Noah Gordon - El Médico

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Esta arrebatadora novela describe la pasion de un hombre del siglo XI por vencer la enfermedad y la muerte, aliviar el dolor ajeno e impartir el don casi mistico de sanar que le ha sido otorgado. Arrastrado por esa pasion, recorrera un largo camino que le conducira, desde una Inglaterra en la que domina la brutalidad y la ignorancia, a la sensual turbulencia y el esplendor de la remota Persia, donde conocera al legendario maestro Avicena, que esta experimentando con las primeras armas de la medicina moderna.

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Al parecer, su oración fue escuchada. Aquella primavera no hubo más incidentes. Se mantuvo el buen tiempo, con días soleados más cálidos y secos que de costumbre, buenos para los negocios.

– Buen tiempo en el día de San Swithin -dijo Barber una mañana, en tono triunfal-. Todo el mundo sabe que eso significa buen tiempo durante otros cuarenta días.

Gradualmente sus temores se apaciguaron, y fueron animándose.

¡Su amo recordó su cumpleaños! La tercera mañana siguiente al día de San Swithin, Barber le hizo un hermoso regalo: tres plumas de ganso, un pote de tinta y una piedra pómez.

– Ahora puedes emborronar las caras con algo distinto de un trozo de carbón.

Rob no tenía dinero para comprarle a Barber un regalo de cumpleaños pero un día, a ultima hora de la tarde, sus ojos reconocieron una planta al pasar junto a un campo. A la mañana siguiente, salió a hurtadillas del carromato, caminó media hora hasta el campo y recogió una buena cantidad de plantas. El día del cumpleaños de Barber, Rob le regaló un gran ramo de verdolaga, la hierba para las fiebres, que aquel recibió con evidente placer.

En su espectáculo se notaba que estaban bien avenidos. Cada uno anticipaba lo que haría el otro, y su representación adquirió brillo y agudeza, despertando espléndidos aplausos. Rob tenía ensueños en los que veía a sus hermanos entre los espectadores; imaginaba el orgullo y el asombro de Anne Mary y de Samuel Edward al ver a su hermano mayor hacer pases mágicos y malabarismos con cinco pelotas.

Habrán crecido, se dijo. ¿Lo recordaría Anne Mary? ¿Seguiría siendo indómito Samuel Edward? Y seguramente Jonathan Carter sabía andar y haría como un hombrecito hecho y derecho.

A un aprendiz le era imposible insinuarle a su amo a dónde debía dirigir caballo, pero en Nottingham encontró la oportunidad de consultar el mapa de Barber, y vio que estaban en el mismísimo corazón de la isla inglesa. Para llegar a Londres tendrían que continuar al sur, pero también desviarse al este. Memorizó los nombres y emplazamientos de las ciudades, para saber si estaban viajando hacia donde tan desesperadamente deseaba ir.

En Leicester, un granjero que picaba una roca en su campo, había desenterrado un sarcófago. Cavó a su alrededor, pero era demasiado pesado para que el lo levantara, y su fondo permaneció aferrado a la tierra como un canto rodado.

– El duque enviará hombres y animales para sacarlo y se lo llevará a su castillo -les dijo orgulloso el pequeño terrateniente.

En el mármol de grueso grano blanco había una inscripción: DIIS MABUS. VIVIO MARCIANO MILITI LEGIONIS SECUNDAE AUGUS, AE. IANUARIA MARINA CONJUNX PIENTISSIMA POSUIT MEMORIAM.

– "A los dioses del mundo de los muertos -tradujo Barber-. Para Vivio Marciano, soldado de la Segunda Legión de Augusto. En el mes de enero, su devota esposa Marina instaló este sepulcro.”

Se miraron.

– Me pregunto qué le ocurrió a la muñequita Marina después de enterrarlo, pues estaba a gran distancia de su casa -dijo razonablemente Barber.

"Como todos”, pensó Rob.

Leicester era una ciudad populosa. Asistió mucha gente al espectáculo, y cuando concluyó la venta de la medicina se encontraron en un frenesí de actividad. En rápida sucesión, ayudó a Barber a abrir el carbunclo de un joven, a entablillar un hueso partido de otro, a administrar verdolaga a una madre calenturienta y manzanilla a un niño con cólicos. Después acompañó al otro lado del biombo a un hombre robusto, de calva incipiente y ojos lechosos.

– ¿Cuánto hace que está ciego? -preguntó Barber a su paciente.

– Dos años. Todo empezó como una tiniebla que gradualmente se profundizó, y ahora apenas distingo la luz. Soy escribiente y no puedo trabajar.

Barber meneó la cabeza, olvidando que su gesto no era visible.

– No puedo devolver la vista, como tampoco la juventud.

El escribiente dejó que Rob lo guiara afuera.

– Es una mala noticia -le dijo a Rob-. ¡Nunca volveré a ver!

Un hombre que andaba por allí, delgado, con cara de halcón y nariz aguileña, oyó lo que decía y los miró de soslayo. Tenía el pelo y la barba blancos pero aún era joven: no podía más que doblar la edad de Rob. Dio un paso adelante y puso una mano en el brazo del paciente.

– ¿Cómo te llamas? -le preguntó, con el acento francés que Rob había oído muchas veces en boca de los normandos de los muelles londinenses.

– Edgar Thorpe -dijo el escribiente.

– Yo soy Benjamín Merlín, medico de la cercana ciudad de Tettenhall ¿Me permites examinarte los ojos, Edgar Thorpe?

El oficinista asintió y pestañeó. El otro le levantó los párpados con los pulgares y estudió la blanca opacidad que cubría sus ojos.

– Estoy en condiciones de abatir las nubes de los cristalinos -dijo finalmente-. Lo he hecho con anterioridad, pero tienes que ser fuerte para aguantar el dolor.

– El dolor es lo de menos -murmuró el enfermo.

– Entonces haz que alguien te lleve a mi casa de Tettenhall, a primera hora de la mañana del próximo martes -dijo el médico, y se apartó.

Rob estaba alelado. Nunca le había pasado por la imaginación que alguien pudiera intentar algo que escapaba a los conocimientos de Barber.

– ¡Maestro médico! -corrió tras el-. ¿Dónde has aprendido a hacer eso…, abatir las nubes de los cristalinos de los ojos?

– En una academia. Una escuela para médicos.

– ¿Y dónde está esa escuela para médicos?

Merlín vio ante sí a un joven corpulento, con ropa mal confeccionada que le iba pequeña. Su mirada abarcó el abigarrado carromato, la tarima donde estaban las pelotas para malabarismos y los frascos con medicina cuya calidad adivinó al instante.

– A medio mundo de distancia -dijo amablemente.

Se encaminó hacia una yegua negra que estaba atada a un árbol, montó y, al galope, se alejó de los cirujanos barberos sin volver la mirada.

Más tarde, Rob le habló a Barber de Benjamín Merlín, mientras Incitatus arrastraba lentamente el carromato hacia las afueras de Leicester.

Barber asintió con la cabeza.

– He oído hablar de él. El médico de Tettenhall.

– Sí. Hablaba como un franchute.

– Es un judío de Normandía.

– ¿Qué es un judío?

– Otro nombre para designar a los hebreos, el pueblo de la Biblia asesinó a Jesús y fue expulsado de la Tierra Santa por los romanos.

– Habló de una escuela para estudiar medicina.

– A veces organizan cursos en el colegio de Westminster. Según se dice, son pésimos y de ellos salen pésimos médicos. En su mayoría se emplean con médicos de verdad para capacitarse, así como tú eres mi aprendiz para llegar a conocer el oficio de cirujano barbero.

– No creo que se refiriera a Westminster. Dijo que la escuela estaba muy, muy lejos.

Barber se encogió de hombros.

– Tal vez esté en Normandía o en Bretaña. Los judíos son muchos en Francia, y algunos se abren paso hasta aquí, incluidos los médicos.

– Yo he leído cosas de los hebreos en la Biblia, pero nunca había visto a uno.

– Hay otro médico judío en Malmesbury, de nombre Isaac Adolescentoli. Un doctor famoso. Es posible que lo veas cuando lleguemos a Salisbury, dijo Barber.

Malmesbury y Salisbury caían al oeste de Inglaterra.

– Entonces, ¿no iremos a Londres?

– No. -Barber percibió algo en la voz de su aprendiz, y hacía tiempo que le constaba el deseo del joven de encontrar a sus parientes-. Iremos directamente a Salisbury -dijo con tono severo- para cosechar los beneficios de las multitudes que asisten a la feria. De allí pasaremos a Exmouth, pues para entonces el otoño habrá caído sobre nosotros. ¿Lo comprendes?

Rob movió la cabeza afirmativamente.

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