Javier Tapia - Mitología maya

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"Busco en el pasado una brecha, algo que rescate a la humanidad de su ignorancia y de sus sistemas jerárquicos de opresión, codicia y guerra, porque en el presente no la hay, y, en el futuro, mucho menos". Proverbio maya.¿Qué fue del gran pueblo maya constructor de las pirámides y conocedor del cero y del devenir de los cielos? ¿Qué pasó en los trescientos años que estuvieron desaparecidos entre el primero y el segundo período? ¿Qué fue de ellos durante los seiscientos u ochocientos años que pasaron entre el segundo y el tercer período? ¿Dónde están o a dónde fueron los mayas que desaparecieron en 1480?La respuesta es «yucatán», es decir, «no lo sé» o «no lo entiendo» en lengua maya. De hecho, y de momento, nadie puede dar una respuesta fidedigna y basada en hechos y datos certeros, porque no hay huesos de los millones, cientos de miles o incluso miles de habitantes de Mayapán, Uxmal y Chichen Itzá.Esperemos que la mitología maya, con sus historias populares y leyendas que han sobrevivido durante milenios entre los pueblos mayenses, nos den, si no una respuesta clara y concisa, sí las claves esenciales de su paradero.

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Trajeron barro y lo moldearon, y le insuflaron vida.

Así nacieron los hombres de barro, con sus mujeres de barro y sus hijos de barro.

Crecieron y formaron sus pueblos de barro.

Las lluvias los desmoronaban, pero ellos volvían a moldear el barro del que estaban hechos para erigirlo todo de nuevo.

La sequedad los resquebrajaba y el viento los desbarataba, pero ellos se humedecían y volvían a estar hechos.

Nada sabían, ni querían saber, los hombres de barro de señores del cielo que los habían creado, porque ellos se sabían modelar a sí mismos y no necesitaban de señores del cielo que los ayudaran.

Los señores del cielo se sintieron decepcionados y mandaron una gran inundación para que lo destruyera todo y los hombres de barro no pudieran volver a moldearse, y así volvieron a quedarse solos.

Se juntaron de nuevo en asamblea, pero ya no fueron todos, solo unos cuantos se reunieron, y decidieron hacer a los hombres de madera, fuertes, trabajadores, listos y muy unidos a la naturaleza.

Trajeron muchos troncos, los pelaron, los fraguaron, les dieron forma y por fin les quedó un buen trabajo.

Insuflaron vida a la madera moldeada y así nacieron los hombres de madera, con sus mujeres de madera y sus hijos de madera.

Hicieron su pueblo y sus casas de madera.

Sembraron árboles y comieron de sus frutos y disfrutaron de su madera.

Cuando ya estaban viejos y secos, iban en busca de retoños y hacían nuevos hombres, mujeres e hijos de madera.

Si hacía mucho sol se ponían a la sombra.

Si llovía mucho hacían surcos para que corriera el agua y no se inundara.

Si no llovía escarbaban en la tierra y encontraban la que les faltaba. También hacían presas de madera para asegurar el agua.

Los señores de los cielos los observaban y veían cómo crecían y progresaban, pero de ellos, de sus creadores, no se acordaban, no los necesitaban para nada, y claro, no los llamaban ni los veneraban.

Los señores de los cielos se sintieron fracasados de nuevo, su obra no les rendía fruto alguno, en algo se habían equivocado, algo les faltaba a sus creaciones.

Así que mandaron tormentas de fuego para que ardiera la madera y se quedara todo en cenizas, sin rastro de los hombres, mujeres e hijos que con tanto afán habían modelado.

Volvieron a reunirse los señores de los cielos, ahora solo tres, el señor de agua, el señor del viento y la señora de la sabiduría.

Necesitamos un ser que nos adore y nos venere por darle aliento y vida, dijo el señor del viento.

«Necesitamos un ser que nos adore y nos venere por calmarle la sed y hacerlo fértil a él y a sus cultivos», dijo el señor del agua.

Necesitamos un ser humilde, que tenga alma y consciencia, que nos siente dentro de su corazón para que no nos olvide y venere siempre, pero, sobre todo, necesitamos que no dure para siempre, pero que se pueda sembrar como una semilla para que renazca y progrese, y así nos tenga siempre presentes en sus pensamientos, porque lo que no se piensa no sucede.

Los señores de los cielos pensaron entonces a la humanidad, para que fuera de su agrado. «Hay que sembrarlos para que broten de nuestro pensamiento», pensaron, y así lo hicieron.

Cogieron una semilla de maíz, la sembraron, le insuflaron vida y alma, consciencia y espíritu, cuerpo y mente, y de los brotes de la planta nacieron los primeros hombres, mujeres e hijos del maíz.

Dieron gracias a los señores de los cielos por el aliento de vida, la fertilidad y la sabiduría.

Los hombres, mujeres e hijos del maíz no se modelaban a sí mismos, pero podían reproducirse entre sí, como otras plantas y como otros seres, y no eran eternos, pero al fenecer eran enterrados, y renacían en forma de alimento que colmaba al pueblo, por lo que daban siempre las gracias a los señores de los cielos.

Yun Kaax, creando a los hombres de maíz

Cuando necesitaban fuerza, salud y aliento, llamaban al señor del viento.

Cuando tenían sed o padecían sequía y sus cultivos no producían, llamaban al señor del agua.

Cuando no sabían qué hacer o cómo resolver un problema, llamaban a la señora de la sabiduría.

Así los veneraban y hacían todo para que estuvieran contentos, tanto si era una joya o un pan, un perfume o un remedio.

Los señores de los cielos observaron a su creación, y por fin se dieron por satisfechos: «Perdonaremos sus errores y los cuidaremos mientras nos respeten, nos veneren y no se olviden de sus creadores.»

Nosotros somos hijos del maíz, maíz comemos, maíz somos por fuera y por dentro, y nada puede pasarnos porque los señores de los cielos están con nosotros.

Tepeu, el Hacedor, y Gucumatz, el Emplumado

Muchos son los señores de los cielos.

Muchos son los señores divinos.

Pero pocos son los que tienen el corazón de cielo.

Todos ellos bajaron de sus aposentos estelares y crearon la Tierra.

Luego la llenaron de agua y plantas.

Más tarde pusieron a las hermosas aves de coloridos plumajes. Algunas silbaban y cantaban, pero no hablaban.

Tocó el turno a los peces grandes y chicos, pero hablaban menos que las aves.

Así a los perros, que ladraban, a los monos, que ululaban, a los jaguares, que gruñían y a los insectos, que zumbaban, pero nadie hablaba.

Los señores de los cielos hicieron a los humanos de barro, raza que no prosperó porque no tenían boca y solo gemían, pero no hablaban,

Los señores divinos hicieron a los humanos de madera, raza que tampoco prosperó, porque tenían boca, pero no lengua, y solo rechinaban, pero no hablaban.

A cada fracaso menos señores divinos y de los cielos se reunían en asamblea para crearnos, al final solo quedaron dos, los que tenían el corazón de cielo, Tepeu y Gucumatz.

Ellos nos soñaron y nos pensaron, lo discutieron entre ellos y decidieron hacernos de material vivo y fértil, para que sintiéramos, amáramos, pensáramos y habláramos, evolucionando y creciendo de forma mejorada cada vez que nos sembráramos.

Tepeu el Hacedor y Gucumatz el Espíritu Emplumado pensando en la creación - фото 5

Tepeu, el Hacedor, y Gucumatz, el Espíritu Emplumado,

pensando en la creación de la humanidad

Tepeu nos sembró de maíz amarillo y de maíz blanco para que al brotar nos uniéramos y diéramos más y más semillas, y nunca faltáramos por más que muriéramos o nos secáramos.

Gucumatz agitó sus alas para darnos aliento de vida y pensamiento, narices, boca y lengua.

Así nacimos y hablamos, sentimos y pensamos, dimos gracias a nuestros creadores y los veneramos.

Al ver el prodigio, corrieron a vernos muchos señores divinos y señores de los cielos, para que también les habláramos y veneráramos, y así lo hicimos para no despertar su rencor y su violencia, pero bien sabemos que solo dos tenían el corazón de cielo, solo dos nos crearon: Tepeu, el Hacedor, y Gucumatz, el Emplumado.

Los Señores Divinos

Cuentan las historias de los viejos que los señores divinos emanaron del desorden para ordenar nuestro universo tras vagar por el cielo en busca de su alimento, y a pesar de que son tantos como las estrellas de los cielos, hasta nosotros se acercaron solo unos cuantos, unos mejores y otros no tan buenos, pero todos exigentes y celosos, hambrientos de devoción, obediencia y veneración, que es su alimento. Nosotros les hablamos, les pedimos y los veneramos porque los más ancianos aseguran que ellos lo hicieron todo, que ellos nos pusieron las viandas y todo lo que vemos, que ellos prepararon este mundo para que lo disfrutáramos nosotros, y no queda más remedio que agradecerles su esfuerzo.

Todos tienen su leyenda, pero la memoria es flaca y a veces solo recordamos a los que más nos suenan, y mencionarlos a todos sería imposible porque son tantos como las estrellas de los cielos:

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