Benito Pérez Galdós - Doña Perfecta

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Doña Perfecta, viuda y vecina de Orbajosa, una ciudad provinciana de la España profunda, acuerda con su hermano, residente en Madrid, preservar el patrimonio familiar casando a su hija Rosario con su sobrino Pepe, brillante ingeniero, al que invita a visitar Orbajosa y conocer a su prima. A Pepe Rey, educado en un ambiente más evolucionado, progresista aunque católico, le chocará la mala impresión que les produce tanto a doña Perfecta como al cura del pueblo, don Inocencio.

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-¿Va Vd. a X...?

-No, que el gobernador viene acá, Sr. Licurgo; sepa Vd. que nos van a meter en Orbajosa un par de regimientos.

-Sí -dijo vivamente el viajero, sonriendo-. En Madrid oí decir que había temor de que se levantaran en este país algunas partidillas... Bueno es prevenirse.

-En Madrid no dicen más que desatinos... -exclamó violentamente el Centauro, acompañando su afirmación de una retahíla de vocablos de esos que levantan ampolla-. En Madrid no hay más que pillería... ¿A qué nos mandan soldados? ¿Para sacarnos más contribuciones y un par de quintas seguidas? ¡Por vida de...!, que si no hay facción debería haberla. Con que Vd. -añadió, mirando socarronamente al caballero-, ¿con que Vd. es el sobrino de doña Perfecta?

Esta salida de tono y el insolente mirar del bravo enfadaron al joven.

-Sí señor -repuso-. ¿Se le ofrece a Vd. algo?

-Soy muy amigo de la señora y la quiero como a las niñas de mis ojos -dijo Caballuco-. Puesto que Vd. va a Orbajosa, allá nos veremos.

Y sin decir más, picó espuelas a su corcel, el cual partiendo a escape desapareció entre una nube de polvo.

Después de media hora de camino, durante la cual el Sr. D. José no se mostró muy comunicativo, ni el Sr. Licurgo tampoco, apareció a los ojos de entrambos apiñado y viejo caserío asentado en una loma, y del cual se destacaban algunas negras torres y la ruinosa fábrica de un despedazado castillo en lo más alto. Un amasijo de paredes deformes, de casuchas de tierra pardas y polvorosas como el suelo, formaba la base, con algunos fragmentos de almenadas murallas, a cuyo amparo mil chozas humildes alzaban sus miserables frontispicios de adobes, semejantes a caras anémicas y hambrientas que pedían una limosna al pasajero.

Pobrísimo río ceñía, como un cinturón de hojalata, el pueblo, refrescando al pasar algunas huertas, única frondosidad que alegraba la vista. Entraba y salía la gente en caballerías o a pie, y el movimiento humano, aunque pequeño, daba cierta apariencia vital a aquella gran morada, cuyo aspecto arquitectónico era más bien de ruina y muerte que de prosperidad y vida. Los repugnantes mendigos que se arrastraban a un lado y otro del camino, pidiendo el óbolo del pasajero, ofrecían lastimoso espectáculo. No podían verse existencias que mejor cuadraran en las grietas de aquel sepulcro, donde una ciudad estaba no sólo enterrada sino también podrida. Cuando nuestros viajeros se acercaban, algunas campanas tocando desacordemente, indicaban con su expresivo son que aquella momia tenía todavía un alma.

Llamábase Orbajosa, ciudad que no en Geografía caldea o cophta sino en la de España figura con 7.324 habitantes, ayuntamiento, sede episcopal, partido judicial, seminario, depósito de caballos sementales, instituto de segunda enseñanza y otras prerrogativas oficiales.

-Están tocando a misa mayor en la catedral -dijo el tío Licurgo-. Llegamos antes de lo que pensé.

-El aspecto de su patria de Vd. -dijo el caballero examinando el panorama que delante tenía-, no puede ser más desagradable. La histórica ciudad de Orbajosa, cuyo nombre es sin duda corrupción de urbs augusta , parece un gran muladar.

-Es que de aquí no se ven más que los arrabales -afirmó con disgusto el guía-. Cuando entre usted en la calle Real y en la del Condestable, verá fábricas tan hermosas como la de la catedral.

-No quiero hablar mal de Orbajosa antes de conocerla -dijo el caballero-. Lo que he dicho no es tampoco señal de desprecio; que humilde y miserable lo mismo que hermosa y soberbia, esa ciudad será siempre para mí muy querida, no sólo por ser patria de mi madre, sino porque en ella viven personas a quienes amo ya sin conocerlas. Entremos, pues, en la ciudad augusta .

Subían ya por una calzada próxima a las primeras calles, e iban tocando las tapias de las huertas.

-¿Ve Vd. aquella gran casa que está al fin de esta gran huerta por cuyo bardal pasamos ahora? -dijo el tío Licurgo, señalando el enorme paredón revocado de la única vivienda que tenía aspecto de habitabilidad cómoda y alegre.

-Ya... ¿aquella es la vivienda de mi tía?

-Justo y cabal. Lo que vemos es la parte trasera de la casa. El frontis da a la calle del Condestable, y tiene cinco balcones de hierro que parecen cinco castillos. Esta hermosa huerta que hay tras la tapia es la de la señora, y si Vd. se alza sobre los estribos la verá toda desde aquí.

-Pues estamos ya en casa -dijo el caballero-. ¿No se puede entrar por aquí?

-Hay una puertecilla; pero la señora la mandó tapiar.

El caballero se alzó sobre los estribos y alargando cuanto pudo la cabeza, miró por encima de las bardas.

-Veo la huerta toda -indicó-. Allí bajo aquellos árboles está una mujer, una chiquilla... una señorita...

-Es la señorita Rosario -repuso Licurgo riendo.

Y al instante se alzó también sobre los estribos para mirar.

-¡Eh!, señorita Rosario -gritó, haciendo con la derecha mano gestos muy significativos-. Ya estamos aquí... aquí le traigo a su primo.

-Nos ha visto -dijo el caballero, estirando el pescuezo hasta el último grado-. Pero si no me engaño, al lado de ella está un clérigo... un señor sacerdote.

-Es el señor Penitenciario -repuso con naturalidad el labriego.

-Mi prima nos ve... deja solo al clérigo, y echa a correr hacia la casa... Es bonita...

-Como un sol.

-Se ha puesto más encarnada que una cereza. Vamos, vamos, señor Licurgo.

Capítulo III

Pepe Rey

Índice

Antes de pasar adelante conviene decir quién era Pepe Rey y qué asuntos le llevaban a Orbajosa.

Cuando el brigadier Rey murió en 1841, sus dos hijos Juan y Perfecta acababan de casarse, esta con el más rico propietario de Orbajosa, aquel con una joven de la misma ciudad. Llamábase el esposo de Perfecta D. Manuel María José de Polentinos y la mujer de Juan, María Polentinos, pero a pesar de la igualdad de apellido su parentesco era un poco lejano y de aquellos que no coge un galgo. Juan Rey era insigne jurisconsulto graduado en Sevilla, y ejerció la abogacía en esta misma ciudad durante treinta años con tanta gloria como provecho. En 1845 era ya viudo y tenía un hijo que empezaba a hacer diabluras; solía tener por entretenimiento el construir con tierra en el patio de la casa viaductos, malecones, estanques, presas, acequias, soltando después el agua para que entre aquellas frágiles obras corriese. El padre le dejaba hacer y decía: «tú serás ingeniero».

Perfecta y Juan dejaron de verse desde que uno y otro se casaron, porque ella se fue a vivir a Madrid con el opulentísimo Polentinos, que tenía tanta hacienda como buena mano para gastarla. El juego y las mujeres cautivaban de tal modo el corazón de Manuel María José, que habría dado en tierra con toda su fortuna si más pronto que él para derrocharla, no estuviera la muerte para llevárselo a él. En una noche de orgía acabaron de súbito los días de aquel ricacho provinciano, tan vorazmente chupado por las sanguijuelas de la corte y por el insaciable vampiro del juego. Su única heredera era una niña de pocos meses. Con la muerte del esposo de Perfecta se acabaron los sustos en la familia; pero empezó el gran conflicto. La casa de Polentinos estaba arruinada; las fincas en peligro de ser arrebatadas por los prestamistas, todo en desorden, enormes deudas, lamentable administración en Orbajosa, descrédito y ruina en Madrid.

Perfecta llamó a su hermano, el cual, acudiendo en auxilio de la pobre viuda, mostró tanta diligencia y tino, que al poco tiempo la mayor parte de los peligros habían desaparecido. Principió por obligar a su hermana a residir en Orbajosa, administrando por sí misma sus vastas tierras, mientras él hacía frente en Madrid al formidable empuje de los acreedores. Poco a poco fue descargándose la casa del enorme fardo de sus deudas, porque el bueno de D. Juan Rey, que tenía la mejor mano del mundo para tales asuntos, lidió con la curia, hizo contratos con los principales acreedores, estableció plazos para el pago, resultando de este hábil trabajo que el riquísimo patrimonio de Polentinos saliese a flote, y pudiera seguir dando por luengos años esplendor y gloria a la ilustre familia.

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