“Puede que sea la manera más rápida de conseguir respuestas por ahora,” dijo ella. “Incluso si no conseguimos nada, es una tarea completada.”
“Suenas como un robot parlante,” dijo Ellington con una sonrisa.
Ignorándole, Mackenzie caminó de vuelta al coche donde Thorsson y Heideman les habían estado observando.
“¿Sabemos dónde vive Delores Manning?” preguntó ella.
“Sí, vive en Búfalo, New York,” dijo Thorsson. “Pero tiene familia cerca de Sigourney.”
“Eso está también en Iowa, ¿no es cierto?”
“Así es,” dijo Thorsson. “Su madre vive a unos diez minutos a las afueras del pueblo. El padre ha fallecido. Nadie les ha informado todavía sobre la desaparición. Por lo que podemos decir, solo ha estado desaparecida unas veintiséis horas más o menos. Y aunque no podemos confirmarlo, no podemos evitar preguntarnos si hizo una visita a la familia mientras estaba tan cerca debido a la promoción de su libro en Cedar Rapids.”
“Creo que seguramente deberían ser informados,” dijo Mackenzie.
“Lo mismo digo,” dijo Ellington, uniéndose a ellos.
“Adelante, pues,” bromeó Thorsson. “Sigourney está como a una hora y quince minutos de distancia. Nos encantaría acompañaros,” añadió sarcásticamente, “pero eso no formaba parte de nuestras instrucciones.”
Cuando dijo esto, se les unió uno de los policías. La placa que llevaba puesta indicaba que era el alguacil de la zona.
“¿Necesitáis que nos quedemos para algo?” preguntó.
“No,” dijo Ellington. “Quizá solo para darnos el nombre de un hotel decente en la zona.”
“Solamente hay uno en Bent Creek,” dijo el alguacil. “Así que es el único que realmente puedo recomendar.”
“En fin, entonces supongo que tomaremos tu recomendación. Y también necesitamos otra para un alquiler de coches en Bent Creek.”
“Puedo arreglar eso,” dijo el alguacil, dejándolo estar.
Con la ligera impresión de que le habían dejado de lado, Mackenzie regresó de vuelta al todoterreno y tomó su asiento en la parte de atrás. Mientras los otros tres agentes se montaban en el coche, Mackenzie empezó a pensar en esas pistas de tierra que salían de la Ruta Estatal 14. ¿Quién era el dueño de esa propiedad? ¿A dónde llevaba los senderos?
A medida que se dirigían a Bent Creek, las carreteras rurales parecían plantear cada vez más preguntas en la mente de Mackenzie… algunas eran irrelevantes, pero otras parecían más urgentes. Las memorizó todas mientras pensaba en el cristal roto en la carretera. Intentó imaginarse a alguien pintando ese cristal con la clara intención de provocar que el coche de alguien se averiara.
Indicaba algo más que mera intención. Indicaba una cuidadosa planificación y un conocimiento del flujo del tráfico en la Ruta Estatal 14 a esa hora de la noche.
Nuestro tipo es inteligente de una manera ciertamente peligrosa, pensó. También es un planificador y parece estar solo interesado en mujeres.
Empezó a bosquejar un perfil para dicho sospechoso y de inmediato comenzó a sentir la presión… de la necesidad de moverse deprisa. Sintió que él estaba en alguna parte de este pequeño agujero rural de árboles y carreteras serpenteantes, rompiendo más cristales, rociándolos con pintura.
Y planeando la captura de otra víctima.
Delores Manning estaba pensando en su madre cuando abrió los ojos. Su madre, que vivía en una porquería de parque para casas móviles a las afueras de Sigourney. La mujer era muy orgullosa, muy testaruda. El plan era que Delores iba a visitarla después de hacer la promoción de su libro en Cedar Rapids. Como acababa de firmar un contrato para escribir tres libros más con su editorial actual, Delores había firmado un cheque por 7000 dólares, esperando que su madre lo aceptara y lo usara con inteligencia. Quizá era algo pretencioso por su parte, pero Delores se sentía avergonzada de que su madre viviera de la beneficencia, de que tuviera que usar cupones de comida para hacer la compra. Había sido así desde que muriera su padre y—
Los pensamientos difusos sobre su madre se alejaron mientras sus ojos se empezaban a acostumbrar a la oscuridad en la que se encontraba. Estaba sentada con su espalda presionada contra algo que era muy duro y casi fresco al tacto. Lentamente, se puso de pie. Al hacerlo, se golpeó la cabeza con algo que parecía ser del mismo material que la superficie en la que se estaba apoyando.
Confundida, levantó los brazos y no pudo extenderlos demasiado lejos. A medida que el pánico empezaba a atenazarla, sus ojos cayeron en la cuenta de que había unas pequeñas líneas de luz atravesando la oscuridad. Directamente enfrente de ella había tres barras rectangulares de luz. Y esas barras fueron las que le informaron de su situación.
Estaba dentro de algún tipo de contenedor…. estaba bastante segura de que estaba hecho de acero o de algún otro tipo de metal. El contenedor tenía poco más de un metro de alto, con lo que no podía ponerse del todo en pie. Parecía tener algo más que un metro de profundidad y aproximadamente la misma anchura. Comenzó a tomar respiraciones rápidas, sintiéndose claustrofóbica al instante.
Se apoyó con fuerza en la pared frontal del contenedor y aspiró aire fresco a través de las aperturas rectangulares. Cada apertura medía unos quince centímetros de alto y quizá unos ocho de ancho. Cuando aspiró el aire fresco por la nariz, detectó un olor a tierra y a algo dulce pero desagradable.
En alguna parte más alejada, tan tenues que podían haber estado en otro mundo, pensó que podía escuchar algún tipo de chillidos. ¿Maquinaria? ¿Quizá algún tipo de animal? Sí, era un animal… pero no tenía ni idea de cuál. ¿Cerdos, quizás?
Ahora que su respiración se estaba estabilizando, dio un paso atrás desde su posición en cuclillas y entonces miró a través de las aperturas.
Afuera, vio lo que parecía ser el interior de un cobertizo o algún otro viejo edificio de madera. Como a unos siete metros por delante de ella, podía ver la puerta del cobertizo. La turbia luz natural entraba a través del marco deformado por donde la puerta no encajaba bien. Aunque no podía ver mucho, podía ver lo suficiente como para calcular que seguramente se encontraba en un lío muy serio.
Era evidente en el extremo de la puerta atornillada que apenas podía vislumbrar a través de las aperturas en el contenedor. Se apalancó y empujó con fuerza la parte delantera del contenedor. No dio resultado—ni siquiera provocó un crujido.
Sintió como el pánico le invadía de nuevo y entonces supo que tenía que echar mano de las pocas neuronas lógicas y calmadas que ahora poseía. Pasó las manos por la parte baja de la puerta del contenedor. Esperaba encontrar bisagras, quizá algo con tornillos o tuercas que pudiera aflojar con algo de tiempo. Ella no era demasiado fuerte, pero si uno de los tornillos estuviera suelto o torcido…
Una vez más, no encontró nada. Intentó lo mismo en la parte trasera y tampoco allí encontró nada.
En un acto de absoluta desesperación, le dio una patada a la puerta con toda la fuerza de la que fue capaz. Cuando eso no obtuvo resultados, se fue a la parte de atrás del contenedor y tomó carrerilla para lanzar su hombro derecho contra la puerta. Lo único que consiguió fue salir despedida y caerse hacia atrás. Se golpeó la cabeza con el lateral del contenedor y cayó bruscamente hacia atrás.
Un grito surgió en su garganta, pero no estaba segura de que eso fuera la mejor idea. Podía recordar claramente al hombre de la camioneta en la carretera y cómo le había atacado. ¿De verdad quería que viniera corriendo hacia ella?
No, la verdad es que no. Piensa, se dijo a sí misma. Utiliza ese cerebro creativo que tienes y busca la manera de salir de esta.
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