Vicente Blasco Ibáñez - Flor de mayo

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La tía Picores bufaba de satisfacción al verse en la fresca sala que constituía su mayor lujo, contemplando todos los detalles, que le eran tan conocidos: el zócalo de pintarrajeada esterilla; las paredes de blancos azulejos; la mampara de cristales helados con cortinillas rojas; en la puerta las heladoras, inmóviles, con la panza enfundada en corcho y puntiaguda caperuza de metal; más adentro el mostrador, con sus dos urnas de cristal para los bizcochos y los azucarillos, y tras él la dueña dormitando, moviendo perezosamente la caña con su cabellera de rizados papeles para espantar el enjambre de moscas.

¿Qué iban á tomar? ¡Lo de siempre!.. eso no se pregunta. Jícara de á onza por barba y vaso de refresco.

Con este eran cuatro chocolates los que había engullido la tía Picores en la mañana; pero su estómago y el de sus amigas estaban á prueba del Caracas falsificado, que sorbían con sibarítico placer. ¿Había cosa mejor en el mundo? Aquello alargaba la vida. Y las arrugadas narices de las viejas contraíanse con expresión ansiosa, aspirando el humillo azulado que exhalaban las blancas jícaras.

Salían los pedazos de ensaimada chorreando obscura pasta para sumirse en las bocas desdentadas, mientras que las dos jóvenes apenas si comían, permaneciendo con la cabeza baja para no cruzar sus miradas.

Pero como ya la jícara de la tía Picores estaba casi vacía, intervino su vozarrón en el penoso silencio.

¡Pero qué tontas eran! ¿Aun les duraba el disgusto? Había que reconocer que las pescaderas de ahora eran muy diferentes á las de antes. ¡Qué morros se ponían! ¡Qué rencores se guardaban! ¡Ni que fuesen señoritas! Antes la gente tenía mejor corazón. Y si no, vamos á ver: ¿no se había tirado ella del moño con todas las de su edad que estaban presentes? (Aquí un movimiento afirmativo de las seis amigas de la vieja loba.) De seguro que si se arremangasen los zagalejos, aun encontrarían tal vez más abajo de la espalda la señal de algún taconazo traidor; y sin embargo, tan amigas, tan dispuestas á hacerse un favor, á remediarse en una desgracia. Y así debe ser la gente, ¡recordones! Todas tenemos un pronto, pero después que nos pasa se olvida, como hacen las gentes de buen corazón. Las rabietas se dejan á la puerta de la chocolatería, y aquí dentro buenas amigas. Lo que decía su madre y se ha dicho siempre en la Pescadería. Los pesares no han de pasar de la garganta.

Pesar, d' así no has de pasar.
Chocolate, bollet y gòt de quinset.

Y aunque el vaso no fuera de quinset , por no ser aún época de helados, todas las viejas, aprobando la filosofía de su compañera, se sorbieron los vasos de tisana dulce, expresando algunas su satisfacción con ruidosos eructos.

Pero la tía Picores iba indignándose ante la silenciosa reserva de las dos rivales. ¡Qué! ¿Iban á estarse así toda la vida? ¿Es que sus palabras no valían nada? Á ver: Rosario, que era la más culpable.

Y la mujercita, siempre con la cabeza baja, tirando de los flecos de su mantón, masculló algo confusamente sobre su marido, y al fin dijo con lentitud:

Yo… si esta me prometferli mala cara

Dolores saltó inmediatamente, irguiendo su soberbia cabeza.

¡Hacer mala cara! ¿Era ella acaso algún coco, algún butòni para asustar á las personas? Además, Tonet, el dichoso marido de la otra, era hermano de su hombre, y á un cuñado no se le puede cerrar la puerta ni recibirlo con cara de vinagre. Pero al fin… ella era buena; ella no tenía ganas de ruidos; ella quería vivir en santa paz y no le gustaba tampoco que la llevaran en lenguas. Todo eran líos, mentiras de la gente que no sabe cómo enguerrar á los buenos matrimonios. ¡Que ella había sido novia de Tonet antes de casarse con su hermano!.. ¿y qué? ¿Era la primera vez que ocurría esto? ¿Y qué otro motivo había para que la armasen tales calumnias?.. Lo volvía á repetir: quería paz y tranquilidad. Hacer mala cara, eso no; pero prometía que si alguna confianza se tomaba con Tonet, como á cuñado que era, no volvería á repetirla para que las malas lenguas no tuviesen donde agarrarse.

La tía Picores estaba radiante. Así le gustaban á ella las personas. Buen corazón ante todo. ¡Qué! ¿estaba contenta Rosario? ¿No era bastante? Ahora un abrazo y todo se acabó.

Y de mala gana, casi empujadas por las viejas, las dos cuñadas se abrazaron sin levantarse de las sillas.

La tía, satisfecha de su triunfo, hablaba por los codos. Era una locura que las mujeres riñesen por un hombre. Lo que ella decía. ¿No había de sobra hombres en el mundo? Eso es lo que querían los muy granujas; que riñesen por ellos, para crecerse y hacer su santa voluntad.

La mujer debía tener agallas , sí señor; muchas agallas . Ser como ella, que cuando su difunto le hacía una, sabía traerlo al orden, y hasta si era preciso, obligarle á que le pidiese perdón.

Además, buenos eran ellos para tenerles celos. ¿Para qué mayor infierno? ¿Sabía una siempre dónde pasaba las horas el marido al salir de casa? No; por lo mismo era una tontería enrabietarse por sus pilladas y no darse buena vida. Cuanto más fiera es una, más la quieren. Lo que hacía ella con el difunto cuando sospechaba algo. ¡Fuera de la cama; y donde has pasado el verano pasa el invierno! Siempre la cara de perro; nada de mimos ni cucamonas ; así la respetan á una.

Dolores, seria y estirada, contraía los labios como si contuviera la risa que le escarabajeaba en el paladar.

Rosario protestaba. No; ella no estaba conforme con la tía Picores . Vivía honradamente con su marido y tenía derecho á que Tonet la imitara. No le gustaban líos ni enredos.

La vieja la interrumpió. Todo aquello eran músicas, hipocresías que la daban asco. Había que tomar á los hombres tal como eran. ¿Verdad, chicas?..

Y todas las amigachas afirmaban moviendo sus cabezas de indio viejo.

La tía Picores continuó. Todos los hombres eran unos bestias, que cuanto más mal los trata una, mejor la siguen como perros. Además, la que quisiera tener seguro á su hombre, que lo atase á una pata de la cama con las cintas de las enaguas… Y no decía más.

El tartanero había asomado su cabeza varias veces. Esperaba impaciente y manifestaba su prisa con un gran acompañamiento de interjecciones contra aquellas viejas que tomaban su tartana como una carroza propia.

¡Aguárdat, cara de palleta! – gritó la ronca vieja – . ¿Qué no te paguem?

Y al ver que sus amigachas rebuscaban en sus bolsas, extendió su brazo majestuosamente. Allí no pagaba nadie, ¡recordones! La fiesta era cosa suya. Había que celebrar la reconciliación de las chicas.

Poniéndose en pie, se arremangó falda y zagalejo, buscando sobre las enaguas una gran bolsa ceñida á la cintura, de la que fue sacando unas tijeras de destripar pescado cubiertas de escamas, una navaja mohosa, y por fin un puñado de calderilla, que arrojó sobre la mesa.

Algunos minutos pasó contando y recontando las piezas pegajosas, saturadas de olor de marisco, y por fin dejó el montoncito sobre el mármol, saliendo de la chocolatería cuando ya todas las amigachas se habían encaramado en la vieja tartana.

Rosario, con sus cestas vacías, estaba en la acera, frente á Dolores, mirándose las dos y sin saber qué decirse.

La tía Picores la invitó á subir en la tartana. Se apretarían un poco y la llevarían hasta casa… ¿Que no? Bueno, pues ya sabía lo dicho: mucha paz y tranquilidad.

Adiós , Rosario – dijo Dolores sonriendo graciosamente – . Ya saps que som amigues .

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