—Al loro, Hugo, a la de tres grabo: una, dos… y tres.
—Hola, Nuria, ¿qué tal? Mira, estoy aquí en un bar con…
—Déjate de historias, Hugo, concreta, qué más doy yo ahora, ve al grano. A ver, lo intentamos: una, dos… y tres.
«Hola, Nuria. Mira, cariño… yo, yo no sé qué decirte, o sea, sé que hago muchas cosas mal y que, no sé, que a veces seguramente te desilusionas o quizá piensas que no te entiendo. Joder, yo también sufro y, bueno, eso da igual, me refiero a que yo creo que tú y yo aún no hemos escrito nuestra última línea. Y a veces te digo que ya no hacemos bien nada juntos, pero no es verdad, porque luego miro a Lucía mientras duerme y pienso que hemos hecho algo precioso. ¿Y por qué dejarlo ahora? Me gustas desde que tenía quince años y salir contigo ha sido, o sea, es… una pasada, y nunca te lo digo, pero continúo pensando igual. Porque os quiero a las dos. Sí, creo que hace mucho que no nos lo decimos, pero te quiero, te quiero incluso cuando estás reprochándome algo que no he hecho bien, cuando discutimos, cuando nos alejamos… te quiero incluso ahora, que ya no sé cómo decirte que tengo miedo a perderte porque sin ti me quedaré a oscuras… y necesito tu luz y la de Lucía para seguir…» .
Ahí Hugo se detiene para llorar sobre mi hombro y solo entonces me doy cuenta de que está aún peor de lo que pensaba. De que aquello es el mundo real. Pienso en qué sucedería en mi cabeza y en mi corazón si, de pronto, algo resquebrajara las cuerdas que me unen a Lidia y a Marc, si una piedra rompiera el cristal que nos protege dejando que llueva afuera. Ahora Hugo está calándose hasta los huesos en la fría noche y yo tan solo puedo abrazarlo. Ya no sirve hacerle reír un poco, necesita ayuda y me veo desbordado, con ganas de hablar con mis hermanos para pedirles consejo, pero sobre todo, con el firme propósito de encontrar a Jota y a Mike cueste lo que cueste, porque ver tan abatido a Hugo me deja sin palabras.
—Lo siento, tío, lo necesitaba, no pensaba que fuera a ponerme tan dramático, pero me he desahogado, me ha venido bien.
—Sí, y créeme, lo que has dicho sobre Nuria y Lucía es precioso. No sé si volveréis o no, tío, pero siéntete orgulloso de sentir todo eso. Tienes toda mi admiración, si eso te sirve de algo.
—Gracias, tío. No sé, creo que debería volver por si llama Nuria. Aunque la casa se me hace enorme, ahora que ella y la niña han ido a la de su tía a pasar unos días.
No sé cómo animarlo, así que le suelto que todo irá bien y que tenga esperanza, que tal vez esos días vengan bien para que se echen de menos. La verdad es que me entran ganas de acompañarlo a casa y decirle que desempolve la Play para echar unas partidas al juego que sea, pero como antes decía, esas medicinas ya no curan igual que hace años del mismo modo que ahora tres o cuatro cervezas provocan que a la mañana siguiente te despiertes con una tonta sensación de resaca.
Cuando llego a casa me pego una ducha y me cuelo entre las sábanas para abrazar con fuerza a Lidia. Lo cierto es que ver tan de cerca el abismo hace que aprecies lo que tienes en casa y sepas que cada conquista del pasado no te asegura el éxito en el presente. No importan los trofeos de tu palmarés, ya que cada jornada comienza un nuevo partido para el que no puedes despistarte. Las yemas de mis dedos inician un ligero patinaje que provoca un estremecimiento en la piel de Lidia. Beso dulcemente su cuello hasta despertarla, pero el pequeño placer que la invade logra que no se enfade por robarle el sueño. Mis labios continúan resbalando por su vientre y la libero de su ropa interior. Entonces, caigo en el vaivén de sus caderas buceando entre sus muslos mientras ella se muerde una mano para evitar que un grito llame a la puerta del cuarto de Marc… y luego subo hasta su boca que muerde la mía. Después, gira y se lanza sobre mí, con las manos apoyadas en el cabecero de la cama. Está salvajemente preciosa. Yo podría quedarme a vivir ahí adentro. Eternamente. Feliz.
Aceleramos, sudamos, volvemos a girar el timón de nuestros cuerpos varias veces hasta que, finalmente, caemos rendidos con los ojos clavados en el techo, exhalando media vida a través de una respiración entrecortada que poco a poco recupera el resuello, sintiendo volver el aliento mientras nuestras cabezas se ladean para que las miradas vuelvan a besarse.
Felicidad. Pura felicidad no comparable a nada.
En ese instante, Marc rompe a llorar. Le digo a Lidia que descanse, que ya voy yo para compensarle el haberla despertado. Ella me dice que tengo que quedar más con Hugo si voy a volver así de animado, y se duerme con una sonrisa.
Me siento junto a Marc y extiendo el brazo para que tome mi mano. Eso le relaja. No tarda en volver a dormirse más de diez minutos, pero yo tengo la historia de Hugo grabada en la cabeza. Aquello podría pasarme a mí. Da igual tus años de experiencia en la pareja, ya que, de pronto, a pesar de creerte con contrato indefinido, te ves en la calle sin saber por qué… Demoledor desahucio sentimental del que cuesta recuperarse.
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