Maria Siliato - Calígula

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En el fondo de un pequeño lago volcánico, muy cerca de Roma, descansan desde hace veinte siglos dos barcos misteriosos, los más grandes de la Antigüedad. ¿Cómo llegaron estas naves egipcias a un lago romano? Una inscripción en el interior de los barcos puede ser la clave: el nombre Cayo César Germánico, más conocido como Calígula, sea tal vez la respuesta. Esta extraordinaria novela ofrece una nueva visión de la excéntrica y controvertida figura del emperador Calígula, tan despreciada y cuestionada por la historia. Un niño que logró sobrevivir y aprendió a defenderse en un medio hostil, un muchacho que veneraba a su padre y que junto a él descubrió y se enamoró de Egipto. Un joven marcado por la soledad, el dolor, arrastrado a la locura por el asesinato de toda su familia, víctima de las intrigas del poder. ¿Cabría ahora preguntarse si el gran verdugo, el asesino brutal, no fue en realidad una víctima?

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– Ven aquí -lo invitó con decisión Silio-, ya es hora de ponerte al corriente -añadió, como si el pequeño, por ignorar quién sabe qué, fuese víctima de una injusticia. Este esperó conteniendo la respiración, y el maestro de armas dejó lentamente la espada-. ¿Sabes quién era esa Julia que ha muerto de ese modo? -dijo Silio-. La madre de tu madre.

El chiquillo se quedó callado. Nunca se había hablado delante de él de los abuelos, y él se había formado la vaga idea de que todos estaban muertos desde hacía mucho tiempo. El tribuno había hecho una pausa a fin de que se entendiera bien la historia y concluyó con rudeza:

– ¿Y sabes por qué merecía honores imperiales? Porque era la única hija del divino Augusto. Y en cambio, la desterraron y al final Tiberio la ha dejado morir.

La mente del pequeño trabajaba a toda velocidad. Asustado, oyó de nuevo la voz ronca de su madre: «Diecisiete años…». De repente, tan asustado que le temblaban las rodillas, se sentó al lado del oficial y susurró:

– He visto llorar a mi madre… No se lo digas a nadie -suplicó, agarrando a Silio del brazo.

Silio, el tribuno, meneó la cabeza con rabia.

– Tu madre, Agripina, tiene muchas razones para llorar. ¿Sabes que tu madre tenía tres hermanos?

El pequeño se puso en pie de un salto.

– No es verdad, nunca me han hablado de ellos, no hay ninguno… ¿Has dicho «tenía»? ¿Cómo que tenía?

El maestro de armas, en silencio hasta ese momento, mientras la espada se calentaba en el fuego, intervino:

– Los tres hermanos de tu madre eran los únicos herederos de Augusto, la esperanza del imperio. Ellos, no Tiberio.

Al fondo, los herreros y los trabajadores de la fragua habían oído y se quedaron mirando.

– No os burléis de mí -sollozó el pequeño.

Sentía el peso de una amenaza. Era realmente demasiado pronto para soportar aquella historia, sobre todo de esa manera tan brutal; con buen criterio, su padre había pedido silencio. Y Silio, alarmado, lo condujo dentro de la fragua y, para distraerlo, le enseñó un elegante puñal, la corta sita de las asechanzas imprevistas.

– Mira, se empuña así.

Se la tendió, le hizo cogerla, y el pequeño la asió con una fuerza consciente, una inopinada sensación de seguridad. El tribuno se la quitó de las manos, llamó a un mílite y simuló un ataque.

– Y tú te mueves así, a su espalda, ¿ves?, con el brazo izquierdo sobre la boca lo inmovilizas, y con la mano derecha clavas la hoja aquí, en el cuello, donde late la vena.

El mílite fingió estar herido, se dejó caer al suelo, pataleó cómicamente, y el pequeño se echó a reír y olvidó las lágrimas. Luego el mílite se hizo el muerto y el tribuno explicó:

– Si quieres asegurarte de que el enemigo está de verdad muerto, lo tocas aquí. -Le hizo presionar la yugular del caído-. ¿Notas cómo late? Cuando se detiene es que la vida se ha ido. Ahora voy a enseñarte otro golpe seguro, de espaldas también. -El mílite se levantó-. Mira. Desde detrás, con la izquierda, lo agarras. Él, para liberarse, estirará los brazos, y tú clavas la hoja hasta el fondo, ¡pero enseguida!, bajo la axila, así.

El pequeño observaba fascinado. El tribuno Cayo Silio se puso serio y dijo bruscamente:

– Has visto cómo se usa la sita, o sea, que eres lo bastante mayor para saber que la muerte de los tres hermanos de tu madre le dieron el imperio a Tiberio.

El pequeño escuchaba mirándolo fijamente. Todas sus lágrimas se habían secado; su infancia había acabado.

– Tú tampoco digas esto -advirtió el tribuno.

Él no habló. Pensó que no debía volver a preguntar a nadie por qué lloraba su madre.

El «gladius» y la «caliga»

Al día siguiente, el maestro de armas anunció que fabricaría para el niño, a la medida de su brazo, un pequeño gladius, el arma ligera que, en los enfrentamientos cuerpo a cuerpo, hería con la punta y con el filo; y le enseñaron los ataques, los regates y las defensas.

Parecía un juego. Pero aún no se le podía decir al niño que, detrás de aquellos juegos, se escondían planes de guerra real, y no contra enemigos extranjeros. Porque desde hacía dos siglos Roma estaba dividida entre el partido de la aristocracia económica y latifundista -los optimates-, que apoyaba: Tiberio, y el partido de las clases débiles, los agricultores, los artesanos, las plebes de las ciudades -los populares-, en el que se hundían las raíces culturales y familiares de su padre, el demasiado querido dux Germánico, hombres que, en tiempos lejanos y recientes, habían luchado contra el latifundismo, los elevados tributos, las restricciones al derecho de voto activo y pasivo, la imposibilidad para los que nacían plebeyos de ser elegidos cónsules y la expoliación brutal de los países conquistados. Los nombres eran muchos: los Graco, Cayo Mario, Publio Sexto, el vehemente e infortunado Marco Antonio y los tres jóvenes hijos de Julia. Y casi todos habían encontrado la muerte.

No se le podía decir aún al niño que el poder y quizá la propia vida de su padre se hallaban amenazados por un creciente peligro. Pero Rufo -el hombre más fuerte de todas las legiones del Rin, aquel que, si lanzaba un pilum, el venablo de punta mortal, contra un gran árbol, no había fuerza humana que lograse extraerlo y era preciso cortar el tronco centenario- enseñó al chiquillo a manejar aquella arma, y la torsión del brazo, el impulso del pie, de la rodilla, de la cadera, la enorme energía descargada sobre el hombro y sobre los músculos del brazo, todo para que el dardo saliera recto, silbando, y se clavara, sin desviarse ni un dedo, justo en el punto que los ojos habían mirado.

– El pilum que se clava en el punto exacto te libra de tu primer enemigo. Es como ganar en el primer lanzamiento de dados -explicó rápidamente Rufo, escupiéndose en la palma de la mano antes de repetir el lanzamiento.

– Ahora fíjate -apremiaban los oficiales, que se apasionaban mirando-, todo te será más fácil.

Seguían ataques, regates, paradas, pero con lenta elegancia, y los ojos del chiquillo asimilaban los movimientos del brazo, del hombro, el estiramiento de la muñeca, el juego de la rodilla y del pie, las enganchadas, las maneras de librarse de la presión del adversario, la fulminante estocada final. Todo joven aristocrático estaba destinado a adquirir experiencia en las legiones, un duro servicio militar; y luego, poco a poco, a dirigir las guarniciones en las larguísimas fronteras y, máximo orgullo, a capitanear una legión en acciones de guerra. Pero en este caso el objetivo del adiestramiento era distinto.

Junto a la forja se alineaban las cuadras. El niño se colaba entre los caballos, de donde era difícil sacarlo. Pero ese día lo encontraron enseguida. El oficial que estaba al mando de la caballería ligera, poniendo el brazo derecho doblado a modo de escalón para que él llegase a la altura necesaria, le enseñó cómo dar un salto estando parado y caer justo sobre la grupa, e inmediatamente, antes de tocar las riendas, con la mano y los talones lanzar el caballo al galope, como hacían los bárbaros escitas, los mejores jinetes del mundo.

– Conquistar tu caballo en un instante, arrollarlo todo antes de que te hayan visto -dijo.

El jefe de taller de los armeros le tomó las medidas y le hizo una ligerísima lorica, una coraza con un repujado que había diseñado el maestro de armas, el artista del castrum, y que representaba la historia emblemática del niño salvado por el delfín. El maestro de armas era un esteta de la guerra al que le gustaba la elegancia de los golpes, el esplendor de las armas de gala, repujadas y damasquinadas, los brillantes arreos de los caballos, las águilas de oro sostenidas en alto por el aquilifer, el abanderado, el fragor impetuoso de las cataphracti, la caballería pesada, el sonido del lituus, el toque de la bucina y de la tuba. Modeló también para el chiquillo un casco de combate, una cassis de lámina ligera. Y el herrero, que estaba en la forja y soldaba y unía las piezas, le explicó que ningún otro ejército había diseñado nunca una protección tan racionalmente segura: redondo y forrado de piel, el casco romano envolvía completamente el cráneo, sin dejar peligrosas zonas muertas donde los golpes del enemigo podían multiplicarse; cubría la frente hasta rozar las cejas; dos anchas tiras protegían las sienes y las mandíbulas y se unían bajo la barbilla, pero dejaban libres las orejas; un blindaje, articulado para no entorpecer los movimientos, ceñía la nuca. En resumen, un prodigio de anatomía y de técnica que había salvado infinidad de vidas.

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