Tenía más fiebre de la que nunca había visto en hombres o en niños, y todo el dolor de su cuerpo se concentraba en la buba, hasta que su mente se hartó del incesante dolor y comenzó a delirar.
Buscó frescura en la sombra de un trigal, y la besó, le tocó la boca, le besó la cara y la cabellera pelirroja que caía sobre él como la bruma oscura.
Oyó que Karim rezaba en parsi y Mirdin en hebreo. Cuando este llegó al Ihema, Rob siguió la oración. Oye, oh Israel, Señor Dios nuestro, el Señor es Uno.
Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón…
Temía morir con la escritura judía en los labios y procuró encontrar una oración cristiana. La única que se le ocurrió fue un cántico de los sacerdotes de su niñez.
Jesus Christus natus est.
Jesus Christus cruciftxus est
Jesus Chrtstus sepultus est.
Amén.
Su hermano Samuel estaba sentado en el suelo, cerca del jergón, y sin duda era un guía enviado a buscarlo. Samuel parecía el mismo de antes, incluida la expresión irónica y burlona de su rostro. Rob no sabía que decirle; él era un adulto, pero Samuel seguía siendo el crío que había sido en el momento de su muerte.
El dolor se intensificó. El dolor era insoportable.
– ¡Ven, Samuel! -dijo a grito pelado-. ¡Vayámonos!
Pero Samuel siguió sentado y con la vista fija en él.
Al cabo de poco, un dulce y repentino alivio del dolor en el brazo fue tan agudo como una herida recién inferida. No podía permitirse el lujo de alimentar falsas esperanzas, y se obligó a esperar pacientemente la llegada de alguno de sus compañeros.
Después de un tiempo que le pareció desmesuradamente prolongado, se dio cuenta de que Karim estaba inclinado sobre él.
– ¡Mirdin! ¡Mirdin! ¡Alabado sea Alá, la buba se ha abierto!
Dos caras sonrientes se cernieron sobre él, una bellamente oscura, la otra sencilla, reflejando la bondad de los santos.
– Pondré una mecha para drenarla -dijo Mirdin, y durante un buen rato tuvieron demasiado trajín para acordarse de las acciones de gracias.
Fue como si hubiese atravesado el mar más tormentoso y ahora derivara en el remanso más sereno y pacífico.
La recuperación fue tan rápida y falta de incidentes como la que había visto en otros sobrevivientes. Sentía debilidad y temblores, como era natural después de las altas fiebres; pero se le despejó la mente y dejó de mezclar acontecimientos pasados y actuales.
Empezó a quejarse, pues deseaba ser de alguna utilidad, pero sus cuidadores no quisieron saber nada y lo mantuvieron en posición supina sobre su jergón.
– ¡Para ti lo es todo la práctica de la medicina! -dijo entusiasmado Karim una mañana-. Yo lo sabía, y por eso no planteé objeciones cuando te hiciste con el mando de nuestra pequeña misión.
Rob abrió la boca para protestar, pero la cerró de inmediato, porque era verdad.
– Me puse furioso cuando nombraron jefe a Fadil ibn Parviz -prosiguió Karim-. Se luce en los exámenes y está muy bien considerado por el cuerpo docente, pero en medicina práctica es una calamidad. Ademas, inició su aprendizaje dos años después que yo y es hakim, mientras yo sigo siendo aprendiz.
– ¿Y cómo pudiste aceptarme como jefe, si aún no he cumplido un año de aprendizaje?
– Eres muy distinto y estás fuera de competición porque te ha esclavizado la curación de las enfermedades.
Rob sonrió.
– Te he observado durante estas arduas semanas. ¿Acaso no ha tomado posesión de ti el mismo amo?
– No -respondió Karim tranquilamente-. No me interpretes mal; quisiera ser el mejor médico del mundo. Pero con la misma pasión anhelo hacerme rico. La riqueza no es tu mayor ambición, ¿verdad, Jesse?
Rob meneó la cabeza.
– Cuando yo era niño, en la aldea de Carsh, que pertenece a la provincia de Hamadhan, el sha Abdallah, padre del sha Alá, condujo un gran ejército a través de nuestro territorio para combatir contra las bandas de turcos seljucíes. Cada vez que el ejército de Abdallah se detenía, llegaba la desgracia de una plaga de soldados. Se llevaban cosechas y animales, alimentos que significaban la supervivencia o el desastre para su propio pueblo. Cuando el ejército seguía su camino, nosotros nos moríamos de hambre.
"Yo tenía cinco años. Mi madre cogió por los pies a su hija recién nacida y le aplastó la cabeza contra las rocas. Dicen que muchos recurrieron al canibalismo y lo creo.
"Primero murió mi padre y luego mi madre. Durante un año viví en las calles con pordioseros, y yo mismo me hice mendigo. Finalmente, me adoptó Zaki-Omar, un hombre que había sido amigo de mi padre. Era un atleta famoso. Me educó y me enseñó a correr. Y durante nueve años me hizo objeto de prácticas sodomitas.
Karim calló un momento, y el silencio sólo era interrumpido por el suave gemido de algún paciente en el otro extremo de la sala.
– Cuando él murió, yo tenía quince años. Su familia me expulsó, pero Zaki-Omar había gestionado mi ingreso en la madraza y viajé a Ispahán, libre por primera vez. Tomé la decisión de que cuando tuviera hijos estarían protegidos, y sólo la riqueza da esa clase de seguridad.
De niños habían vivido catástrofes similares a medio mundo de distancia, pensó Rob. De haber sido el menos afortunado, o si Barber hubiera resultado un hombre distinto…
La conversación se vio interrumpida por la llegada de Mirdin, que se sentó en el suelo, al otro lado del jergón.
– Ayer no murió nadie en Shiraz.
– ¡Alá! -exclamo Karim.
– ¡Nadie murió ayer!
Rob los tomó de la mano.
De inmediato, Karim y Mirdin también unieron sus manos. Estaban más allá de la risa, más allá de las lágrimas, como ancianos que han compartido una vida entera. Así enlazados, se miraron, saboreando la supervivencia.
Dejaron pasar diez días hasta decidir que Rob estaba lo bastante fuerte para viajar. Se había divulgado la noticia del fin de la peste. Transcurrirían años hasta que volviera a haber árboles en Shiraz, pero la gente empezaba a volver, y algunas personas llegaban provistas de madera. Pasaron por una casa donde los carpinteros estaban colocando postigos y por otras donde ponían las puertas.
Era bueno dejar atrás la ciudad y dirigirse al norte.
Viajaron sin prisa. Al llegar a la casa de Ishmael el Mercader, desmontaron y llamaron, pero nadie respondió.
Mirdin arrugó la nariz.
– Se huele a muerte por aquí cerca-dijo, tranquilamente.
Entraron en la casa y encontraron los cadáveres de Ismael el Mercader y de hakim Fadil ibn Parviz, en estado de descomposición. No había huellas del aprendiz de tercer año Abbas Sefi, que sin duda había escapado del "refugio seguro" al ver que los otros eran azotados por la plaga.
De modo que debieron cumplir una última responsabilidad antes de abandonar la tierra azotada por la peste: rezaron sus oraciones e incineraron los dos cadáveres, haciendo una alta fogata con el lujoso mobiliario del mercader.
La misión médica había abandonado Ispahán con ocho hombres, tres salieron cabalgando de Shiraz.
LOS HUESOS DE UN ASESINADO
A su llegada, Ispahán le pareció una irrealidad desbordante de gente sana que reía o reñía. Durante un tiempo le resultó extraño caminar entre aquellas personas, como si el mundo estuviera achispado.
Ibn Sina se entristeció, pero no se sorprendió al enterarse de las deserciones y las muertes. Recibió ansioso el libro con las anotaciones de Rob. A lo largo del mes en que los tres aprendices esperaban en la casa de la Roca de Ibrahim para cerciorarse de no llevar la plaga a Ispahán, Rob escribió largamente un relato pormenorizado del trabajo en Shiraz. En sus informes puso de manifiesto que los otros dos aprendices le habían salvado la vida y los llenó de elogios.
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