Edgar Allan Poe - Cuentos completos

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El autor norteamericano Edgar Allan Poe (1809-1849) ocupa un lugar relevante en el panteón de los escritores más admirados, imitados y estudiados de la literatura universal. Considerado por muchos como un precursor del cuento corto y de terror como género literario, Edgar Allan Poe escribió también poesía, ensayos y crítica literaria. Fascinado con lo macabro y con un especial talento para ello, Poe también exploró diversos temas y tonos en su obra, con relatos detectivescos, humorísticos, históricos y hasta crónicas periodísticas. Su obra ha inspirado innumerables homenajes e influenciado el estilo de autores como H. P. Lovecraft y Arthur Conan Doyle.Con una vida marcada por la tragedia Poe logró dejar una huella indeleble en la historia literaria de su país y del mundo, como un maestro de la naturaleza humana y de todos sus matices. El presente volumen contiene más de sesenta cuentos, reuniendo todos los relatos publicados durante su vida.

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Después de todo, no pude esconder a mi propia percepción que, inmediatamente luego de la caída de las gotas color rubí, un veloz cambio —pero a un estado peor— aconteció en la enfermedad de mi esposa, de tal modo, que durante la tercera noche, la destreza de sus sirvientes la preparaban para el sepulcro, y en la cuarta me encontraba yo solo sentado, ante el cuerpo de ella forrado en un sudario, en aquella fabulosa estancia en que la había tomado como mi esposa. Extrañas visiones, creadas por el opio, revoloteaban como sombras ante mí. Veía con ojos inquietos los sarcófagos en las esquinas de la estancia, las figuras cambiantes en los tapices y las iluminaciones serpentinas y policromas del incensario, encima de mi cabeza. Mis ojos sucumbieron entonces, cuando trataba de recordar los incidentes de la noche anterior en aquel lugar, bajo la luminosidad del incensario, donde yo había observado las huellas sutiles de la sombra. Sin embargo, ya no se encontraba allí, y respirando con gran alivio, volví mis ojos a la pálida y rígida forma tendida sobre el lecho. Entonces se abalanzaron sobre mí los mil recuerdos de Ligeia, y luego repercutió hasta mi corazón, con la violenta agitación de un oleaje, todo aquel indescriptible dolor con que la había observado amortajada. La noche iba trascurriendo, y siempre con el pecho atiborrado de amargos pensamientos de ella, de mi solo y único amor, me quedé con los ojos fijos en el cuerpo de Róvena.

Sería la medianoche o quizá más temprano, pues no había tomado en cuenta el tiempo, cuando un sollozo quedo, suave, pero bastante claro, me despertó alarmado, de mi ensueño. Sentí que provenía del lecho de ébano, del lecho de muerte. Escuché con la zozobra de un supersticioso terror, pero no se repitió aquel sonido. Forcé la vista para develar movimiento cualquiera en el cuerpo, pero no se escuchó nada. Con todo, no podía haberme equivocado. Había escuchado el sonido, siquiera suave, y mi alma estaba muy despierta en mí. Mantuve resuelta y empeñadamente concentrada mi atención sobre el cadáver. Trascurrieron varios minutos antes de que acaeciera algún incidente que proyectase una luz sobre aquel enigma. Por último fue evidente que una coloración suave y muy débil, apenas perceptible, teñía de rosa y se propagaba por sus mejillas y por las delicadas venas de sus párpados. Destruido por una especie de terror y de horror inconfesables, para los cuales no tiene el lenguaje humano una expresión lo suficientemente apropiada, sentí que mi corazón se detenía y que mis miembros se volvían rígidos sobre mi asiento. No obstante, el sentimiento del deber me devolvió, por último, el control de mí mismo. No ponía poner en duda ya por más tiempo de que habíamos realizado preparativos fúnebres prematuros, ya que Róvena vivía aun. Era menester realizar desde luego algún intento; pero la torre se encontraba separada por completo del ala de la abadía morada por la servidumbre, no tenía cerca ningún criado al que pudiera acudir ni tenía yo manera de pedir ayuda, sin tener que abandonar la estancia durante varios minutos, a lo cual no podía atreverme. Batallé, pues, solo, esforzándome por reanimar aquel espíritu aun en suspenso. A la postre, en un corto lapso de tiempo, tuvo una recaída evidente; se desvaneció el color de los párpados y de las mejillas, dejando una lividez más que marmórea, los labios se ciñeron con doble fuerza y se encogieron con la expresión lívida de la muerte, una frialdad y una viscosidad asquerosa arroparon en seguida la superficie de su cuerpo, y la acostumbrada rigidez cadavérica sobrevino al punto. Me dejé caer, tembloroso, encima del diván del que había sido arrancado tan súbitamente y me dejé llevar de nuevo, a mis apasionadas visiones de Ligeia.

Así pasó una hora, cuando (¿sería posible?) noté por segunda vez un ruido vago que provenía de la parte del lecho. Percibí, en el colmo del horror, que el ruido que se reprodujo era un suspiro. Dirigiéndome hacia el cadáver, vi —miré con toda claridad— un temblor sobre sus labios. Un minuto después se abrieron, mostrando una brillante fila de dientes blanquecinos. El asombro luchó entonces en mi pecho con el profundo horror que hasta ahora lo había controlado. Sentí cómo mi vista se volvía oscura, que mi razón se perdía, y gracias únicamente a un violento esfuerzo, retomé al fin vigor para cumplir la tarea que el deber volvía a ordenarme. Tenía ahora un color cálido en la frente, sobre las mejillas y sobre la garganta, un calor notable recorría todo el cuerpo e incluso el corazón poseía un suave latido. Mi mujer vivía. Con un ardor reforzado, me dispuse a la tarea de resucitarla. Froté y percutí las sienes y las manos, y empleé todos los procedimientos que me recomendaron la experiencia y cuantiosas lecturas médicas. Pero fue inútil. De repente el color se desvaneció, pararon los latidos, los labios volvieron a retomar la expresión de la muerte, y un instante más tarde, el cuerpo en su totalidad, recobró su frialdad de hielo, aquel tono lívido, su densa rigidez, su contorno hundido, y todas las temibles peculiaridades de lo que ha permanecido por varios días en el sepulcro.

Y me sumergí nuevamente en las visiones de Ligeia, y otra vez (¿cómo sorprenderse de que me conmueva mientras escribo?), otra vez arribó a mis oídos un sollozo asfixiado desde el lecho de ébano. Pero (¿para qué detallar meticulosamente los horrores inexplicables de aquella noche? ¿Para qué ponerme a relatar ahora cómo, una vez tras otra vez, casi hasta que despuntó el alba, el horripilante drama de la resurrección se volvía a repetir? ¿Cómo cada espeluznante recaída se convertía tan solo en una muerte más rígida y más inconcebible, cómo cada zozobra tomaba la forma de una batalla contra un enemigo invisible, y cómo ahora cada batalla era seguida por no sé qué rara alteración en la apariencia del cadáver? Me apresuraré a concluir.

La mayor parte de la espeluznante noche había pasado, y aquella que estaba muerta se movió de nuevo, al presente con más fuerza que nunca, aunque despertándose de una ruptura más horrible y totalmente más irremediable que ninguna. Yo, desde hacía largo rato, había interrumpido la batalla y el movimiento, y me mantenía sentado rígido sobre el diván, presa indefensa de un torbellino de violentos sentimientos, de los cuales el menos escalofriante, quizá el menos aniquilante, constituía un supremo pánico. El cadáver, explico, se movía, y al presente con más energía que antes. Los colores de la vida se esparcían con un inusitado vigor por la cara y se distendían sus miembros, y si no fuera porque los párpados continuaban cerrados fuertemente, y las vendas y los tapices seguían dando a la figura su carácter sepulcral, yo habría soñado que Róvena se liberaba por completo de las fauces de la Muerte. Pero si no había admitido esa idea por completo, ya no pude dudar por más tiempo cuando se levantó del lecho, tambaleándose con débiles pasos de la misma manera que una persona atontada por el sueño. Aquella figura que estaba amortajada anduvo temeraria y palpablemente hasta el centro de la estancia.

No temblé, ni hice movimiento alguno, pues una multitud de fantasías indescriptibles, relacionadas con el aire, la estatura, el comportamiento de la figura, se abalanzaron velozmente en mi cerebro, me inmovilizaron y me petrificaron. No me movía, sino que observaba fijamente esa aparición. Había en mis pensamientos una loca turbación, un tumulto que no era mitigable, ¿podía de verdad ser la Róvena viva quien se encontraba frente a mí? ¿Podía de verdad ser Róvena en absoluto, la de los rubios cabellos y azules ojos, Lady Róvena Trevanion de Tremaine? ¿Por qué, por qué lo ponía yo en duda? El vendaje oprimía bastante la boca, pero ¿entonces podía no ser esa la boca que respira de Lady de Tremaine? Y las mejillas eran sus rosadas mejillas como en el furor de su vida. Sí, aquellas eran de verdad las lindas mejillas de Lady de Tremaine, viva. Y la barbilla, con sus hoyuelos saludables, ¿podían no ser los suyos? Pero ¿había crecido ella desde su padecimiento? ¿Qué indescriptible demencia se adueñó de mí ante esta idea? ¡De un solo brinco estuve a sus pies! Eludiendo mi contacto, zarandeó ella su cabeza, desapretó la tiesa mortaja en la que estaba enrollada, y entonces se derramó por el agitado aire de la estancia una masa enorme de extensos y despeinados cabellos que ¡eran mucho más negros que las alas del cuervo de medianoche! Y entonces, la figura que se elevaba frente a mí, abrió lentamente los ojos.

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