Entonces, cuando parecía que las cosas no podían empeorar, un tremendo vendaval, lo más próximo que estamos aquí de experimentar un huracán, irrumpió a través de la noche y entró en el día. Incapaz de dormir, intranquilo por el aire cargado, como si sus iones crepitaran en mi cerebro, fui en bicicleta hasta la orilla y me refugié bajo el alero del club náutico, un edificio de madera que parecía a punto de salir volando con el viento. A mis espaldas se erigía una abadía medieval y el fuerte que en una ocasión visitó la Reina Virgen —María I de Inglaterra— al supervisar su reino marítimo, cuyas murallas de estilo Tudor están hoy protegidas por un largo rompeolas.
Vistas de la abadía de Netley, William Westall, 1828, colección especial de la Biblioteca Hartley, Universidad de Southampton.
Conozco esta orilla desde que nací: desde la antigua cabaña de algas —una extraña estructura que bien podría haber sido construida en la Edad del Hierro— a los brutales bloques de viviendas construidas en la década de 1960. Me resulta tan familiar como a los pájaros que escarban en busca de su sustento entre los guijarros y el barro de la playa. Había dado por supuesto que siempre estaría allí.
No podía creer lo que veía. La playa estaba siendo devorada ante mis ojos. El rompeolas, que el agua apenas lamía, incluso con las mareas más altas de la primavera, estaba completamente desbordado. Las olas —llamarlas olas resulta lamentablemente inadecuado— habían perdido su lateralidad y se habían vuelto verticales, más altas que una casa.
Mi mundo había perdido sus anclas. Esta no era una rocosa costa galesa o escocesa, preparada para recibir este castigo; era una orilla tranquila, urbana, complaciente y desprevenida; un lugar blando en el extremo sur de Inglaterra, abierto al resto del mundo, sucesivamente invadido y poblado durante milenios. El estuario tenía incluso su propia diosa romana: Ancasta. 1Claramente, estaba enojada.
Era como si un ordenador hubiera generado aquel tiempo y lo hubiera elevado a un grado absurdo. Un alienígena invisible, hecho de aire rugiente y agua encrespada, había sido liberado. La espuma del mar alcanzaba las copas de los árboles de la orilla. Era aterrador y excitante. Mi corazón se aceleró para seguir el ritmo de cada resonante retumbo, una cacofonía creada por los guijarros arrastrados por la playa y los crujidos de los árboles, efectos de dioses enfurecidos que arrojaban la naturaleza de un lado a otro.
Lo contemplé como si se tratara de un vídeo viral; no una mera reproducción, sino en directo. Tras la primera línea, la gente conducía coches, subía a autobuses, iba a trabajar, a la escuela, a comprar, encerrados en sus climas personales. Compartíamos la misma ciudad; pero ellos se sentían seguros viendo la tormenta en sus pantallas. Yo estaba en el borde, contemplando la violencia, tan sobrecogedora como si me hubiera topado con una pelea a puñetazos en la calle.
La muralla de cemento del rompeolas había sido reemplazada por una muralla de mar. El plácido lugar en que, cada mañana, apoyaba mi bicicleta, donde dejaba mi ropa y me deslizaba hacia el agua, uniéndome a ella más que entrando en ella, se había convertido en un lugar repulsivo y letal.
Fue el único día durante aquellas tormentas en que no nadé, no pude; quizá el único día de ese año. Incluso en el punto álgido de las perturbaciones de los últimos días me había lanzado con locura, desafiando todas las advertencias. ¿Y si algo iba mal? No llevaba teléfono móvil para una emergencia porque no tengo. La gente dice que debo tener cuidado, pero ¿por qué ser precavido cuando tenemos tantas preocupaciones? Se trataba exactamente de lo contrario. Yo me honraba de mi estupidez. Un necio recio. Me había balanceado con las olas, manteniendo la cabeza fuera del agua como un perro tras un naufragio, esquivando maderos y cubos de plástico. Una zapatilla de deporte pasó por mi lado, luego un casco de motorista; me pregunté si la cabeza seguiría dentro. Me deslizaba por una montaña rusa, exultante y emocionado, aunque pronto me descubrí escupido sobre la orilla.
Pero no ese día. Ese día tuve que admitir la derrota, someterme a un poder mayor.
Durante la noche, el viento volvió a despertarme, merodeando por la casa como un demonio, presto a succionarme por la ventana al menor descuido. Era un sonido más allá del sonido: un ruido blanco compuesto de muchos otros, capaz de eviscerar mis sueños.
Por la mañana, aún sin creer lo que había sucedido durante la oscuridad —¿había sido anoche o la noche anterior?, ¿lo había imaginado?—, me aventuré a salir durante el tercer día de tormenta; esperaba hallar un mundo recién devastado.
Pero las calles parecían las mismas, como cuando vuelves de vacaciones. Solo unas pocas ramas caídas de los árboles apuntaban el tumulto de la madrugada. Pedaleé hasta la playa, sin saber qué podía esperar, pero con esperanza.
Allí vi que la tormenta se había cobrado su venganza final. Derrotada por su inefectividad tierra adentro, había remodelado la propia costa.
La playa había sido levantada y depositada de nuevo, creando un tsunami de guijarros. El sendero era un enredo de ramas y cuerdas, una masa retorcida de cabos y hierba arrancados de otra orilla, del mismo modo en que los bolsillos de un hombre ahogado se dan la vuelta. Los restos del naufragio estaban inertes pero retorcidos por la fuerza del viento y el agua. Pequeñas bolas de plástico de colores, como huevas de alguna nueva criatura marina petroquímica, estaban desperdigadas en la línea de pleamar. La propia calma era violenta.
Entonces vi el rompeolas. Las olas habían desaparecido y descubierto su inconfesable secreto. Aquella larga y recta muralla de mis baños antes del alba, ese frío lugar donde me cambiaba, mi punto de salida de la tierra, estaba hecho pedazos, víctima de las patadas de un niño enfurruñado. La muralla, construida con la misma piedra empleada para levantar la abadía y el fuerte que se erigían tras ella, había resistido más de setenta años. Y ahora, igual que la abadía, estaba en ruinas.
Me lo tomé como algo personal. Una estructura que conocía tan bien como mi cuerpo había quedado reducida a escombros. Y yo me sentía responsable. Había permitido que sucediera.
Nadie reconstruiría nunca este lugar, este insignificante rincón por el que pasan de largo coches y barcos. Las consecuencias de este asalto se debieron a una «retirada organizada», según la jerga burocrática: el abandono de un lugar ya olvidado. Habíamos abandonado la belleza, desatendido la naturaleza. Esto era el futuro: el mar elevándose sobre una orilla suburbana. Quería llorar, pero la dureza de la piedra me lo impedía. Así que me abrí camino sobre los restos, me quité la ropa y me metí en el agua.
El mar estaba lleno de escombros; puertas de casas y troncos de árboles flotaban como la leña del cobertizo de algún gigante. Y, mientras nadaba, las olas comenzaron a elevarse de nuevo, respondiendo a la llamada de una luna invisible. Abandoné la lucha y salí del agua; tuve que lidiar contra el viento que me inflaba la ropa, convirtiéndola en una versión de mí mismo llena de aire.
Pedaleé hacia un nuevo paisaje. El tiempo estaba acelerado; de la noche a la mañana se había producido un cambio geológico. Se habían formado nuevos ríos y la inundación había creado nuevas islas. Reticentes a dejarme partir, las olas se aferraban a mí al pasar entre ellas.
Por frágil que sea como ser humano, tenía capacidad para resistir la tormenta. Pero, a lo largo de la costa, miles de aves marinas murieron en pocos días, entre ellas diez mil araos. Pájaros que se emparejan de por vida quedaron esperando a unas parejas que nunca regresarían.
Esa tarde, encontré un arao muerto en la playa. Tenía un pico fino y afilado y un cuerpo negro y marrón; estaba tendido sobre los guijarros de la playa como un peluche lanzado por la ventana de algún transbordador al pasar. Era tan perfecto —y estaba tan lejos de los rebordes rocosos donde se aparea próximo a sus congéneres, acicalándose unos a otros, aunque no sean pareja— que me pregunté si no debía llevármelo a casa. Le hablé, lamentando su triste final. La marea se lo llevó y trajo otra víctima, envuelta en un sedal de nailon.
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