Pablo Farrés - Mi pequeña guerra inútil

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Pablo Farrés elige las Islas Malvinas como escenario de la acción novelesca y toma distancia de un recurso narrativo muy presente en su obra previa. Aquí las peripecias del protagonista ocupan el centro del relato, y los diálogos entre los diferentes personajes van develando el enigma de esta historia circular y lisérgica en el Atlántico Sur. (…) Todo vuelve a repetirse en esta novela de Farrés, a comenzar de nuevo, como si la Guerra de Malvinas aún estuviera en el fondo de nuestra memoria, de nuestra historia argentina, para que el trauma, esa desgracia innombrable, jamás termine de contarse, aunque más no sea el cuento de un idiota o de un loco, lleno de ruido y furia, que no significa nada. «En esta pequeña guerra inútil que nunca termina –escribe el crítico Omar Genovese en el prólogo–, (como no termina el discurso, como no termina la forma de sufrir del cuerpo humano, porque tener consciencia de la muerte ya es una forma de empezar a sufrir), todo se hace evanescente, capaz de repetir esa imposibilidad de transferencia del dolor.»Germán Lerzo en revista INVISIBLES

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Treinta años después, los efectos de las bombas siguen activos. Las tropas inglesas que han quedado en Malvinas sufren alucinaciones semejantes. Las Islas se han transformado en un Parque de Diversiones Psicotoxicológico.

El efecto alucinatorio es tan radical que distorsiona el pasado, el presente y el futuro. De pronto, no sabés ni cómo te llamás. Puedo estar escribiéndote esto y a la vez vivir un pasado distante en el que estoy leyendo lo que escribí en el futuro.

Nadie desde el poder lo admitirá; la documentación acerca de los bombardeos psicotoxicológicos ha sido borrada. Las pruebas concretas, es decir, el testimonio de aquellos que habitamos lo que ha quedado de las Islas, presenta una imposibilidad estructural: nadie puede dar testimonio de no estar donde está. Sólo se trata de meter las narices en las cercanías de Malvinas y saber de qué se trata la pérdida, no la pérdida de esto o de aquello, sino ese tipo de pérdidas en las que se juega la propia existencia y uno ya no sabe ni cómo se llama.

Te escribo para que no vengas. Estuve allí mismo donde vos estás ahora y sé que todavía tenés una oportunidad. Para mí ya es tarde. Ojalá nunca llegues a este lugar donde ya estás, porque acá no existe posibilidad de nada.

Quedate en Londres aunque Londres no exista. Nada podés hacer acá. Es inútil luchar contra tu propio cerebro, ahí adentro la guerra ya está perdida para siempre. Quedate en Inglaterra. Bajá ahora mismo del auto y volvé junto a Mary. Encerrate en la casa y ya no salgas. Soportá lo que tengas que soportar con ella: sus negros, la mierda de su perro, todo lo que se te ocurra pero quedate ahí, siempre va a ser mejor que tener que volver a Malvinas. ¿Mary es una alucinación? Acá todo es alucinación, pero es mil veces preferible la vida londinense con Mary que darte una guerra que no existe.

No cometas el error que yo cometí. Yo también tuve una esposa llamada Mary y un perro que me cagaba la cama y un negro que conducía mi auto oficial. Hace seis meses estuve en ese mismo auto con ese mismo chofer, leyendo esta misma carta que vos estás leyendo ahora. Alguien, quizás yo mismo en un pasado ya distante, me lo había advertido del mismo modo que yo ahora lo hago con vos. Pero me reí de aquello, pensé que me estaban haciendo una trampa y seguí adelante. Después ya fue tarde para todo. Tomé el avión hacia Malvinas y apenas pisé su suelo ya no pude hacer nada para resistir a la fuerza de las imágenes que me arrastraron hacia un agujero negro del que ya no encontré salida.

No vengas, bajá de ese auto y volvé con Mary. Encerrate en la casa y no salgas nunca más. Si seguís adelante ya no habrá regreso porque en verdad vos nunca habrás llegado. Aunque ciertamente ya ni sé dónde estamos y acaso ése es el verdadero infierno”.

II

Veinticuatro horas después ya estaba en suelo malvinense y mi pequeña guerra inútil recién entonces —es decir, ahora, en este mismo punto— comenzaba.

En el inesperado aeropuerto —nada, un tramo de tierra negra entre yuyales que habían desmalezado sólo para que descendiera nuestro avión— nos estaba esperando una camioneta. Al verme, bajó un sargento que dijo llamarse Reynols. Debía ser el encargado de mi traslado hacia los destacamentos ingleses. Le presenté el rango oficial y le expliqué que había llegado para reemplazar al comandante Anderson.

Nada dijo, parecía no importarle.

Subí a la camioneta y dejamos atrás las costas. Prontamente el paisaje mortuorio de lo que yo siempre imaginé que había sido Malvinas se abrió ante nosotros y con ello los fantasmas de una guerra que debía haber terminado hacía ya unos treinta y tres años, y que sin embargo —a primera impresión— todavía se estaba haciendo: cadáveres congelados al costado del camino, a la distancia tropas bajando los montes apuntando a sus prisioneros que caminaban delante, una sirena sonando a lo lejos, los cielos todavía atravesados por aviones Pucará, y cada tanto la sinfonía de las metralletas, las granadas, las bombas.

Aquello debía tener alguna explicación, quizás éramos los mismos ingleses los que usábamos los aviones Pucará para ejercicios aéreos, quizás lo que me parecía el fantasma de una guerra no debía ser más que una revuelta interna contra pobladores o soldados desertores. Me mantuve todo el viaje en silencio. Mis primeros pasos como nuevo comandante de los destacamentos ingleses debían ser cuidadosos y el silencio debía resultar una buena estrategia.

Al rato de andar divisamos a lo lejos un campamento enemigo. Reynols ordenó detener la camioneta y hacer silencio. Bajó, se alejó un par de pasos y se puso en cuclillas contemplando la escena. Al regresar se me acercó para consultar qué debíamos hacer. No sabía qué decirle: lo que a mí me importaba era que, efectivamente, en las Islas todavía había soldados enemigos.

Me sugirió no perder la oportunidad de atacarlos por sorpresa. Asentí a la idea y seguí las indicaciones que Reynols dirigía hacia la tropa dividiéndonos en dos flancos. Yo tomé el lado derecho y por allí ascendimos la cuesta de un monte. Al llegar al campamento, uno de los soldados del otro flanco tiró una granada y la explosión generó un incendio que pronto tomó las carpas. De entre las llamaradas salieron dos soldados con las manos alzadas. Me sorprendió que fueran argentinos. El grupo mayoritario salió corriendo por detrás de estos dos y atravesando la línea del fuego se dispersaron por el campo. Mi tropa corrió tras ellos.

Pretendiendo un lugar de contemplación de lo que sucedía, hice unos pasos hacia atrás. Casi todos se habían marchado y aprovechando la situación un soldado enemigo salió de cierto amontonamiento de piedras donde había permanecido escondido, esperando la dispersión. No contaba que yo me quedaría allí sin hacer nada.

Corrió en diagonal a mi posición de tal forma que no podía registrar mi presencia. Entonces corrí tras él unos cien o doscientos metros. Cuando lo tuve cerquita —arma en mano— le grité que se detuviera pero pareció no escuchar. Estaba apuntándole a la cabeza. Desde esa distancia mínima no podía fallar.

Volví a gritarle. No me hizo caso. Cuando ya estaba por apretar el gatillo, se detuvo. Vi que frente a él avanzaba un soldado de mi patrulla. Ya lo teníamos acorralado. El argentino entonces se dio vuelta y se puso frente a mí a unos pocos pasos. Estaba a un metro de distancia, con el brazo extendido apuntándole a su pecho. Él estaba parado mirándome pero era como si en vez de verme a mí y el cañón de mi revólver, observara solamente el paisaje a mis espaldas. Entonces levantó el brazo y yo sin dudar un segundo disparé contra su pecho.

No podía errarle, pero el disparo atravesó su pecho y el argentino no cayó, no solamente no cayó sino que ni siquiera registró que alguien le había disparado a menos de un metro de distancia. Vi en cambio que mi disparo atravesó el pecho del argentino y encontró su destino en la cabeza de mi soldado que estaba detrás. Mi soldado cayó. Acababa de matarlo.

Vi al argentino delante de mí y se mostraba inmutable. Volví a disparar contra su pecho y las balas lo atravesaron como si estuviera hecho de aire. Dio un paso hacia mí y ya no pude volver a disparar. Dio ese paso y entendí que su dirección iba directamente a chocarse con mi hombro. Efectivamente me chocó pero no sentí su peso, su espesor ni su materialidad, sólo era una briza que me recorría y nada más.

Di la vuelta y lo vi correr hacia el monte. Dejé atrás el cadáver del soldado que acababa de matar. Pensé que nadie había visto lo sucedido y lo dejé abandonado sabiendo que el asunto sólo quedaría entre él y yo.

Empezaba a saber de qué me hablaba Gerónimo Elbosco cuando escribía acerca de los efectos alucinatorios de las bombas psicofarmacológicas.

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