David Liss - La Conjura

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Una vez más, el aclamado autor David Liss combina su conocimiento de la historia con la intriga, atractivas caracterizaciones y un cautivador sentido de la ironía, que le permite sumergir al lector en una vivida recreación del Londres de la época y componer un colorido tapiz de las intrigas políticas, los contrastes sociales y la picaresca reinante.
«Los lectores de El mercader de café, y los amantes de la novela histórica y de intriga disfrutarán con la fascinante ambientación, los irónicos diálogos y la picaresca de un héroe inolvidable.»
Benjamin Weaver, judío de extracción humilde, ex boxeador y cazarrecompensas, es acusado injustamente de haber cometido un asesinato, y que se convertirá en un improvisado detective con imaginativos recursos. Conforme avance en su investigación, comenzará a emerger el turbio mundo portuario, la corrupción política y la sed de poder.

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– ¿Y creéis que Greenbill Billy está detrás de las notas?

– Puede que sí o puede que no. Yo estoy en la banda de Yate, y sé que él no lo haría. Es un buen hombre. Es joven, pero es listo como un cerdo que consigue escapar de la feria de Bartholomew, y parece que quiere hacer las cosas bien. Tiene la mujer más guapa que he visto. No me importaría tener una mujer como esa, la verdad. Y la he visto que me miraba un par de veces. Ya lo sé que soy más viejo que Yate, pero tengo mis encantos. De cintura para abajo parezco un hombre joven, y no me extrañaría que una moza tan bonita se la diera con queso a su hombre, no sé si me entendéis.

Yo, que tenía la sensación de que nos habíamos desviado del tema, traté de llevar la conversación de vuelta a su cauce.

– Entonces quizá debería hablar con Greenbill.

Littleton chasqueó los dedos.

– Es lo que yo pensaba. Va a una taberna que se llama El Ganso y la Rueda, en Old Gravel Lane, cerca del depósito de madera. No estoy diciendo que sea él el que manda las notas, pero si no ha sido él, seguramente sabe quién lo ha hecho.

– ¿No le habéis dicho nada de esto al señor Ufford?

Me guiñó un ojo.

– No mucho, no.

– ¿Por qué?

– Porque -dijo en un susurro- Ufford es más tonto que el culo de un caballo. Y porque cuanto menos sepa, cuanto más miedo tenga y cuanto más vaya dando por saco de un lado a otro, más cerveza, pan y monedas habrá para mí. Seré sincero, porque no quiero que os enteréis por otro lado y penséis mal de mí. Le dije que no os metiera en esto. Dije que es porque la Iglesia no necesita que los judíos se metan en sus cosas, pero la verdad es que no quiero que se quede tranquilo demasiado pronto. Es malo para mi tripa. El invierno está a la vuelta de la esquina y no hay trabajo para los estibadores de los muelles. Me mantengo (lo justo para no morirme de hambre y de sed) limpiando de ratas los barcos que atracan. Es una desgracia que un estibador con insignia como yo tenga que verse de esa forma. Y, bueno, Ufford vino, me preguntó si podía ayudarle y me ofreció dinero y comida, y me dio esta ropa. Exprimirle las ubres es mucho mejor que cazar ratas, y no me gustaría que el pozo se seque demasiado pronto, ya me entendéis, aunque parece que él piensa que ya ha hecho por mí todo lo que debía y que yo tendría que bailar para él como una marioneta de Mayfair.

– Os entiendo. -Eché mano de mi bolsa y saqué un chelín, que le entregué.

– Bueno -dijo él, con una sonrisa de mono que dejaba a la vista unos poderosos dientes amarillos-, no se podría pedir más. Creo que habéis encontrado a un amigo, amigo mío. Si queréis, puedo llevaros a El Ganso y la Rueda yo mismo y deciros quién es Greenbill. No es mi amigo, y no me gustaría que me viera por allí, pero puedo deciros quién es. Siempre que me invitéis a algo cuando lleguemos, claro.

Empezaba a pensar que aquel asunto podía estar resuelto en uno o dos días, y era exactamente lo que necesitaba para volver a entrar en la dinámica del trabajo.

– Os estaría muy agradecido -le dije a Littleton-. Y si resulta que ese Greenbill es nuestro poeta o me lleva hasta él, no dudéis que habrá otro chelín para vos.

– Eso era lo que yo quería oír -dijo. Y acto seguido se metió la jarra de peltre vacía en una pequeña bolsa que había al lado de su silla-. Antes era mía. O una que se parecía.

Yo me encogí de hombros.

– Os aseguro que no me preocupa ninguna jarra que podáis llevaros de la cocina del señor Ufford.

– Muy amable -dijo él. Estiró el brazo y cogió mi jarra, la apuró y se la metió en la bolsa junto con la otra-. Pero que muy amable.

3

Cuando el juez Rowley pronunció la sentencia, supe que no se me permitiría regresar a la relativa comodidad de mi celda en la zona para los ricos, un privilegio que había costado sus buenos dineros pero que me había permitido estar alejado de la peligrosa chusma de la prisión. Pero, por mucho dinero que tenga, un hombre condenado a la horca debe permanecer en la parte destinada a esos infortunados, a cuyas filas pasé a incorporarme. Si bien sabía que no podría disfrutar de un alojamiento precisamente confortable, no tenía motivos para imaginar la seriedad de las intenciones del juez con respecto a mí. Cuando llegamos a la celda, en la oscuridad del infernal sótano de Newgate, uno de los guardas me ordenó que estirara los brazos para esposarme.

– ¿Por qué razón? -exigí.

– Por la razón de evitar que te escapes. El juez lo ha ordenado, así que hay que hacerlo.

– ¿Cuánto tiempo voy a permanecer esposado?

– Me parece que hasta que te ahorquen.

– Eso es dentro de seis semanas. ¿No es una crueldad tener a un hombre esposado seis semanas sin motivo?

– Eso tendrías que haberlo pensado antes de matar a ese tipo -me dijo.

– Yo no he matado a nadie.

– Pues entonces tendrías que haberlo pensado antes de dejar que te arrestaran por algo que no has hecho. Venga, las manos. No hace falta que estés consciente para que te espose como Dios manda. Y tengo intención de golpearte si no haces lo que digo, así podré decir a mis chicos que me he peleado con Ben Weaver.

– Si su intención es empezar un intercambio de golpes -me ofrecí-, acepto gustoso la oferta. Pero tengo la impresión de que no está pensando en un intercambio justo. -Con los regalos que me había hecho mi bella desconocida bien sujetos en el puño, tendí los dos brazos y dejé que aquel matón me esposara. A continuación me obligaron a sentarme en una silla de madera en el centro de la celda y me ataron las piernas de forma parecida, aunque las esposas estaban sujetas por una cadena a una argolla que salía del suelo. Solo disponía de unos metros para desplazarme.

Cuando los guardas me dejaron solo, tuve ocasión de examinar la celda. No era excesivamente pequeña; tendría metro y medio de ancho por tres de largo. Solo había la silla donde estaba sentado; un colchón basto, al que apenas llegaba tirando de la cadena; un orinal bastante grande para mis necesidades (por el tamaño deduje que no lo vendrían a vaciar con frecuencia); una mesa y una pequeña chimenea, que estaba apagada a pesar del frío. En lo alto de una de las paredes había una ventana pequeña y muy estrecha que daba unos centímetros por encima del nivel de la calle. Dejaba entrar algunos escasos rayos de luz, pero difícilmente podía considerarse una vía de escape, pues ni siquiera un gato hubiera podido escurrirse por aquellas estrechas ranuras. Había dos ventanas más grandes que daban al corredor, pero seguían sin ser lo bastante anchas para que un hombre pasara por ahí.

Respiré hondo para suspirar, pero me arrepentí al instante, pues el aire era malsano y hedía a causa de la proximidad de los cuerpos de otros condenados, y de otros que ya hacía tiempo que se habían ido. Olía a orinales que tenían que vaciarse y limpiarse. Y a vómitos, a sangre, a sudor.

Los sonidos tampoco eran consuelo. Oía muy cerca las patas de las ratas sobre el suelo de piedra, y el trasiego de los piojos, que se instalaron sobre mi persona sin darme tiempo a que me acostumbrara a mi nuevo entorno. A lo lejos, una mujer sollozaba y, algo más cerca tal vez, se oía una risa histérica. En resumen, que mi cuchitril era un lugar oscuro y desolador. No hacía más de uno o dos minutos que los guardas me habían dejado solo, y ya estaba yo tramando mi fuga.

No soy ningún genio de las fugas, pero en mis años mozos me colé en un buen número de casas, cuando mi carrera de púgil se vio truncada por una lesión en una pierna. Por tanto, sabía un par de cosillas sobre el uso de una ganzúa. Abrí el puño y observé el artilugio que la bella desconocida me había puesto en la mano, como si su peso pudiera decirme algo sobre su utilidad. No fue así, pero estaba decidido a que los esfuerzos de la dama no fueran en vano. Cierto, no tenía ni idea de quién podía ser o por qué había querido ayudarme, pero ya pensaría en eso cuando estuviera libre.

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