Noah Gordon - El Médico

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Esta arrebatadora novela describe la pasion de un hombre del siglo XI por vencer la enfermedad y la muerte, aliviar el dolor ajeno e impartir el don casi mistico de sanar que le ha sido otorgado. Arrastrado por esa pasion, recorrera un largo camino que le conducira, desde una Inglaterra en la que domina la brutalidad y la ignorancia, a la sensual turbulencia y el esplendor de la remota Persia, donde conocera al legendario maestro Avicena, que esta experimentando con las primeras armas de la medicina moderna.

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Cuando entró en su casa, Ibn Sina ya había decidido que no podía enviar a un grupo de colegas, pues si la plaga llegaba a Ispahán, los médicos serían necesarios en su propio territorio. Seleccionaría, en cambio, a un médico y una partida de aprendices.

La emergencia debía aprovecharse para templar a los mejores y más fuertes, resolvió. Tras algunas consideraciones, Ibn Sina cogió pluma, tinta y papel, y escribió:

Hakim Fadil ibn Parviz, jefe.

Suleiman-al-Gamal, aprendiz de tercer año.

Jesse ben Benjamín, aprendiz de primer año.

Mirdin Askari, aprendiz de segundo año.

La comisión también debía incluir a algunos candidatos más flojos, para darles una única oportunidad, enviada por Alá, de redimir sus antecedentes desfavorables y seguir estudiando hasta ser médicos. Con este fin, agregó a la lista los siguientes nombres:

Omar Nivahend, estudiante de tercer año.

Abbas Sefi, aprendiz de tercer año.

Alí Rashid, aprendiz de primer año.

Karim Harun, aprendiz de séptimo año.

Una vez reunidos los ocho jóvenes, el médico jefe les dijo que los enviaría a Anshan para combatir la peste, y ellos no pudieron mirarse a los ojos, en medio de una especie de malestar general.

– Cada uno debe llevar sus armas -advirtió Ibn Sina-, pues es imposible prever la actitud de la gente cuando hace erupción una plaga.

Alí Rashid exhaló un prolongado y estremecido suspiro. Tenía dieciséis años, mejillas redondeadas y ojos dulces. Experimentaba tanta nostalgia de su familia de Hamadhan, que lloraba día y noche y no podía aplicarse a los estudios.

Rob se obligó a concentrarse en lo que decía Ibn Sina.

.-…no podemos enseñaros a combatirla, porque nunca había hecho su aparición a lo largo de toda nuestra vida. Pero tenemos un libro compilado hace tres siglos por médicos que sobrevivieron a plagas en diferentes lugares.

"Os daremos ese libro. Sin duda contiene muchas teorías y remedios de escaso valor, pero también puede haber información eficaz. -Ibn Sina se hurgó la barba-. Ante la posibilidad de que la peste sea provocada por la contaminación atmosférica de efluvios pútridos, creo que debéis encender grandes fogatas de maderas aromáticas tanto cerca de los enfermos como de los sanos. Estos últimos deben lavarse con vino o vinagre y salpicar sus casas con vinagre, además de oler alcanfor y otras sustancias volátiles.

Os ocuparéis de que los enfermos también sigan estas instrucciones. Vosotros deberíais sostener esponjas empapadas en vinagre junto a la nariz cuando os aproximéis a los afectados, y hervir el agua antes de beberla, con el propósito de clarificarla y separar las impurezas. Y os debéis hacer la manicura diariamente, porque el Corán dice que el diablo se esconde debajo de las uñas.

Ibn Sina carraspeó.

– Los que sobrevivan a esta plaga no deben regresar inmediatamente a Ispahán, para no trasladarla aquí. Iréis a una casa que se alza en la Piedra de Ibrahim, a un día de distancia al este de la ciudad de Nain, y tres días al este de nuestra ciudad. Allí descansareis un mes antes de volver. ¿Comprendido?

Todos asintieron.

– Sí, maestro -dijo con tono trémulo Hakim Fadil ibn Parviz, hablando por todos desde su nueva categoría.

El joven Alí lloraba en silencio. El bello rostro de Karim Harun estaba ensombrecido de presagios. Por último, Mirdin Askari tomó la palabra:

– Mi mujer e hijos… Debo tomar disposiciones para cerciorarme de que estarán bien si…

Ibn Sina movió la cabeza afirmativamente.

– Aquellos de vosotros que tengáis responsabilidades, contáis con unas pocas horas para tomar esas disposiciones.

Rob no sabia que Mirdin estaba casado y tenía hijos. El aprendiz judío era reservado y autosuficiente, seguro de sí mismo en las aulas y en el maristán Pero ahora sus labios estaban exangües y se movían en muda oración.

Rob J. estaba tan asustado como cualquiera de que lo enviaran en una misión de la que quizá no regresaría, pero se esforzó por ser valiente. "Al menos ya no tendré que hacer de medicucho en la cárcel", se dijo.

– Algo más -dijo Ibn Sina, contemplándolos con ojos paternales-. Debéis tomar nota pormenorizada de todo, para instruir a quienes deban afrontar la próxima plaga. Y debéis dejar esas notas donde puedan ser encontradas si algo os ocurre.

A la mañana siguiente, mientras el sol ensangrentaba las copas de los árboles, cruzaron el puente del Río de la Vida, cada uno montado en un buen caballo y conduciendo otro caballo de carga o una mula.

Al cabo de un rato, Rob sugirió a Fadil que convenía destacar a un hombre como explorador y a otro que cabalgara a cierta distancia del último, ocupando la retaguardia. El joven Hakim fingió meditar y luego vociferó las órdenes.

Esa noche Fadil accedió de inmediato cuando Rob sugirió el mismo sistema de centinelas rotativos que se había impuesto en la caravana de Kerl Fritta.

Sentados en torno a un fuego de espinos, se mostraban alternativamente jocosos y sombríos.

– Sospecho que Galeno nunca fue tan sabio como cuando opinó sobre la mejor actitud de un médico durante una plaga -dijo Suleiman-al-Gamal con tono lúgubre-. Galeno dijo que el médico debe huir de la plaga para poder seguir curando, y eso es exactamente lo que hizo.

– Yo creo que el gran médico Rhazes lo expresa mejor -dijo Karim- la plaga te lanza rápido, lejos y tarde, estés donde estés. Empieza rápido, aléjate sin tardanza y demora al máximo el camino del regreso.

La carcajada sonó demasiado estrepitosa.

Suleiman fue el primer centinela. No tendrían que haberse sorprendido a la mañana siguiente, cuando despertaron y descubrieron que había desaparecido durante la noche llevándose sus caballos.

Esto los conmocionó y se extendió el pesimismo. Cuando acamparon la noche siguiente, Fadil nombró centinela a Mirdin Askari y fue una buena acción: los cuidó muy bien.

El centinela del tercer campamento fue Omar Nivahend, que emuló a Suleiman y huyó con sus caballos durante la noche.

Fadil convocó a sus compañeros en cuanto se descubrió la segunda deserción.

– No es pecado temerle a la peste, pues de lo contrario todos nosotros estaríamos eternamente condenados -dijo-. Tampoco, si estáis de acuerdo con Galeno y Rhazes, es pecado huir…, aunque me pongo de parte de Ibn Sina al pensar que un médico debe combatir la pestilencia y no poner pies en polvorosa.

"Lo que sí es pecado es dejar a los compañeros desprotegidos. Y peor aún llevarse a un animal cargado con elementos necesarios para los enfermos y moribundos. -miró a uno tras otro a los ojos-. Así pues, si alguien desea abandonar, debe hacerlo ahora. Y prometo por mi honor que se le permitirá alejarse sin vergüenza ni recriminaciones.

Todas las respiraciones eran audibles. Nadie dio un paso al frente. Rob habló:

– Sí, a cualquiera debe permitírsele que se vaya. Pero si su partida nos deja sin centinela y desprotegidos, o si se lleva elementos necesarios para los pacientes a cuyo socorro acudimos, digo que debemos perseguir al desertor y matarlo.

Volvió a reinar el silencio.

Mirdin se pasó la lengua por los labios.

– De acuerdo -dijo.

– Sí -coincidió Fadil.

– Yo también estoy de acuerdo -dijo Abbas Sefi.

– Y yo -susurró Alio.

– ¡Y yo! -exclamó Karim.

Todos y cada uno sabían que no era una promesa vacía, sino un solemne juramento.

Dos noches después le tocó a Rob hacer de centinela. Habían acampado en un desfiladero donde la luz de la luna convertía en monstruos acechantes las rocas. Fue una noche larga y solitaria, que le dio la oportunidad de pensar en cosas tristes que, en general, lograba apartar de su mente, y dedicó sus pensamientos a sus hermanos y a todos los demás que habían muerto. Meditó largamente en la mujer que había dejado escapar de sus manos.

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