Óscar Mateo Quintana - Phowa
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phowa es una técnica tibetana milenaria que permite transferir la consciencia hacia estados más elevados del ser.
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Podemos cruzarnos con personas que defienden con mayor o menor vehemencia cualquiera de esos extremos. Lo que no es tan fácil es que alguno de ellos refleje tales convicciones con una vida enteramente consecuente con esas ideas.
Peor aún, la mayoría de las personas ni se plantea el hecho de encontrarse en tránsito por esta existencia, venga lo que venga antes o después. Viven en un estado como de ensoñación bobalicona, dejándose llevar por las tendencias que marca la sociedad sin cuestionarse verdaderamente las cosas. En tal estado ni tan siquiera reflexionan acerca de la consistencia o inconsistencia de sus vidas.
Todo perfecto. Todo irá funcionando hasta que llegue ese día, ese suceso inesperado y siempre inoportuno, en el que la vida, esa cosa ordenada y predecible, ese existir monótono y sin sobresaltos, se esfume bajo sus pies.
2Si deseas profundizar en estas ideas, te sugiero que leas algunas de las obras de Gregory Bateson [1] y de Paul Watzlawick [2], verdaderos genios de la comunicación humana, en las que describen la «Teoría del doble vínculo», que es el nombre técnico que se da a este tipo de interacciones que ponen a los individuos en tesituras imposibles, donde, hagan lo que hagan, estarán atrapados en una situación en la que la solución es que nada vale. Indudablemente hablamos de relaciones muy enfermizas y tóxicas.
Un suceso inesperado
Supongamos que en este momento te dijeran que solamente te quedan unas pocas semanas de vida, que llegado un determinado día te acostarás y no volverás a despertarte porque es tu hora. Trata de imaginarlo con verdadero realismo. A continuación, piensa en todo lo que te gustaría hacer antes de partir y también en lo que no harías más durante esas semanas. Piensa a quién te gustaría ver y por qué, qué es lo que le dirías a esa o aquella persona.
La diferencia a partir de ese momento sería que decidirías realizar todas esas pequeñas acciones, esos pequeños cambios que traerían el suficiente (y digo suficiente) orden a tu vida, para que pudieras partir con un grado aceptable (y digo aceptable) de satisfacción y plenitud.
Seguramente no serían grandes cambios; hasta es posible que fueran un puñado de cosas que siempre has pospuesto pues les prestabas una atención relativa y que, de pronto, ante un fin próximo, cobrarían una relevancia sobresaliente.
Hay algo muy paradójico en todo esto porque esas pequeñas acciones seguramente serían el detonante de grandes cambios que te gustaría introducir en tu vida. Sin embargo, fuera de la coherencia, o no las pondrías en marcha, o ni siquiera pensarías en ello. De otro modo, si concertases esos encuentros con esas personas, dijeses aquello que necesitas decir y realizases esas cuatro acciones o experiencias que te gustaría haber tenido, probablemente los cambios que experimentarías serían profundos. No importa tanto el tamaño de la semilla como el hecho de sembrarla y dejar que la naturaleza haga el resto. Aún estás a tiempo, el momento es ahora.
¿Sabes qué es lo peor de todo? Que esta hipótesis podría ser real ahora mismo porque nadie tiene la certeza de no encontrarse dentro de ese limitado plazo.

En realidad, ninguno de nosotros puede afirmar que continuará mañana aquí, la semana próxima, el mes que viene o un año más. Desconocemos cuándo llegará nuestro momento de dejarlo todo, dónde se producirá y cuáles serán las circunstancias que nos rodearán entonces.

Siempre recordaré lo que me sucedió en el verano del año 98. Mi mujer, tras varios intentos, había conseguido aprobar unas duras oposiciones, lo cual para nosotros era sin lugar a dudas motivo de gran celebración. De otra parte, a mi padre hacía muy pocos meses que le habían diagnosticado un cáncer, ya en un estadio muy avanzado. Entonces vivíamos muy lejos de mi familia y queríamos pasar una parte de nuestras vacaciones con ellos para acompañarlos y compartir sus circunstancias. Todo tenía un poso tan dulce como amargo.
Llegamos a casa de mis padres y enseguida pudimos comprobar el estado de depresión en que se encontraba mi padre. Le estaba costando mucho asimilar la nueva situación física hacia la que progresaba. Además, el diagnóstico había sido dado sin ninguna clase de contemplaciones. En apenas unas pocas horas de estar juntos, él había repetido en varias ocasiones que le quedaban pocos meses de vida.
Aquel sábado primero de agosto, nos pidió que lo acompañásemos al centro de la ciudad para realizar algunas gestiones, para lo cual nos ofrecimos gustosos. Había que dejar un ordenador a reparar en una tienda muy céntrica. Detuve el coche enfrente y crucé. Al salir de la tienda, vi a mi mujer y a mi padre que me esperaban dentro del coche. Estaba de pie, parado frente a ellos, esperando para cruzar y marcharnos. En aquel momento sentí un aire ligeramente cálido y extraño que me alcanzaba por la izquierda. En un gesto instintivo giré la vista hacia ese lado y solo pude distinguir una masa roja que se me echaba encima. A continuación, oí una fuerte explosión y noté que mi cuerpo adoptaba en el aire una posición imposible mientras salía despedido a bastante distancia. Un autobús que pasaba rozando la acera me había alcanzado atropellándome de forma inesperada.
Horas después, ya en el hospital, mi padre llorando se acercaba y me decía: «Hijo creía que habías muerto. Creía que habías muerto». Unos días más tarde, conversábamos y yo le subrayaba que ninguno sabíamos verdaderamente cuándo íbamos a morir, ni si las circunstancias podrían ser predecibles de alguna forma. Al menos durante unas pocas semanas su preocupación sobre sí mismo se disipó completamente, quedando en un segundo plano a causa de mi accidente.
Si cada mañana al levantarnos evaluásemos rápidamente el curso de nuestra existencia para verificar si vivimos al día, si realmente el guión de nuestra vida es verdaderamente el que nos gustaría estar viviendo, esa brevísima reflexión sería suficiente para guiarnos por el camino directo hacia la felicidad.
Experimentar las cosas por uno mismo es imprescindible
Uno más de los muchos problemas de la sociedad que estamos construyendo es que la gente está dejando de vivir por sí misma las experiencias.
La revolución tecnológica permite que las personas tengan acceso a gran número de imágenes grabadas en primera persona de gente que salta en paracaídas, surfea una gran ola, desciende en bicicleta de montaña por una ladera, bucea en algún precioso fondo marino, se asoma a la caldera de un volcán activo, sobrevive en condiciones extremas… y todo ello apoltronados en el sofá de sus casas fantaseando y creyendo (una vez más, viviendo fuera de la coherencia) que ya se pueden considerar ellos mismos una autoridad sobre eso que han visto.
Muchas personas viven sus vidas vicariamente, es decir, el acceso a imágenes ultra-realistas les permite acercarse mucho a una situación, creando en ellos la fantasía de que son quienes hacen las cosas que otros llevan a cabo. Desgraciadamente, entre la realidad y el sofá de casa hay un abismo. Es el problema de la realidad virtual, muy útil para determinados fines, pero muy nociva si los individuos sustituyen la vida real por la fantasía de vivirla. La experiencia se pierde y con ella el verdadero aprendizaje.
No queda más remedio que experimentar las cosas en primera persona para poder hablar con propiedad de ellas. Una cosa es opinar desde el punto de vista de un mero observador y otra muy distinta hacerlo desde la experiencia.
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