Benito Pérez Galdós - Doña Perfecta

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Doña Perfecta, viuda y vecina de Orbajosa, una ciudad provinciana de la España profunda, acuerda con su hermano, residente en Madrid, preservar el patrimonio familiar casando a su hija Rosario con su sobrino Pepe, brillante ingeniero, al que invita a visitar Orbajosa y conocer a su prima. A Pepe Rey, educado en un ambiente más evolucionado, progresista aunque católico, le chocará la mala impresión que les produce tanto a doña Perfecta como al cura del pueblo, don Inocencio.

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-¿En cuánto tiempo llegaremos a Orbajosa?

-A las nueve, si Dios quiere. Poco contenta se va a poner la señora cuando vea a su sobrino... ¿Y la señorita Rosarito que estaba ayer disponiendo el cuarto en que Vd. ha de vivir...? Como no le han visto nunca, la madre y la hija están que no viven, pensando en cómo será este Sr. don José. Ya llegó el tiempo de que callen cartas y hablen barbas. La prima verá al primo y todo será fiesta y gloria. Amanecerá Dios y medraremos, como dijo el otro.

-Como mi tía y mi prima no me conocen todavía -dijo sonriendo el caballero-, no es prudente hacer proyectos.

-Verdad es; por eso se dijo que uno piensa el bayo y otro el que lo ensilla -repuso el labriego-. Pero la cara no engaña... ¡Qué alhaja se lleva Vd.! ¡Y qué buen mozo ella!

El caballero no oyó las últimas palabras del tío Licurgo, porque iba distraído y algo meditabundo. Llegaban a un recodo del camino, cuando el labriego, torciendo la dirección a las caballerías, dijo:

-Ahora tenemos que echar por esta vereda. El puente está roto y no se puede vadear el río sino por el cerrillo de los Lirios.

-¡El cerrillo de los Lirios! -dijo el caballero, saliendo de su meditación-. ¡Cómo abundan los nombres poéticos en estos sitios tan feos! Desde que viajo por estas tierras, me sorprende la horrible ironía de los nombres. Tal sitio que se distingue por su árido aspecto y la desolada tristeza del negro paisaje, se llama Valle-ameno . Tal villorrio de adobes que miserablemente se extiende sobre un llano estéril y que de diversos modos pregona su pobreza, tiene la insolencia de nombrarse Villa-rica ; y hay un barranco pedregoso y polvoriento, donde ni los cardos encuentran jugo, y que sin embargo se llama Valdeflores . ¿Eso que tenemos delante es el Cerrillo de los Lirios ? ¿Pero dónde están esos lirios, hombre de Dios? Yo no veo más que piedras y yerba descolorida. Llamen a eso el Cerrillo de la Desolación y hablarán a derechas. Exceptuando Villahorrenda , que parece ha recibido al mismo tiempo el nombre y la hechura, todo aquí es ironía. Palabras hermosas realidad prosaica y miserable. Los ciegos serían felices en este país, que para la lengua es paraíso y para los ojos infierno.

El Sr. Licurgo, o no entendió las palabras del caballero Rey o no hizo caso de ellas. Cuando vadearon el río, que turbio y revuelto corría con impaciente precipitación, como si huyera de sus propias orillas, el labriego extendió el brazo hacia unas tierras que a la siniestra mano en grande y desnuda extensión se veían, y dijo:

-Estos son los Alamillos de Bustamante .

-¡Mis tierras! -exclamó con júbilo el caballero, tendiendo la vista por el triste campo que alumbraban las primeras luces de la mañana-. Es la primera vez que veo el patrimonio que heredé de mi madre. La pobre hacía tales ponderaciones de este país, y me contaba tantas maravillas de él, que yo, siendo niño, creía que estar aquí era estar en la gloria. Frutas, flores, caza mayor y menor, montes, lagos, ríos, poéticos arroyos, oteros pastoriles, todo lo había en los Alamillos de Bustamante , en esta tierra bendita, la mejor y más hermosa de todas las tierras... ¡Qué demonio! La gente de este país vive con la imaginación. Si en mi niñez, y cuando vivía con las ideas y con el entusiasmo de mi buena madre, me hubieran traído aquí, también me habrían parecido encantadores estos desnudos cerros, estos llanos polvorientos o encharcados, estas vetustas casas de labor, estas norias desvencijadas, cuyos canjilones lagrimean lo bastante para regar media docena de coles, esta desolación miserable y perezosa que estoy mirando.

-Es la mejor tierra del país -dijo el Sr. Licurgo- y para el garbanzo es de lo que no hay.

-Pues lo celebro, porque desde que las heredé no me han producido un cuarto estas célebres tierras.

El sabio legislador espartano se rascó la oreja y dio un suspiro.

-Pero me han dicho -continuó el caballero- que algunos propietarios colindantes han metido su arado en estos grandes estados míos y poco a poco me los van cercenando. Aquí no hay mojones, ni linderos, ni verdadera propiedad, Sr. Licurgo.

El labriego después de una pausa, durante la cual parecía ocupar su sutil espíritu en profundas disquisiciones, se expresó de este modo:

-El tío Paso Largo, a quien llamamos el Filósofo por su mucha trastienda, metió el arado en los Alamillos por encima de la ermita, y roe que roe, se ha zampado seis fanegadas.

-¡Qué incomparable escuela! -exclamó riendo el caballero-. Apostaré que no ha sido ese el único... filósofo.

-Bien dijo el otro, que quien las sabe las tañe, y si al palomar no le falta cebo no le faltarán palomas... Pero Vd., Sr. D. José, puede decir aquello de que el ojo del amo engorda la vaca, y ahora que está aquí vea de recobrar su finca.

-Quizás no sea tan fácil, Sr. Licurgo -repuso el caballero, a punto que entraban por una senda a cuyos lados se veían hermosos trigos que con su lozanía y temprana madurez recreaban la vista-. Este campo parece mejor cultivado. Veo que no todo es tristeza y miseria en los Alamillos .

El labriego puso cara de lástima, y afectando cierto desdén hacia los campos elogiados por el viajero, dijo en todo humildísimo:

-Señor, esto es mío.

-Perdone Vd. -replicó vivamente el caballero- ya quería yo meter mi hoz en los estados de usted. Por lo visto la filosofía aquí es contagiosa.

Bajaron inmediatamente a una cañada que era lecho de pobre y estancado arroyo, y pasado este, entraron en un campo lleno de piedras, sin la más ligera muestra de vegetación.

-Esta tierra es muy mala -dijo el caballero volviendo el rostro para mirar a su guía y compañero que se había quedado un poco atrás-. Difícilmente podrá Vd. sacar partido de ella, porque todo es fango y arena.

Licurgo, lleno de mansedumbre, contestó:

-Esto... es de Vd.

-Veo que aquí todo lo malo es mío -afirmó el caballero riendo jovialmente.

Cuando esto hablaban tomaron de nuevo el camino real. Ya la luz del día, entrando en alegre irrupción por todas las ventanas y claraboyas del hispano horizonte, inundaba de esplendorosa claridad los campos. El inmenso cielo sin nubes parecía agrandarse más y alejarse de la tierra para verla y en su contemplación recrearse desde más alto. La desolada tierra sin árboles, pajiza a trechos, a trechos de color gredoso, dividida toda en triángulos y cuadriláteros amarillos o negruzcos, pardos o ligeramente verdegueados, semejaba en cierto modo a la capa del harapiento que se pone al sol. Sobre aquella capa miserable, el cristianismo y el islamismo habían trabado épicas batallas. Gloriosos campos, sí, pero los combates de antaño les habían dejado horribles.

-Me parece que hoy picará el sol, Sr. Licurgo -dijo el caballero desembarazándose un poco del abrigo en que se envolvía-. ¡Qué triste camino! No se ve ni un solo árbol en todo lo que alcanza la vista. Aquí todo es al revés. La ironía no cesa. ¿Por qué si no hay aquí álamos grandes ni chicos, se ha de llamar esto los Alamillos ?

El tío Licurgo no contestó a la pregunta, porque con toda su alma atendía a lejanos ruidos que de improviso se oyeron, y con ademán intranquilo detuvo su cabalgadura, mientras exploraba el camino y los cerros lejanos con sombría mirada.

-¿Qué hay? -preguntó el viajero, deteniéndose también.

-¿Trae Vd. armas, D. José?

-Un revólver... ¡Ah!, ya comprendo. ¿Hay ladrones?

-Puede... -repuso el labriego con mucho recelo-. Me parece que sonó un tiro.

-Allá lo veremos... ¡adelante! -dijo el caballero picando su jaca-. No serán tan temibles.

-Calma, Sr. D. José -exclamó el aldeano deteniéndole-. Esa gente es más mala que Satanás. El otro día asesinaron a dos caballeros que iban a tomar el tren... Dejémonos de fiestas. Gasparón el Fuerte, Pepito Chispillas, Merengue y Ahorca-Suegras no me verán la cara en mis días. Echemos por la vereda.

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