– Lo siento -dijo Rob educadamente, y se apartó de los perturbados.
Llegó a una sala de pacientes quirúrgicos y tuvo que resistirse a la tentación de parar en cada jergón y levantar los vendajes para observar los muñones de los amputados y las heridas de los demás.
¡Ver tantos pacientes interesantes todos los días y escuchar las lecciones de los grandes hombres! Sería como pasar la juventud en el Dasht-i-Kavir, pensó, y luego descubrir que eres dueño de un oasis.
Sus limitados conocimientos de parsi no le permitieron desentrañar el cartel de la puerta de la sala siguiente, pero en cuanto entró, notó que estaba dedicado a las enfermedades y lesiones de los ojos.
Un fornido enfermero estaba acobardado ante alguien que le echaba una bronca.
– Fue un error, maestro Karim Harun -se disculpó el enfermero- Creí que me habías dicho que quitara las vendas a Eswed Omar.
– Eres un inútil -dijo el otro, disgustado.
Era joven y atléticamente esbelto; Rob notó, sorprendido, que usaba el turbante verde de los estudiantes, pero sus modales eran tan desenvueltos y seguros como los de un médico propietario del suelo que pisaba. No era en modo alguno afeminado, pero sí aristocráticamente bello; el hombre más hermoso que Rob viera en su vida, de liso pelo negro y ojos castaños hundidos, que ahora centelleaban de cólera.
– Ha sido un error tuyo, Rumi. Te dije que cambiaras los vendajes de Kuru Yezidi, no los de Eswed Omar. Ustad Juzjani hizo personalmente el abatimiento de cataratas de Eswed Omar y me ordenó que me ocupara de que su vendaje no fuera movido de su sitio en cinco días. Te transmití la orden y no la obedeciste, enfermero de mierda. En consecuencia, si Eswed Omar no llega a ver con absoluta claridad y las iras de al-Juzjani caen sobre mí, abriré las carnes de tu gordo culo como si fueras un cordero asado.
Vio a Rob de pie, transfigurado, y lo miró echando chispas por los ojos.
– ¿Qué es lo que quieres tú?
– Hablar con Ibn Sina para ingresar en la escuela de médicos.
– Vaya. ¿Te espera el Príncipe de los Médicos?
– No.
– Entonces debes ir al segundo piso del edificio de al lado para ver al hadji Davout Hosein, vicerrector de la escuela. El rector es Rotun bin Nasr, primo lejano del sha y general del ejército, que acepta el honor y nunca aparece por la escuela. El hadji Davout Hosein administra y a él debes presentarte.-El estudiante llamado Karim Harun se volvió hacia el enfermero, ceñudo-. ¿Crees que ahora podrías cambiar los vendajes de Kuru Yezidi, oh verde objeto sobre la pezuña de un camello?
Al menos algunos estudiantes de medicina vivían en la Gran Teta, porque el sombreado pasillo del primer piso estaba bordeado de reducidas celdas. A través de una puerta abierta cerca del rellano, Rob vio a dos hombres que parecían estar cortando un perro amarillo que yacía en la mesa, probablemente muerto.
En el segundo piso preguntó a un hombre de turbante verde dónde debía ir para ver al hadji, y finalmente alguien lo acompañó al despacho de Davout Hosein.
El vicerrector era un hombre bajo y delgado que no llegaba a viejo, y se daba aires de importancia. Llevaba una túnica de buen paño gris y el turbante blanco de quien ha llegado a La Meca. Tenía ojillos oscuros y un marcado zabiba en su frente daba testimonio del fervor de su piedad.
Tras intercambiar los salaams escuchó la solicitud de Rob y lo estudió minuciosamente.
– ¿Has dicho que vienes de Inglaterra? ¿En Europa? ¿En qué parte de Europa esta Inglaterra?
– El norte.
– ¡El norte de Europa! ¿cuánto tiempo te llevó llegar hasta nosotros?
– Menos de dos años, hadji.
– ¡Dos años! Extraordinario. ¿Tu padre es médico, graduado en nuestra escuela?
– ¿Mi padre? No, hadji.
– Mmm. ¿Un tío, quizá?
– No. Seré el primer médico de mi familia.
Hosein arrugó el entrecejo.
– Aquí tenemos estudiantes que descienden de una larga estirpe de médicos. ¿Tienes cartas de presentación, Dhimmi?
– No, maestro Hosein. -Rob sentía que el pánico crecía en su interior-. Soy cirujano barbero y he adquirido cierta practica…
– ¿Ninguna referencia de alguno de nuestros distinguidos graduados? -preguntó Hosein, atónito.
– No.
– No aceptamos formar a persona alguna que se presente por su cuenta.
– No se trata de un capricho pasajero. He recorrido una distancia terrible movido por mi determinación de estudiar medicina. He aprendido vuestra lengua.
– Malamente, permíteme que lo diga. -El hadji lo observó con desdén-. Nosotros no nos limitamos a preparar médicos. No producimos mercachifles; formamos hombres cultos. Nuestros alumnos aprenden teología, filosofía, matemática, física, astrología y jurisprudencia además de medicina; después de graduarse como científicos e intelectuales completos, pueden elegir su carrera en la enseñanza, la medicina o el derecho.
Rob esperó, sintiendo que el alma se le caía a los pies.
– Estoy seguro de que lo comprenderás. Es absolutamente imposible.
Comprendía que había hecho un viaje de casi dos años.
Comprendía que le había vuelto la espalda a Mary Cullen.
Sudando bajo el sol abrasador, aterido en las nieves glaciales, azotado por la lluvia y las tormentas. A través de desiertos salados y montes traicioneros. Afanándose como una hormiga, montaña tras montaña.
– No me iré de aquí sin hablar con Ibn Sina -dijo con voz firme.
El hadji Devout Hosein abrió la boca, pero vio en los ojos de Rob algo que lo llevó a cerrarla. Empalideció y asintió deprisa.
– Por favor, espera aquí -dijo, y salió de su despacho.
Rob permaneció a solas.
Al cabo de un rato aparecieron cuatro soldados. Ninguno era tan alto como él, pero sí musculosos. Portaban porras cortas y pesadas, de madera.
Uno tenía la cara picada de viruela y golpeaba constantemente la porra contra la palma carnosa de su mano izquierda.
– ¿Cómo te llamas, judío? -preguntó el de las picaduras, no descortésmente.
– Soy Jesse ben Benjamín.
– Un extranjero, un europeo, según dijo el hadji.
– Sí, de Inglaterra. Un lugar que se encuentra a gran distancia.
El soldado asintió.
– ¿No te negaste a marcharte a solicitud del hadji?
– Es verdad, pero…
– Ahora debes irte, judío. Con nosotros.
– No me iré de aquí sin hablar con Ibn Sina.
El portavoz balanceó la porra.
"La nariz no”, pensó Rob, angustiado.
Pero de inmediato empezó a manar sangre; los cuatro sabían dónde y cómo usar los palos con economía y eficacia. Lo rodearon de manera tal que no pudiera mover los brazos.
– ¡Mierda! -gritó en inglés.
No podían haberlo entendido, pero el tono era inconfundible y aporrearon más fuerte. Uno de los golpes le dio encima de la sien, y de pronto se sintió mareado y nauseabundo. Procuró, como mínimo, vomitar en el despacho del hadji, pero el dolor era espantoso.
Conocían muy bien su trabajo. En cuanto dejó de ser una amenaza, abandonaron las porras a fin de golpearlo hábilmente a puñetazos.
Lo hicieron salir caminando de la escuela, cada uno sustentándolo de una axila. Tenían cuatro alazanes atados afuera y montaron mientras él se tambaleaba entre dos de las bestias. Cada vez que se caía, lo que ocurrió tres veces, alguno desmontaba y le pateaba las costillas hasta que se ponía en pie.
El camino le pareció largo, pero apenas fueron más allá de los terrenos de la madraza, hasta una pequeña construcción de ladrillos, destartalada y muy fea, que formaba parte de la ramificación más baja del sistema judicial islámico, como después se enteraría. Dentro sólo había una mesa de madera, detrás de la cual estaba sentado un hombre con expresión hostil, pelo espeso y barba poblada, que vestía la túnica negra correspondiente a su cargo, semejante al caftán de Rob. Estaba cortando un melón.
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