáskalos, deberías orar más.

– Esta Cruz -dijo Mirsgana, señalándola-, fue descubierta por Santa Helena, madre del emperador Constantino, en el año 326. Nosotros, la Hermandad de los Staurofílakes, nacimos, para protegerla, en el año 341.

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