Durante semanas sueña casi noche por medio cosas relacionadas con su padre... en uno de los sueños él dice: “Sálvame, me estoy ahogando en la mugre”, en otro la saluda con un apretón de manos formal, cuando ella le tendía los brazos para abrazarlo y besarlo, le pide que ahueque las manos, ella lo hace y él con una cuchara le vierte una pirámide de tierra en cada palma, y dice: “¿Una vez más?”, en otro recibe un telegrama que dice así: “Mi queridísima hija, estoy completamente en pedazos y descerebrado sin motivo, ¿hay alguna rima por no decir una estación por la cual tú no estés también desconsolada?, mis más profundos respetos a esas autoridades allá arriba que podrían ser capaces de hacer algo para enderezar esto, tu papote que te quiere, Nat”, en otra él es un chico de unos siete años sentado sobre su falda y se supone que ella es su madre, piensa en el sueño: “¿Pero cómo es posible?, ya que él es eso y yo soy suya”, cuando él dice: “Mamá gramática, divididos somos rengos, juntos contaminamos, ¿conoces ese estacazo histérico?... ¿quién lo dijo segundo?, ah, nunca pude enseñarte nada”, y se sumerge en un hoyo en el sofá y desaparece, en otro aparece en la distancia montado a caballo, grita: “Arre, mi Margo, arre”, y se acerca al galope revoleando una espada sobre su propia cabeza, se detiene bajo la ventana del dormitorio de ella sin dejar de gritar arre arre, su marido se revuelve en la cama en el sueño y dice mientras duerme: “Largo, atención a la roña, preciso lombrices, dales las cruces, tamiza lesiones”, ella dice: “Glendon, despierta, arriba, tenemos que empezar a hacer algún sentido”, y a su padre desde la cama: “Papi, escóndete, ahora, agáchate”, y su padre dice desde abajo, todavía sentado sobre el caballo pero con la espada envainada: “Queridísima Julie, quiero decir queridísima Margo, estoy tan solitario, separado, tírame una cuerda, quiero trepar y reunirme contigo”, la misma noche en otro sueño él está de pie hablando con ella cordialmente, parece una inauguración de arte en una galería, y luego un cóctel en la casa de ella, él parece ser un amigo de una pareja a la que ella invitó, y hace tintinear su copa con la suya y dice: “Así que... ¿cómo es el clima por allá?”, “¿Así de alta soy para ti?”, “Hablo del clima real, señorita: neblinas, tornados, tormentas eléctricas”, “Discúlpeme, pero... ¿quién lo trajo, los Kahn, los Kane?”, “Yo sigo refiriéndome al clima, damita, al clima”, “¿El clima?, ¿dónde?, los dos estamos en el mismo lugar y somos consanguíneos, padre, aquí adentro”, “Ardua, terrestre, cementalmente, es tan oscuro como una persona puede ver, aunque te amo hasta decir basta, bastamente, quiero decir, bestialmente”, y de pronto se convierte en una rata, del mismo color y tamaño que las ratas pero con la cara de su padre, y salta sobre su pecho y comienza a rasguñarle los ojos y ella se lo sacude de encima y corre fuera de la casa, y su marido en pijama –cuando en su sueño ella piensa: “Qué curioso, siempre duerme desnudo”– grita desde la ventana del dormitorio: “Regresa, está trepando por la parra, te dije que deberíamos cortarla, ahora va a entrar por la ventana, no me dejes ser una mota solitaria con él, todavía tiene todos sus dientes y la rata puede morder”, en otro su padre es un mosquito que zumba alrededor de su cabeza y ella dice: “Apártate, apártate ya... de acuerdo, no digas que no te lo advertí, porque puedo ser asesinamente alérgica a los bichos, y tener ataques como jamás has visto”, y trata de aplastarlo entre las manos pero no deja de fallar, luego no lo ve ni lo oye, y cuando está mirando alrededor y tratando de escuchar su vuelo, aterriza en su brazo, ella lo mira enterrar su probóscide, “Espera hasta que extraiga sangre”, piensa, “aun cuando haya un poco de dolor valdrá la pena”, cuenta hasta seis, susurra: “Tiempo”, y da un golpe seco, y levanta la mano para ver lo que piensa que será su cadáver aplastado, sanguinolento incluso si es un macho, pero no hay nada y ella aúlla: “Malditos pozos de aire, malditos si están ahí, malditos si no están, pero aun así podría haberle arrebatado una punta si acaso no aplastarlo, y está muerto o agoniza en el suelo y todo lo que tengo que hacer es pararme sobre él”, cuando empieza a zumbar alrededor de su cabeza y ella dice: “Puedo aguantarlo, no me molestas así que no vayas a creer que lo haces, puedo aguantar mucho más que eso de modo que vas a tener que dar tu mordida de serpiente y luego largarte a zumbar por tu cuenta, porque no voy a desperdiciar otro gesto de mi mano en ti”, en otro ella está durmiendo sola y él abre la puerta del dormitorio, empujándola con su cabeza, y se arrastra por la habitación hasta ella y le dice al oído: “Te extraño, extraño a tu hermanita de la manera más persistente por no hablar de ti, lo que se seca no es un grito, lo que se desdeña no es sueño, puedo inventármelos mucho después de que estés lo bastante harta de ellos y de mí, frita, seca, comprendes, así que produce más significado a partir de mí, mi dulce, suéltame, déjame ya, Margo”, y ella dice en su sueño medio dormida: “Pero eres tú, maldita sea, tú, yo hice todo lo mejor que pude, lloré, me sequé, así que ya, no volé, pero eso ya fue y se acabó así que ahora déjame dormir”, y se le cierran los ojos y en sus sueños sueña con mariposas y abejas que revolotean, y un jardín de flores con un ciervo que se come las arvejas dulces, y unos cien más atrás un viejo granero, con varios agujeros grandes en el techo y sin puertas, y una calesa en el cubículo de una vaca que se ve a través de la abertura, y nada más alrededor salvo pastura con la hierba alta que el viento agita, y ella piensa: “Apacible, me gusta, incluso las arvejas, por Dios, hasta el cielo azul con nubes mullidas, y por todos los cielos nada de él”, en otro, junto a una Julie crecida entran en una cabaña de campo que ella y su familia alquilan durante dos semanas todos los veranos, se pregunta dónde está el mobiliario destartalado que prácticamente hace al lugar, además de la estufa a leña faltante y los cuadros, hechos con postales de obras de arte que ella enchinchó en los marcos de las puertas y que hasta ahora el propietario no sacó, oye golpetear debajo del suelo y dice: “¿Qué es eso?”, “¿Qué pasa?”, dice Julie, “no oigo ni veo nada”, “Ese tap-tap, tap-tap, incluso se oye más fuerte ahora, y podría ser un código de alguna clase, morse, perdido, desde abajo de las tablas del suelo”, y Julie dice: “Estás viendo cosas otra vez, cariño, porque ¿cuál suelo, quién entabla?”, y ella dice: “Y perdóneme, mi más cercana señorita, pero o bien ha perdido usted todos sus poderes sensoriales o no sé qué, poderes inferiores, infrapoderes”, y dice, hablando al piso: “Dile con golpecitos o palabras si hay alguien ahí abajo, porque no quiero parecer dura de sentimientos”, y él dice: “¡Sí!, soy yo, papi, el de las dos aunque ustedes están tan alejadas, escondido de ustedes mientras me escondo de uno de los Ejes, y si me encuentran, particularmente los nazis, seré arrojado a una caída infinita como todos los de mi clase, primero me dispararán, apuñalarán o gasearán, o me darán de comer a los perros, o dos de esas cosas o tres”, “Tal vez Julie pueda ayudarlo, señor, pero tengo que informarle que no soy esa clase de hija, y no veo cómo podría serlo alguna vez, de hecho ahora que sé que usted está ahí, y que lo buscan, si no digo nada estaré arriesgando las vidas de todos nosotros por la suya... incluso la mía, déjeme decírselo, lo cual tengo que admitir que es para mí de mucha menos importancia, ya que en el fondo siento que ser la última de mi línea y de la clase es lo único que hay”, “Por favor, ya basta de franquezas y panoplias filosóficas, abre con una palanca las putas tablas, ayúdame a salir y a escapar, que estoy podridamente débil para hacerlo, y llévame a la concha de mi madre donde no hay cosas como axiomas y nazis, entonces seré libre y nunca más tendré que solicitarte nada para mí”, “No es posible”, y Julie dice: “¿A quién le estás hablando, mi amor, a mí?”, y ella dice: “Sip, tup, nop, yop, tal vez, poco claro, encima, abajo”, en otro levanta un balde de un pozo y él está apretado dentro de él, el mentón clavado en sus rodillas, raspándose los nudillos y aparentemente dormido, las junturas del balde estiradas y abollándose, en otro él le dice en un páramo sin casas ni otra gente alrededor: “El tiempo ha estado tan inclemente aquí afuera, no puedo ver estrellas fugaces este año, quedan unos pocos días antes de que el apogeo de la lluvia se acabe, ojalá pudiera volver adonde empecé para verlo mejor, ¿podrías comprarme un boleto?”.
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