—¿Significa?
—Significa que no estoy en mi turno. Y esa madre me está esperando.
—Pareciera que tú nunca estás en tu turno. Devuélvele la llamada, Keri. Dile que te envíe por correo electrónico las formas cuando haya terminado. Dile que llame para acá si tiene alguna pregunta. Pero ve a casa.
Ella había sido tan paciente como había podido pero por lo que a ella concernía, la conversación había terminado.
—Te veré mañana, Sr. Inmaculado —dijo, dándole un apretón en el brazo.
Cuando se dirigía al estacionamiento para buscar su Toyota Prius de color plata y diez años de uso, trató de recordar la vía más rápida para llegar a los Canales de Venice. Sentía ya una urgencia que no comprendía.
Una que no le gustaba.
Lunes
Cayendo la tarde
Keri maniobró con el Prius a través del tráfico de la hora pico en el límite oeste de Venice, conduciendo más rápido de lo normal. Algo la estaba moviendo, una corazonada que sentía crecer, una que no le gustaba.
Los Canales estaban a pocas cuadras de puntos de interés turístico como Boardwalk y Muscle Beach, y le tomó diez minutos de recorrido por la Avenida Pacific antes de poder conseguir un lugar para estacionar. Se bajó y dejó que el teléfono le indicase el resto del camino a pie.
Los Canales Venice no eran solo el nombre de una urbanización. Eran realmente una serie de canales artificiales construidos a principios del siglo veinte, a imitación de los originales ubicados en Italia. Ellos cubrían unas diez cuadras justo al sur del Boulevard Venice. Unos pocos de los hogares que se alineaban junto a las corrientes de agua eran modestos, pero la mayoría eran extravagantes en el mejor estilo playero. Las parcelas eran pequeñas pero algunos de los hogares fácilmente valían ocho cifras.
La casa a la que Keri llegó estaba entre las más impresionantes. Tenía tres plantas, pero solo el piso superior era visible, debido al alto muro estucado que la rodeaba. Ella dio la vuelta desde la parte de atrás, que daba al canal, hasta la puerta del frente. Mientras lo hacía, notó múltiples cámaras de seguridad en los muros de la mansión y en la casa misma. Varias de ellas parecían estar siguiendo sus movimientos..
¿Por qué una madre con una hija adolescente vive aquí? ¿Y por qué tanta seguridad?
Llegó hasta la verja de hierro forjado de enfrente y se sorprendió de encontrarla abierta. Pasó adelante y estaba a punto de tocar la puerta cuando esta se abrió desde adentro.
Una mujer salió a recibirla, vestía jeans raídos y un top blanco sin mangas, con una cabellera larga y abundante de color castaño, y los pies descalzos. Como Keri había sospechado al escucharla por teléfono, no pasaría de los treinta. Tendría la misma estatura de Keri, pero era nueve kilos más delgada, y estaba además bronceada y en forma. Se veía estupenda, a pesar de la expresión ansiosa en su rostro.
El primer pensamiento de Keri fue esposa trofeo.
—¿Mia Penn? —preguntó Keri.
—Sí. Entre por favor, Detective Locke. Ya he rellenado los formularios que me envió.
Por dentro, la mansión se abría a un impresionante vestíbulo, con dos escaleras gemelas de mármol que llevaban al nivel superior. Había casi suficiente espacio para organizar un juego de los Lakers. El interior era inmaculado, con cuadros cubriendo cada pared y esculturas adornando mesas de madera tallada que se veían también como obras de arte en sí mismas
Todo el lugar se veía como si hubiera aparecido como nota a destacar en la revista Hogares que te hacen cuestionar tu propia valía. Keri reconoció una pintura colocada en un lugar prominente como un Delano, lo que era decir que esa sola, valía más que la patética casa bote de veintidós años que ella llamaba hogar.
Mia Penn la guió a otro de los recibidores, más casual, y le ofreció asiento y agua embotellada. En un rincón de la sala, un hombre de constitución gruesa con pantalones y chaqueta estaba recostado de la pared. No dijo nada pero sus ojos no se apartaron de Keri. Esta notó un pequeño bulto en la parte derecha de su cadera, bajo la chaqueta.
Un arma. Debe ser de seguridad.
Una vez que Keri se sentó, su anfitriona no perdió tiempo.
—Ashley sigue sin contestar mis llamadas o mis textos. No ha tuiteado desde que salió de la escuela. No hay posts en Facebook. Nada en Instagram —suspiró y añadió—. Gracias por venir. Me faltan palabras para expresarle lo mucho que esto significa para mí.
Keri asintió lentamente, estudiando a Mia Penn, tratando de descifrarla. Al igual que por teléfono, el pánico apenas disimulado se sentía real.
Ella parece temer en verdad por su hija. Pero hay algo que se está reservando.
—Usted es más joven de lo que yo esperaba —Keri dijo finalmente.
—Tengo treinta. Tuve a Ashley cuando tenía quince.
—Wow.
—Sí, eso es más o menos lo que todo el mundo dice. Yo siento que como somos tan cercanas en edad, tenemos esta conexión. A veces puedo jurar que sé lo que ella está sintiendo incluso antes de verla. Sé que suena ridículo pero tenemos este lazo. Y yo sé que no hay evidencia, pero puedo sentir que algo está mal.
—No entremos en pánico todavía —dijo Keri.
Pasaron revista a los hechos.
La última vez que Mia vio a Ashley fue esa mañana. Todo estaba bien. Desayunó yogurt con granola y fresas fileteadas. Se había ido a la escuela de buen humor.
La mejor amiga de Ashley era Thelma Gray. Mia la llamó cuando Ashley no apareció después de clase. De acuerdo a Thelma, Ashley estaba, como se suponía que debía estar, en la clase de geometría de tercer período, y todo parecía normal. La última vez que vio a Ashley, fue en el corredor, como a las 2 PM. Ella no tenía idea de por qué Ashley no había llegado a casa.
Mia también había hablado al novio de Ashley, un chico de tipo atlético llamado Denton Rivers. Él dijo que vio a Ashley en la escuela por la mañana pero que eso fue todo. Le envió unos pocos mensajes de texto después de clase, pero ella nunca respondió.
Ashley no tomaba ninguna medicación, no tenía problemas físicos que mencionar. Mia dijo que más temprano había pasado por el dormitorio de Ashley y todo se veía normal.
Keri garrapateó todo en una pequeña libreta, destacando los nombres sobre lo que volvería más tarde.
—Mi marido debe llegar a casa desde la oficina en cualquier momento. Sé que él quiere hablar con usted también.
Keri levantó la vista de la libreta. Algo en la voz de Mia había cambiado. Sonaba más a la defensiva, más cautelosa.
Sea lo que sea que está ocultando, apuesto a que está relacionado con esto.
—¿Y cuál es el nombre de su esposo? —preguntó, tratando de parecer indiferente.
—Su nombre es Stafford.
—Espere un minuto —dijo Keri—. ¿Su marido es Stafford Penn, el Senador de los Estados Unidos Stafford Penn?
—Sí.
—Esa es una información importante, Sra. Penn. ¿Por qué no la mencionó antes?
—Stafford me pidió que no lo hiciera —dijo ella a modo de disculpa.
—¿Por qué?
—Dijo que quería tratar eso con usted cuando él llegara.
—¿Cuándo dijo usted que estaría aquí de nuevo?
—Con seguridad, en menos de diez minutos.
Keri la miró de manera inquisitiva, tratando de decidir si debía presionarla. Al final, lo dejó como estaba, por ahora.
—¿Tiene una foto de Ashley?
Mia Penn le entregó su teléfono. La foto de fondo mostraba a una adolescente con vestido escotado, sin mangas. Se veía como la hermana menor de Mia. Apartando el cabello rubio de Ashley, era difícil distinguir a una de la otra. Ashley era ligeramente más alta, más bronceada y con una constitución más atlética. El vestido no podía ocultar sus piernas musculosas y sus poderosos hombros. Keri sospechó que practicaba el surf con regularidad.
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