Terry Brooks - El primer rey de Shannara

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El primer rey de Shannara: краткое содержание, описание и аннотация

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Descubre los orígenes del mundo de Shannara Tras la Primera Guerra de las Razas, los druidas de Paranor consagraron sus vidas al estudio de las antiguas ciencias, pero Bremen y sus pupilos continuaron practicando las artes arcanas. Como castigo, Bremen es expulsado de las tierras de los druidas. En el exilio, advierte que una terrible amenaza se cierne sobre las Tierras del Norte, donde unas fuerzas oscuras comandadas por un antiguo druida avanzan hacia el sur con el fin de someter a las gentes de las Cuatro Tierras. Tras infiltrarse en sus filas para estudiar al enemigo y conocer sus poderes, Bremen descubrirá que solo el arma más poderosa de las Cuatro Tierras podrá acabar con Brona, el malvado Señor de los Brujos, y para dar con ella, necesitará la ayuda de todas las razas."No sé cuántos libros de Terry Brooks he leído (y releído) en mi vida. Su obra fue una parte importantísima de mi juventud." Patrick Rothfuss"Confirma por qué Terry Brooks está en lo más alto del mundo de la fantasía." Philip Pullman"Shannara es uno de mis mundos ficticios favoritos y cada vez crece más. No hago más que buscar excusas para volver a él." Karen Russell, autora de
Tierra de Caimanes

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Sí, Kinson había madurado desde entonces. Se había fortalecido en un sentido difícil de medir. Sin embargo, Bremen era consciente de que las viejas costumbres son difíciles de vencer y, para Kinson Ravenlock, las ganas de alejarse de las situaciones desagradables y difíciles no desaparecerían nunca.

—Estamos perdiendo el tiempo —musitó el fronterizo, como si quisiera dar crédito a lo que el otro estaba pensando.

—Paciencia, Kinson —le aconsejó Bremen.

—¿Paciencia? ¿Para qué? No te van a dejar entrar. Y si lo hacen no te van a escuchar, no quieren oír lo que les tienes que decir. No son los druidas de antaño, Bremen.

Bremen asintió. En lo último, Kinson tenía razón. Pero no había nada que hacer. Los druidas que había ahora eran los únicos druidas que había, y no todos eran tan malos. Algunos incluso podían ser aliados respetables. Kinson preferiría que ellos dos se ocuparan de las cosas, pero el enemigo al que se enfrentaban era demasiado temible como para vencerlo sin ayuda. Necesitaban a los druidas. Aunque hubieran abandonado la costumbre de implicarse directamente en los asuntos de las razas, todavía se los trataba con cierta deferencia y respeto. Aquello sería útil cuando tuvieran que unir a las Cuatro Tierras para combatir al enemigo común.

La mañana cedió el paso al mediodía. Caerid Lock no reapareció. Kinson se paseó arriba y abajo durante un rato, pero al final se sentó al lado de Bremen. Su expresión reflejaba la frustración que sentía. Se quedó sentado en absoluto silencio y adoptó un aire sombrío.

Bremen suspiró para sí. Kinson estaba con él desde hacía mucho tiempo. Bremen lo había elegido cuidadosamente entre un abanico de candidatos para que lo ayudara en la tarea de descubrir la verdad sobre el Señor de los Brujos. Era el mejor Rastreador que el anciano había conocido nunca, tenía un ingenio agudo y era valiente e inteligente. Nunca se comportaba con imprudencia, siempre lo guiaba la razón. Aquello los había unido tanto que ahora Kinson era como un hijo para él. Estaba seguro de que era el amigo más íntimo que tenía.

Sin embargo, no podía ser lo único que él necesitara que fuera: no podía ser su sucesor. Bremen era viejo y su cuerpo empezaba a fallarle, aunque lo escondía bien de aquellos que pudieran sospecharlo. Cuando se fuera, no habría nadie que continuara su trabajo; nadie que continuara los estudios sobre la magia, tan necesarios para la evolución de las razas; nadie que aguijoneara a los druidas de Paranor, tan recalcitrantes, para que se replantearan su implicación para con las Cuatro Tierras. No habría nadie que se enfrentara al Señor de los Brujos. Hubo un día en que había albergado esperanzas de que Kinson Ravenlock fuera esa persona. El fronterizo aún podía serlo, supuso, pero no parecía demasiado probable. Kinson carecía de la paciencia necesaria. No se dignaba ni a fingir diplomacia. No tenía tiempo para aquellos que no captaban verdades que para él eran evidentes. La experiencia era la única maestra que siempre había respetado. Era un iconoclasta y un solitario sin remedio. Ninguna de estas características le serían de utilidad como druida, pero a Bremen se le antojaba imposible que alguna vez el fronterizo llegara a cambiar.

Bremen dirigió la mirada hacia su amigo, sintiéndose de pronto disgustado con el análisis que había hecho. No era justo que juzgara a Kinson de ese modo. Ya era suficiente que el fronterizo se dedicara a aquella empresa en cuerpo y alma y estuviera dispuesto plantarle cara a la muerte a su lado. Kinson era su mejor amigo y aliado, y no debía esperar aún más de él.

¡Pero su necesidad por encontrar un sucesor era tan acuciante! Era viejo y el tiempo se le escurría entre las manos demasiado rápido.

Desvió los ojos de Kinston y los posó en los árboles que había en la lejanía como si quisiera medir el poco tiempo que le quedaba.

Era pasado el mediodía cuando por fin reapareció Caerid Lock. Salió airado de entre las sombras de la entrada sin apenas dedicar una mirada a los guardas o a Kinson y se dirigió derecho hacia Bremen. Cuando el druida se levantó para recibirlo, todas sus articulaciones y músculos protestaron.

—Athabasca hablará con vos —le informó el capitán de la Guardia con expresión adusta.

Bremen asintió.

—Debéis de haberos esforzado mucho para persuadirlo. Estoy en deuda con vos, Caerid.

El elfo emitió un gruñido evasivo.

—Yo no estaría tan seguro. Athabasca tiene sus razones para aceptar reunirse con vos, me parece. —Se volvió hacia Kinson—. Lo siento, pero no he conseguido que os permitieran entrar.

Kinson se irguió y se encogió de hombros.

—Prefiero esperar aquí… supongo.

—Supongo —coincidió el otro—. Haré que os traigan algo de comida y agua fresca. Bremen, ¿estáis listo?

El druida miró a Kinson y le ofreció una leve sonrisa.

—Volveré tan pronto como pueda.

—Buena suerte —le deseó su amigo en voz baja.

Acto seguido, Bremen siguió a Caerid Lock hacia el interior de la Fortaleza y las sombras que allí aguardaban.

***

Avanzaron por galerías cavernosas y pasadizos estrechos y sinuosos en un silencio frío y oscuro; sus pasos resonaban sobre la piedra maciza. No se encontraron con nadie. Daba la sensación de que Paranor se había quedado desierto, aunque Bremen sabía que no era así. En varias ocasiones, le pareció oír el susurro de una conversación o ver un indicio de movimiento en algún punto más adelante del lugar por el que caminaban, pero en ningún caso pudo estar seguro. Caerid lo llevaba por los corredores secundarios, por los que nadie usaba, aquellos que solo servían para idas y venidas privadas. Era comprensible. Athabasca no quería que los otros druidas supieran que había accedido a tener esta reunión hasta haber determinado si había valido la pena tenerla. Bremen tendría una audiencia privada y una oportunidad efímera de exponer los hechos y, luego, le ordenaría que se retirara sin dilación o lo citaría para que hablara ante el Consejo. Fuera como fuere, tomaría la decisión con prontitud.

Comenzaron a subir una serie de escaleras que conducían a las cámaras altas de la Fortaleza. Las dependencias de Athabasca estaban en los niveles superiores de la torre y era bastante probable que quisiera reunirse allí con Bremen. El anciano caviló sobre lo que había dicho Caerid mientras avanzaban. Athabasca tenía sus razones para aceptar que compareciera ante él y estas no tenían por qué ser evidentes desde el principio. El Druida Supremo era, en primer lugar, un político; en segundo, un administrador; pero, sobre todo, era un funcionario. Bremen no lo pensaba en sentido degradante, tan solo era para calificar la naturaleza de los razonamientos de Athabasca. Este se centraría sobre todo en la relación de causa y efecto, es decir, si ocurría algo, se plantearía cómo iba a afectar eso a otra cosa. Así funcionaba su forma de pensar. Era muy capaz y organizado, pero también muy calculador. Bremen tendría que ser muy cuidadoso con las palabras que elegía.

Casi habían llegado al final de un pasaje, donde comunicaba con otro, cuando de pronto una figura vestida con ropajes oscuros apareció entre las sombras y se les colocó de frente. Por instinto, Caerid Lock alargó la mano hacia la empuñadura de la espada corta, pero las manos del otro ya habían inmobilizado los brazos del elfo sujetándoselos contra sus costados. Con un esfuerzo insignificante, la figura levantó a Caerid del suelo y lo apartó a un lado como si fuera un obstáculo ínfimo.

—Vamos, capitán —dijo una voz áspera para calmarlo—. No es necesario usar armas si estamos entre amigos. Solo quiero hablar con tu fardo un momento y luego desapareceré.

—¡Risca! —lo saludó Bremen, sorprendido—. ¡Qué placer volver a verte, viejo amigo!

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