—Comamos algo en la plaza de comidas —dijo Sarah, tratando de cambiar la dinámica. Lanie asintió y ambas salieron, dejando detrás a una decepcionada vendedora.
Una vez se sentaron a mordisquear una ración de pretzels, Sarah se decidió por fin a averiguar qué estaba pasando.
—Bueno, ya sabes que siempre adoro verte, Lanie. Pero sonaste tan seria cuando llamaste y luces tan incómoda… ¿hay algo que no está bien?
—No. Todo está genial. Yo solo… mi novio viene a saludar y creo que me siento nerviosa al pensar que vas a conocerlo. Es un poco mayor y solo hemos estado juntos unas pocas semanas. Siento quizás que podría estarlo perdiendo y pensé que tú podrías elogiarme un poco, y que si él me viera con mi más vieja amiga, ¿me vería él de una manera distinta?
—¿Cómo te ve él ahora? —preguntó Sarah, algo preocupada.
Antes de que Lanie pudiera responder, un chico se aproximó a la mesa. Sin que mediaran las presentaciones, Sarah supo que este debía ser el novio.
Era alto y extremadamente delgado, con jeans ajustados y una camiseta negra que destacaba su pálida piel y sus múltiples tatuajes. Sarah notó que él y Lanie tenían la misma imagen de una pequeña calavera y dos tibias cruzadas en el envés de sus muñecas izquierdas.
Con su cabello negro, largo, puntiagudo, y sus penetrantes ojos oscuros, no es que fuera apuesto, es que era bello. Le recordaba a Sarah a unos de los vocalistas principales de esas bandas metaleras de melenudos de los 1980s, con los que su mamá se embelesaba, con nombres como Skid Row o Motley Row o algo Row. Tenía por lo menos veintiuno.
—Oye, nena —dijo de manera casual y se inclinó para darle a Lanie un beso apasionado, sorprendente al menos para una pequeña plaza de comidas—. ¿Le dijiste?
—No he tenido oportunidad —dijo Lanie mansamente, antes de voltearse hacia Sarah—. Sarah Caldwell, este es mi novio, Dean Chisolm. Dean, esta es mi más vieja amiga en el mundo, Sarah.
—Encantada de conocerte —dijo Sarah, inclinando la cabeza de manera cortés.
—El placer es todo mío —dijo Dean, tomando la mano de ella y haciendo una reverencia teatral y exagerada—. Lanie habla de ti todo el tiempo, y de cómo desea que ambas pudieran pasar más rato juntas. Así que me alegra en verdad que pudieran verse hoy.
—A mí también —dijo Sarah, impresionada por el inesperado encanto del chico, sin que por ello dejara de recelar—. ¿Qué es lo que ella no tuvo oportunidad de decirme?
Todo el rostro de Dean se resolvió en una franca sonrisa que pareció desvanecer sus sospechas.
—Oh, eso —dijo—. Unos amigos vienen esta tarde a mi casa y pensamos que sería divertido que te unieras. Algunos de ellos están en bandas. Una de ellas necesita un nuevo vocalista principal. Lanie pensó que podría gustarte conocerles. Dice que eres una cantante realmente buena.
Sarah miró a Lanie, que le sonrió de vuelta sin decir nada.
—¿Es eso lo que quieres hacer? —le preguntó Sarah.
—Podría ser divertido intentar algo nuevo —dijo Lanie. Su tono era casual, pero Sarah reconoció la mirada en sus ojos, que suplicaba a su amiga no decir nada que la avergonzara delante de su nuevo novio de turno.
—¿Dónde es eso? —preguntó Sarah.
—En las adyacencias de Hollywood —dijo él, con un destello de satisfacción en sus ojos—. Salgamos. Será divertido.
*
Sarah se sentó en el asiento trasero del viejo Trans Am de Dean. La reliquia estaba bien mantenida en el exterior, pero el interior estaba regado con colillas de cigarrillo y envoltorios enrollados de McDonald’s. Dean y Lanie se sentaron adelante. Con la música a todo volumen, era imposible sostener una conversación. Cruzaron Hollywood en dirección a la Pequeña Armenia.
Sarah miró a su amiga en el asiento delantero y se preguntó si realmente la estaba ayudando al venir. Sus pensamientos volvieron al baño de damas del centro comercial justo antes de irse; allí Lanie por fin se había franqueado de alguna manera con ella.
—Dean es super-apasionado —le había dicho mientras una vez más revisaban su maquillaje en el espejo del baño—, y me preocupa que si no le sigo el paso, voy a perderlo. Es decir, él es tan sexy. Podría tener las chicas que quisiera. Y no me trata como una adolescente. Me trata como una mujer.
—¿Es por eso que tienes esos moretones, porque te trata como una mujer?
Trató de captar los ojos de Lanie en el espejo, pero su amiga se rehusó a verla directamente.
—Solo estaba molesto —dijo—. Dijo que yo estaba avergonzada de él y que por eso no se lo presentaba a ninguna de mis respetables amigas. Pero la verdad es que ya no tengo esa clase de amistades. Fue entonces que pensé en ti. Me imaginé que si los dos se conocían, sería como matar dos pájaros. Él sabría que yo no le estaba escondiendo, y tú me harías ver bien porque al menos tengo una amiga que, ya sabes, tiene un futuro.
Toparon con un bache y los pensamientos de Sarah volvieron abruptamente al presente. Dean se detuvo junto a un espacio paralelo a la calzada de una sórdida calle con una hilera de pequeñas casas, todas con rejas en las ventanas.
Sarah sacó su teléfono e intentó por tercera vez enviar un breve texto a su mamá. Pero seguía sin señal. Era extraño, porque no se encontraban en una zona remota o algo parecido; estaban en el corazón de Los Ángeles.
Dean estacionó el vehículo y Sarah guardó de nuevo el teléfono en su bolso. Si la recepción seguía así de mala en la casa, usaría un teléfono fijo. Después de todo, su mamá era muy comprensiva, pero irse por varias horas sin hacer una llamada de cortesía iba definitivamente contra las reglas familiares.
Mientras caminaban por el sendero que llevaba a la casa, Sarah podía oír el ritmo palpitante de la música. El hormigueo de una incertidumbre cruzó su cuerpo pero ella lo ignoró.
Dean golpeó fuertemente la puerta y esperó mientras alguien en el interior abría lo que sonaba como varias cerraduras separadas.
Finalmente, la puerta se abrió con un crujido y mostró a un chico cuya cara estaba oculta bajo una masa de largos y desordenados cabellos. El fuerte olor a yerba se esparció y golpeó a Sarah de manera tan inesperada que comenzó a toser. El hombre vio a Dean y le dio un suave golpe con el puño, abrió entonces por completo la puerta para dejarlos pasar.
Lanie entró y Sarah permaneció detrás de ella, muy cerca. Separando el vestíbulo del resto de la casa, estaba una gran cortina de terciopelo rojo, como algo sacado de un cursi acto de magia. Cuando el melenudo volvió a echar las cerraduras detrás de ellos, Dean corrió la cortina y los guió hasta el recibidor.
Sarah se sintió impactada con lo que vio. La habitación estaba repleta de divanes, sofás de dos puestos y pufs. En cada uno de ellos había parejas liándose y en algunos casos, haciendo algo más. Todas las chicas se veían como de la edad de Sarah y la mayoría se veía bastante drogada. Unas pocas parecían haber perdido el conocimiento, lo que no impedía que los hombres, todos los cuales se veían mayores, continuaran haciéndolo. La vaga sensación de inquietud que había sentido mientras caminaba hacia la casa regresó, pero ahora más fuerte.
Este no es un lugar en el que quiera estar.
El aire estaba saturado de yerba, y de algo más dulce y más fuerte que Sarah no reconoció. Casi como una señal, Dean le pasó un pitillo a Lanie. Esta aspiró profundamente antes de ofrecérselo a Sarah, que lo rechazó. Decidió que ya tenía bastante con aquel sitio, que se veía como el set de una vieja película porno.
Sacó su teléfono para pedir un Uber, pero vio que seguía sin señal.
—Dean —gritó por encima de la música—, necesito llamar a mi mamá para hacerle saber que llegaré tarde, pero no consigo conectarme. ¿Tienes un teléfono fijo?
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