Blake Pierce - Un Rastro de Muerte

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Una historia dinámica que te atrapa desde el primer capítulo y no te deja ir. Midwest Book Review, Diane Donovan (en torno a Una Vez Ido) Del autor de misterio, #1 en ventas, Blake Pierce, viene una nueva obra maestra del suspenso psicológico. Keri Locke, Detective de Personas Desaparecidas en la División de Homicidios del Departamento de Policía de Los Ángeles, continúa acechada por el secuestro, años antes, de su propia hija, a la nunca ha vuelto a encontrar. Todavía obsesionada por hallarla, Keri oculta su pena de la única manera que conoce: metiéndose de lleno en los casos de personas extraviadas en Los Angeles. Una llamada telefónica rutinaria, realizada por la preocupada madre de una estudiante de secundaria, desaparecida hace apenas dos horas, debería ser ignorada. Algo, sin embargo, en la voz de la madre pulsa una cuerda, y Keri decide investigar. Lo que descubre la impacta. La hija desaparecida – de un prominente senador – ha estado escondiendo secretos que nadie conocía. Cuando toda la evidencia apunta a una fuga de casa, Keri recibe la orden de dejar el caso. Sin embargo, a pesar de las presiones de sus superiores y de los medios, a pesar de todas las pistas que se caen, una brillante y obsesionada Keri se rehúsa a abandonar. Ella sabe que solo dispone de 48 horas si quiere tener alguna posibilidad de traer a la chica de vuelta, sana y salva. Un oscuro thriller psicológico con un suspenso que acelera los latidos, UN RASTRO DE MUERTE marca el debut de una nueva serie que te atrapará – y de un nuevo y adorable personaje – que te dejará leyendo hasta altas horas de la noche. ¡Una obra maestra de suspenso y misterio! El autor hizo un trabajo magnífico desarrollando personajes con un lado psicológico tan bien descrito que percibimos el interior de sus mentes, seguimos sus miedos y aplaudimos sus éxitos. La trama es muy inteligente y te mantendrá entretenido a lo largo del libro. Lleno de giros, este libro te mantendrá despierto hasta llegar a la última página. Libros and Movie Reviews, Roberto Mattos (en torno a Una Vez Ido) El libro #2 en la serie Keri Locke pronto estará disponible.

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Fue tan sutil y silencioso que Ashley ni siquiera lo notó. Antes de que pudiera reaccionar, sus ojos comenzaron a cerrarse, y su cuerpo a desplomarse.

Ella ya estaba cayendo hacia delante, perdiendo la conciencia, y todo lo que él tuvo que hacer fue estirarse e introducirla en el asiento del pasajero. Para el observador casual, podría incluso verse como si ella hubiera subido voluntariamente.

Su corazón golpeaba con fuerza pero se obligó a guardar la calma. No había marcha atrás.

Pasó el brazo por encima del espécimen, haló la puerta de pasajeros para cerrarla, y aseguró el cinturón de seguridad de ella y el suyo. Finalmente, se permitió respirar una sola vez, lenta y profundamente.

Después de asegurarse de que todo estaba despejado, arrancó.

Enseguida se unió al tráfico de media tarde del Sur de California, confundiéndose como otro conductor más, tratando de encontrar su ruta en un océano de humanidad.

CAPÍTULO UNO

Lunes

Cayendo la tarde

La detective Keri Locke se conminó a sí misma a no hacerlo esta vez. Como la detective de más bajo rango en la División Pacífico Los Ángeles Oeste Unidad de Personas Desaparecidas, se esperaba que trabajara más duro que cualquier otro en la División. Y como una mujer de treinta y cinco años que se había unido a la fuerza hacía apenas cuatro, a menudo sentía que se esperaba que ella fuese el policía más trabajador de todo el Departamento de Policía de Los Ángeles. No podía darse el lujo de lucir como si se estuviese tomando un descanso.

A su alrededor, el departamento era un rebullicio de actividades. Una anciana de origen hispano estaba sentada junto a un escritorio cercano, poniendo una denuncia por el robo de una cartera. En otro punto de la estancia, un ladrón de carros estaba siendo fichado. Era una típica tarde en la que ahora era su nueva vida. Pero la urgencia seguía allí, recurrente, consumiéndola, rehusándose a ser ignorada.

Se dejó llevar. Se levantó y deambuló hasta la ventana que miraba hacia el Boulevard Culver. Se paró allí y casi pudo ver su reflejo. Con el resplandor vacilante del sol de atardecer, ella lucía en parte humana, en parte fantasma.

Así era cómo se sentía. Sabía que objetivamente, era una mujer atractiva. Un metro setenta de estatura y alrededor de 59 kilos —60 si era honesta—, con un cabello rubio cenizo y una figura que con una maternidad de por medio había permanecido intacta, todavía se volteaban a verla.

Pero si la miraban con más cuidado, hallarían que sus ojos pardos estaban enrojecidos y lacrimosos, su frente era un ovillo de líneas prematuras, y su piel en ocasiones tenía la palidez, bueno, de un fantasma.

Al igual que en la mayoría de las jornadas, ella vestía una sencilla blusa, ajustada dentro de pantalones negros, y zapatos bajos de color negro que se veían profesionales y eran fáciles de llevar. Su cabello estaba agarrado hacia atrás en una cola de caballo. Era su uniforme no oficial. Casi la única cosa que cambiaba diariamente era el color del top. Todo ello reforzaba su sentir de que estaba marcando tiempo más que viviendo en verdad.

Keri percibió movimiento con el rabillo del ojo y salió de su introspección. Ahí venían.

Fuera de la ventana, Culver Boulevard estaba casi vacío de gente. Había un sendero para corredores y ciclistas a lo largo de la calle. La mayoría de los días, cayendo la tarde, estaba congestionada con el tráfico peatonal. Pero estaba implacablemente caliente ese día, con temperaturas cercanas a los treinta y siete grados centígrados y ninguna brisa, incluso ahí, a menos de ocho kilómetros de la playa. Los padres que normalmente venían con sus hijos a pie, del colegio a la casa, habían preferido ese día sus autos con aire acondicionado. Todos menos uno.

Exactamente a las 4:12, como un reloj, una pequeña en su bicicleta, de siete u ocho años de edad, pedaleaba lentamente por el sendero. Vestía un bonito vestido blanco. Su joven mamá caminaba detrás de ella en jeans y camiseta, con el morral colgando de su hombro de manera casual.

Keri luchó contra la ansiedad que burbujeaba en su estómago y miró en derredor para ver si alguien en la oficina estaba observándola. Nadie. Se permitió entonces ceder a la comezón que había procurado no rascarse durante todo el día y se puso a contemplar.

Keri las miró con ojos de celos y adoración. Ella aún no podía creerlo, incluso después de tantas veces junto a esta ventana. La pequeña era la vívida imagen de Evie, desde el ondulado cabello rubio y los ojos verdes, hasta la sonrisa ligeramente desalineada.

Ella permaneció en trance, mirando por la ventana mucho después que madre e hija habían desaparecido de su vista.

Cuando finalmente despertó y volvió con el resto, la anciana de origen hispano se estaba marchando. El ladrón de carros había sido procesado. Un nuevo maleante, esposado e insolente, se había colocado junto a la ventanilla para ser fichado, mientras un alerta oficial uniformado permanecía junto a su codo izquierdo.

Echó un vistazo al reloj digital de pared ubicado encima de la máquina dispensadora de café. Marcaba las 4:22.

¿Realmente he estado parada junto a esa ventana por diez minutos enteros? Esto se pone peor, no mejor.

Regresó a su escritorio con la cabeza baja, tratando de no hacer contacto visual con ninguno de sus colegas. Se sentó y miró los legajos sobre su escritorio. El caso Martine casi estaba cerrado, solo esperaba por un aviso del fiscal para que ella pudiera ponerlo en el gabinete de —completo hasta el juicio”. El caso Sanders estaba en espera hasta que los criminalistas regresaran con su reporte preliminar. La División Rampart había pedido a la Pacific buscar a una prostituta llamada Roxie que había desaparecido del radar; un colega les había dicho que ella había comenzado a trabajar en Westside y tenían la esperanza de que alguien en su unidad pudiera confirmarlo para no tener que abrir un expediente.

Lo peculiar de los casos de personas desaparecidas, al menos las de adultos, era que no era un crimen desaparecer. La policía era más tolerante con los menores, dependiendo de la edad. Pero en general, no había nada que evitara que la gente simplemente abandonara sus vidas. Sucedía con más frecuencia de lo que la gente suponía. Sin alguna evidencia de algo turbio, los oficiales de la ley estaban limitados en lo que legalmente podían hacer para investigar. Debido a eso, casos como el de Roxie solían caer por entre las grietas.

Suspirando resignada, Keri se dio cuenta que exceptuando algo extraordinario, no había realmente razón alguna para quedarse después de las cinco.

Cerró sus ojos y se imaginó a sí misma, dentro de menos de una hora, relajándose en su casa bote, Sea Cups, sirviéndose tres dedos—okey, cuatro—de Glenlivet y poniéndose cómoda para un atardecer con sobras de comida china y capítulos repetidos de Scandal. Si esa terapia personalizada no encajaba, podía terminar en el diván de la Dra. Blanc, una opción poco atractiva.

Había comenzado a guardar sus archivos del día cuando Ray llegó y se dejó caer en la silla del enorme escritorio que compartían. Ray era oficialmente el Detective Raymond —Big” Sands, su pareja por ya casi un año y su amigo por cerca de siete.

Él realmente hacía honor a su apodo. Ray (Keri nunca lo llamaba —Big”—él no necesitaba un masaje de ego) era un hombre negro de un metro noventa y cinco, y 104 kilos, con una brillante calva, un diente inferior partido, una muy cuidada perilla, y una afición a vestir camisas demasiado pequeñas para él, solo para destacar su contextura.

Con cuarenta años, Ray aún lucía como el boxeador, medallista olímpico de bronce, que había sido a los veinte, y el contendor profesional de peso pesado, con un registro de 28-2-1, que había sido hasta la edad de veintiocho. Por entonces, un pequeño y zurdo contrincante, casi trece centímetros más bajo que él, le dejó sin ojo derecho por la vía de un gancho y le puso a su carrera un chirriante final. Utilizó un parche durante dos años, le resultó incómodo, y finalmente se colocó un ojo de vidrio, con el que de alguna manera le iba mejor.

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