Vicente Blasco Ibáñez - Flor de mayo

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Y saludándola con amistoso ademán, subió seguida de su tía, inclinándose quejumbrosamente la tartana bajo el peso de las dos soberbias moles.

Se alejó el carromato con suspiros de desvencijamiento y chirridos de hierro viejo, y la mujercita, con sus cestas al brazo, quedó inmóvil en la acera, como si despertase asombrada, no creyendo en la realidad de una reconciliación con su rival.

II

Habían pasado muchos años, y sin embargo, unos por referencia y otros como testigos presenciales, todos se acordaban en el Cabañal de lo ocurrido un martes de Cuaresma.

El día fué de los más hermosos. El mar estaba tranquilo, terso como un espejo, sin la más ligera ondulación, reflejando el inquieto triángulo de oro que formaba el sol sobre las muertas aguas.

Vendíase el pescado como una bendición de Dios. La demanda era mucha en el mercado de Valencia, y las barcas arrastraban sus redes frente al cabo de San Antonio sin la menor inquietud, fiadas en la calma y deseando sus patrones llenar las cestas cuanto antes para regresar al Cabañal, en cuya playa esperaban impacientes las pescaderas.

Á mediodía cambió el tiempo. Sopló el viento de Levante, tan terrible en el golfo de Valencia; el mar se rizó levemente; avanzó el huracán, arrugando la tersa superficie, que tomaba un color lívido, y un montón de nubes corriéronse desde el horizonte, cubriendo al sol.

En la playa fué grande la alarma. Aquel viento anunciaba para las pobres gentes, duchas en las desgracias del mar, una tempestad de las que dejan rastro en los hogares de los pescadores.

Alborotábanse las pobres mujeres, y con las faldas azotadas por el viento corrían por la playa sin saber dónde ir, dando espantosos alaridos y encomendándose á todos los santos de su devoción, mientras que los hombres, pálidos, ceñudos, chupando sus cigarrillos y poniéndose al abrigo de las barcas varadas en la arena, examinaban el horizonte, cada vez más obscuro, con la mirada concentrada y poderosa de las gentes del mar, y se fijaban con inquietud en la entrada del puerto, en la avanzada escollera de Levante, rojos pedruscos sobre los cuales comenzaban á romperse las primeras moles de agua, cubriéndolos de hirvientes espumarajos.

La suerte de tantos padres á quienes la tempestad habría sorprendido ganándose el pan, hacía temblar á la gente de la playa; y á cada mugido del viento, todos, bamboleándose sobre la arena, pensaban en los robustos mástiles, en las triangulares velas que tal vez en el mismo momento se hacían trizas.

Á media tarde en el horizonte, cada vez más obscuro, comenzó a marcarse una línea de velas, como inquietos copos de espuma, que tan pronto se remontaban como desaparecían.

Llegaban como rebaño asustado y en dispersión, dando tumbos sobre las lívidas olas, perseguidas siempre por el mugido feroz, que parecía divertirse arrancándolas en cada papirotazo una vela, un trozo de mástil ó el timón, hasta que levantando una montaña de agua verdosa, cogía de través á la desmantelada barca y se la sorbía.

La última y más terrible lucha fué á la entrada del puerto. En las barcas que consiguieron entrar, los tripulantes, mojados de pies á cabeza, recibían los abrazos de sus familias con ojos de idiota, como resucitados que se asombran al verse de pronto en plena vida. Aquella noche dejó memoria en el Cabañal.

Grupos de mujeres desmelenadas, frenéticas de dolor, roncas de gritar sus aclamaciones al cielo, corrían por el muelle de Levante, expuestas á ser devoradas por las olas que escalaban los peñascos, mojadas por el polvo de amarga agua que escupía la furiosa marea, y miraban ansiosas el horizonte, como si en la sombra pudieran distinguir la lenta y horrible agonía de las últimas barcas.

Faltaban muchas á llegar. ¿Dónde estarían? ¡Ay Dios!.. ¡qué felices eran las mujeres que estaban en el puerto abrazando á sus maridos é hijos, mientras los otros, más infortunados, corrían dentro de un ataúd al través de la noche, saltando de ola en ola, rodando á lo más hondo de hirvientes simas, sintiendo bajo los pies el crujir de las quebrantadas tablas y sobre la cabeza la lívida montaña de agua próxima á desplomarse!

Llovió durante toda la noche, y muchas mujeres esperaron el amanecer en el muelle, combatido por el oleaje, envueltas en el calado mantón, en cuclillas sobre el barro negruzco del carbón de piedra, rezando á gritos para ser oídas mejor por los sordos de arriba, é interrumpiendo algunas veces su oración para tirarse de los revueltos pelos, lanzando á lo alto, en un arranque de odio y resentimiento, las terribles blasfemias de la Pescadería.

¡Hermoso amanecer! El sol asomó su hipócrita cara tras la tranquila línea del mar, matizada á trechos por las espumas de la noche anterior; extendió sobre las aguas su ancha faja de reflejos dorados é inquietos, embelleciéndolo todo; allí no había pasado nada; y lo primero que doraron sus rayos en la playa de Nazaret, fué el casco destrozado de un bergantín noruego encallado la noche anterior, hundido en la arena, mostrando á flor de agua sus costados despanzurrados, hechos astillas, y los palos rotos tremolando todavía jirones de velas.

Su cargamento era madera del Norte; y mansamente empujados por los suaves estremecimientos del mar, iban hacia la playa las enormes vigas, los aserrados tablones que, pescados por el revuelto enjambre de puntos negros que pululaba en la playa, desaparecían como tragados por la arena.

Bien trabajaban aquellas hormigas. Para ellas era la tempestad. Y por los caminos de la huerta de Ruzafa deslizábanse arrastradas las hermosas maderas del Norte, que habían de convertirse en techumbres de nuevas barracas.

Los piratas de la playa arreaban alegremente sus caballerías como legítimos poseedores del botín, sin pensar que tal vez estaba salpicado con la sangre de los infelices extranjeros que dejaban á sus espaldas tendidos sobre la arena.

En la playa, los carabineros y la muchedumbre inactiva formaban corros más curiosos que aterrados en torno de unos cuantos cadáveres tendidos entre el agua y la arena, hermosos mocetones rubios y fornidos, mostrando por entre los jirones de sus ropas la carne dura, de blancura femenil, mientras sus ojos azules, turbios é inmóviles, miraban al cielo con misteriosa expresión.

El naufragio del bergantín noruego fué lo más notable de la tempestad. Los periódicos hablaron de la catástrofe. Acudió la gente de Valencia como en romería para ver de lejos el buque náufrago hundido hasta la borda en la movediza arena, y todos olvidaron las barcas pescadoras, acogiendo con gestos de extrañeza las lamentaciones de aquellas mujeres que no veían volver á los suyos.

La desgracia no era tan grande como en un principio se creyó. Al serenarse el mar fueron volviendo al puerto muchas barcas, á las que se tenía por perdidas.

Habíanse refugiado huyendo de la tempestad en Denia, en Gandía ó en Cullera, y cada una de ellas, al llegar al puerto, provocaba alaridos de alegría, exclamaciones de gozo, votos de gracias á todos los santos encargados de cuidar los hombres que se ganan en el mar la subsistencia.

Una sóla no volvió: la barca del tío Pascualo, un vividor de los más tenaces que se conocían en el Cabañal, siempre rabiando por conquistar la peseta, pescador en invierno y contrabandista en verano, gran marinero y constante visitador de las playas de Argel y Orán, á las que llamaba con familiaridad la còsta d’afòra , como si se tratase de la acera de enfrente.

Su mujer, Tona, pasó más de una semana esperándole en el puerto, siempre con un arrapiezo al pecho y otro más talludo y gordinflón agarrado a sus faldas. Esperaba á su Pascual, y á cada nuevo informe que la daban, prorrumpía en lamentaciones y se mesaba los pelos, llamando á gritos á María Santísima.

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