Hacia el mediodía llegamos a los destacamentos ingleses. Los soldados bajaron a los dos argentinos capturados y los llevaron hacia el campo de prisioneros.
Reynols pidió que lo acompañara antes de presentarme al responsable de los destacamentos. Caminamos unos doscientos metros entre los pastizales helados. Me costó identificar dónde se encontraba el campo, pero lo tenía ante mis ojos: se reducía a un par de tablones horizontales sostenidos por unas vigas que daban la impresión de un pobre corralón para animales de granja. Los dos argentinos iban delante de nosotros con las manos esposadas por detrás de la espalda. Para mi sorpresa, apenas nos metimos en el corral, Reynols ordenó quitarles las esposas y liberarlos.
—¿Por qué los libera? Si son soldados argentinos deben quedar prisioneros —le dije a Reynols, mientras un soldado obedecía su orden y los dos argentinos se echaban a correr por el campo.
—Porque no son argentinos. O quizás sí son argentinos pero ya no importa. Hay soldados ingleses que alucinan ser argentinos y hay soldados argentinos que alucinan ser ingleses. Ya no se puede distinguir quién es quién —dijo Reynols sin ningún interés de que yo comprendiera nada de lo que me decía.
Miré hacia el campo, los dos prisioneros liberados corrían desesperados hacia el horizonte. Fue entonces que Reynols mismo tomó la escopeta de un guardia y disparó contra uno de ellos como si estuviera jugando al tiro al blanco.
El aire se llenó de pólvora.
El soldado que corría más lejos cayó contra el suelo.
Reynols bajó el arma, estiró sus brazos hacia arriba como si se estuviera desperezando. Volvió a apuntar la escopeta contra el otro que seguía corriendo y disparó. El soldado cayó entre los pastos.
No entendía qué estaba haciendo, ¿por qué les disparaba?
—No se preocupe, teniente, esos dos ya estaban muertos —respondió Reynols.
—Los acaba de fusilar sin ningún motivo y bajo ninguna orden. Ni siquiera sabe si eran ingleses.
—¿Y eso a quién le importa? Esos dos necesitaban morir. ¿No lo entiende?
—No, no entiendo nada.
—Le estoy diciendo que esos dos ya estaban muertos. Ocurre todo el tiempo y desde hace mucho. Hay muertos por todos lados que alucinan estar vivos y se comportan como tales. Matarlos es hacerles un favor.
—Está loco. Es una estupidez lo que dice.
—Son los efectos psicotoxicológicos de las bombas. Usted sabe.
—No, no sé nada —dije decidido a mantener en silencio todo lo relativo a la carta de Gerónimo Elbosco y las bombas.
—Entonces entérese.
—No tengo nada de qué enterarme. Soy el nuevo comandante, ¿entiende? Es usted el que tiene que enterarse.
—No pretendo ofenderlo, teniente. Es que cosas así pasan todo el tiempo. Y no sólo pasa con muertos que alucinan estar vivos, también ocurre al revés. Hay soldados que alucinan haber muerto y entonces actúan como muertos. Usted los vio en el camino: cadáveres por todas partes, entre los pastizales, a los costados de la ruta, entre las rocas de los acantilados, siempre rígidos, sin que la intemperie, las heladas o la noche los interpele en algo. El efecto psicotoxicológico es sorprendente: nunca se mueven, no respiran, ni el más mínimo latido del corazón registran. Pueden estar así durante años y años. El único modo de facilitarles acabar con la alucinación es, justamente, matándolos. Un tiro les atraviesa el cráneo y de pronto despiertan de la alucinación, y se dan cuenta que siempre habían estado vivos. Claro que así andan después, haciendo sus cosas sí, pero con un agujero en la cabeza que ya no va a cicatrizar ni ellos olvidar.
—Lo que dice es un absurdo. No me haga perder más tiempo, quiero ver a su superior, el teniente Anderson —le dije a Reynols.
—¿Anderson? Anderson está muerto.
—¿De qué habla? El gobierno inglés me envió a suplantar a Anderson en el mando de los destacamentos.
—Le digo que murió hace cinco meses.
—¿Quién está al mando entonces?
—En verdad no hay nadie a cargo, pero el que ordena un poco las tropas es el coronel Thompson. Lo está esperando desde hace mucho tiempo. No veía la hora de que alguien viniera a hacerse cargo de todo esto.
—¿Por qué no informaron de la muerte de Anderson?
—Porque a nadie le importaba ni la suerte de Anderson ni la de ninguno de nosotros. Usted todavía no ha comprendido lo que nos está dado, usted se dará cuenta por sí solo.
—¿De qué me tengo que dar cuenta?
—Para empezar tiene que saber que usted nunca ha venido a la Isla. Siempre ha estado aquí con nosotros. De acá no se entra ni se sale.
No sé qué quise preguntarle a Reynols sobre la cuestión pero entonces los otros soldados que nos acompañaban levantaron sus ametralladoras y dispararon hacia la misma dirección que antes había disparado Reynols, y ya nada pude decir. El polvo se levantó envolviéndonos. Las ráfagas de los disparos no terminaban más y yo no comprendía contra quién estaban disparando si allí delante nuestro no había más que el campo con dos cadáveres arruinados.
Entonces di unos pasos hacia el costado del lugar, salí del corral y lo vi: cientos de hombres desnudos habían aparecido de no sé dónde y corrían a campo traviesa en la misma dirección que los anteriores.
Los disparos de las ametralladoras de nuestros soldados los alcanzaron a mitad de camino y cayeron desplomados aquí, allá y más allá.
Pensé que con aquello todo había terminado. Pero fue entonces que los cuerpos desnudos que no habían sido alcanzados por los disparos, de pronto, se echaron a volar.
Ascendieron unos cien metros hacia el cielo azul, con los brazos abiertos y dando pataditas en el aire.
Pensé que se trataba de alucinaciones. El mundo me interpelaba pretendiendo que yo diera un paso, sólo un paso más para caer en el abismo mental. Pero no se trataba de mi intimidad desbocada. Los soldados que estaban a mi lado necesariamente estaban viendo lo mismo que yo: levantaron las armas y continuaron con las ráfagas de sus metralletas, ahora apuntándole a aquellos hombres voladores. No se trataba entonces de las trampas que el cerebro podía montar sino de un fenómeno compartido.
De un modo u otro, debía resistir aquello, sólo dejarme estar, que lo que me rodeaba transcurriera como una película hasta encontrar alguna coordinación. Mientras tanto, los hombres voladores caían en picada, heridos o fusilados por los disparos de mis soldados. Aquello duró unos diez minutos, los suficientes en todo caso como para no olvidarme del olor a pelo quemado, pólvora y sangre que se mezclaban en el aire. Ninguno se iba a olvidar del silencio en el que nos hundimos cuando los cuerpos cayeron desde el cielo y ya no hubo más movimiento que el de los pájaros negros revoloteando sobre los muertos, para arrebatar pedazos de carne que se llevaban en el vuelo o quedarse allí picoteando lo que podían.
Aquello me había dejado mudo.
No quería volver a hablar con Reynols.
Aprovechando el desconcierto me perdí entre los soldados que se dispersaban hacia los pabellones.
Toda mi vida me había preparado para la guerra —pensaba—, hacer la guerra contra un enemigo externo, un enemigo que, venido desde la otra punta del planeta, me mirara a los ojos y pusiera en juego mi existencia, pero la guerra era contra de mí mismo, contra mi propio cerebro, y para ello no estaba preparado.
Caminaba solo entre los pastizales recordando la carta de Gerónimo Elbosco y lo que Reynols acababa de decir. Empezaba a creer que el gobierno inglés no me había dicho lo que debía decirme: la guerra nunca existió, sólo se la había ganado controlando —arruinando, estropeando— las imágenes mentales del enemigo pero con ello también condenando a las propias tropas inglesas a la pérdida más radical, ¿para qué entonces me habían enviado a la Isla, si en la Isla ya no había nada que hacer más que regodearse en el horror de un mundo que está siempre volviéndose otro? ¿Había sido una trampa? ¿Alguien en el gobierno, alguien en el ejército, había ordenado mi traslado a Malvinas sólo como condena por algo que no lograba identificar?
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